Viajar al trabajo atravesando 2.000 años de historia
A diferencia de muchos espacios arqueológicos de la ciudad, no hace falta pagar una entrada adicional para acceder a estos restos. Las ruinas se encuentran integradas dentro de las propias estaciones y pueden verse con un billete común de metro, antes y después de los molinetes, según el sector. No hay vitrinas ni recorridos guiados obligatorios: los pasajeros conviven con muros, mármoles y estructuras que abarcan casi 2.000 años de historia mientras esperan el tren o se desplazan por los andenes.
La decisión de mantener los hallazgos en su lugar original y hacerlos accesibles al público fue clave para el proyecto. Según las autoridades locales, las excavaciones de la línea C permitieron documentar más de tres milenios de civilizaciones superpuestas y recuperar cientos de miles de objetos arqueológicos. Muchos de esos restos, que van desde el siglo I hasta la Edad Media, jamás habrían salido a la luz sin la construcción del metro.
Así, el transporte público de Roma se convierte en algo más que una red de movilidad. Bajo el Coliseo, entre trenes y pasajeros apurados, la ciudad expone su historia sin mediaciones ni entradas especiales. Un recordatorio cotidiano de que en Roma el pasado no está en los museos: sigue ahí, bajo tierra, formando parte de la vida diaria.
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