Para colmo el casso Ciccone hizo despertar a la oposición –aunque no mucho- que impulsa un juicio político sin futuro pero al menos logró recobrar algo de notoriedad desde octubre pasado.
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Pero para Cristina también es un problema qué hacer con su vicepresidente.
A diferencia de Scioli, cuando era el vice de Néstor Kirchner, Cristina no puede polemizar con Boudou al igual que hacía con el ahora gobernador bonaerense desde su banca en el Senado. Porque a Boudou lo eligió ella, incluso contra la opinión de Néstor.
Y tampoco tiene muchos castigos para aplicarle, más allá de algunos dardos de ironía que le propinó tiempo atrás. En el caso de Scioli la réplica de Néstor Kirchner fue el despido de su tropa de la estructura gubernamental. Algo que en el caso del vicepresidente no tendría mayor impacto desde la salida de Benigno Vélez del Banco Central, porque el ex ministro de Economía no cuenta con mucha tropa propia.
Por supuesto que Cristina tampoco puede pedirle la renuncia. Así que por el momento le dispensa un trato frío y distante y hace contrastar su situación con la defensa pública al joven viceministro de Economía, Axel Kicillof.
Así las cosas, Boudou solo tuvo el respaldo de Gabriel Mariotto, Ricardo Echegaray y Florencio Randazzo. Aunque el último en realidad aclaró que no operaba contra Boudou y no tenía vínculos con Boldt (la empresa que dice haber sido perjudicada ) y Echegaray en su conferencia de prensa de días atrás terminó dejando en claro que fue el por entonces ministro de Economía el que recomendó la condonación de las deudas a Ciccone.
Pero si Cristina se fue dejando a Boudou en la Presidencia, también dejó aquí a Beatríz Rojkés de Alperovich, la presidente provisional del Senado y tercera en la línea de sucesión presidencial que se viene mostrando cada vez más cerca de la primera mandataria.