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Bajo el Coliseo: el nuevo Metro de Roma expone 2.000 años de historia

Las nuevas estaciones de Roma convierten el metro en una experiencia arqueológica, con restos romanos descubiertos tras más de una década de excavaciones.

En Roma, incluso los trayectos más cotidianos pueden convertirse en un viaje en el tiempo. Bajo el ritmo apurado del metro y el pulso de una ciudad moderna, el subsuelo sigue guardando capas intactas de su pasado. Cada obra pública, cada excavación, abre la posibilidad de un nuevo hallazgo y confirma una certeza conocida: en la capital italiana, el pasado nunca está del todo enterrado.

Esa convivencia entre infraestructura contemporánea y memoria histórica no es ajena a otras ciudades europeas. En Madrid, por ejemplo, la estación de Ópera permite ver restos del antiguo Real Alcázar y sistemas hidráulicos del siglo XVI integrados al recorrido urbano. Pero en Roma, donde la ciudad se construyó durante más de dos milenios sobre sí misma, esa lógica alcanza otra dimensión: avanzar bajo tierra implica dialogar con una herencia arqueológica excepcional, que hoy empieza a hacerse visible también en el transporte público.

Cuando la obra pública descubre el pasado

Con la reciente apertura de nuevas estaciones de la línea C, Roma dio un paso inédito en su red de transporte. Bajo el Coliseo y en zonas clave del centro histórico, las obras del metro sacaron a la luz restos arqueológicos que hoy forman parte del recorrido diario de los pasajeros. Baños termales, muros antiguos, pozos de piedra y fragmentos arquitectónicos fueron integrados al diseño de las estaciones, transformando la espera del tren en una experiencia que conecta la Roma contemporánea con su pasado más profundo.

Las excavaciones revelaron hallazgos que ayudan a comprender cómo se organizaba la vida cotidiana en la antigua Roma. Bajo la estación Coliseo, los arqueólogos identificaron restos de baños termales dañados durante el gran incendio del año 64 d.C., además de fragmentos de mármol, antiguos pozos de agua y estructuras vinculadas al funcionamiento del anfiteatro y su entorno urbano. En Porta Metronia, a unos nueve metros de profundidad, apareció un complejo militar de gran escala, con cuarteles y dependencias utilizadas por tropas encargadas de la seguridad de la ciudad, junto a viviendas con frescos y mosaicos sorprendentemente bien conservados.

Concebida como una solución de movilidad para la Roma contemporánea, la Línea C terminó convirtiéndose en una excavación a gran escala de la historia de la ciudad. Su desarrollo se prolongó durante casi dos décadas, entre demoras administrativas, redefiniciones presupuestarias y el cuidado extremo de vestigios arqueológicos que iban apareciendo bajo tierra. El coste total del proyecto se estima en unos 7.000 millones de euros y su finalización está prevista recién para 2035.

Viajar al trabajo atravesando 2.000 años de historia

A diferencia de muchos espacios arqueológicos de la ciudad, no hace falta pagar una entrada adicional para acceder a estos restos. Las ruinas se encuentran integradas dentro de las propias estaciones y pueden verse con un billete común de metro, antes y después de los molinetes, según el sector. No hay vitrinas ni recorridos guiados obligatorios: los pasajeros conviven con muros, mármoles y estructuras que abarcan casi 2.000 años de historia mientras esperan el tren o se desplazan por los andenes.

La decisión de mantener los hallazgos en su lugar original y hacerlos accesibles al público fue clave para el proyecto. Según las autoridades locales, las excavaciones de la línea C permitieron documentar más de tres milenios de civilizaciones superpuestas y recuperar cientos de miles de objetos arqueológicos. Muchos de esos restos, que van desde el siglo I hasta la Edad Media, jamás habrían salido a la luz sin la construcción del metro.

Así, el transporte público de Roma se convierte en algo más que una red de movilidad. Bajo el Coliseo, entre trenes y pasajeros apurados, la ciudad expone su historia sin mediaciones ni entradas especiales. Un recordatorio cotidiano de que en Roma el pasado no está en los museos: sigue ahí, bajo tierra, formando parte de la vida diaria.

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