Desde 2011 las visitas a la Estación Espacial Internacional dependían de las cápsulas rusas Soyuz, algo que planteaba costos económicos y estratégicos importantes para las misiones de la NASA.
Eso hizo que tomaran la decisión de iniciar el programa Commercial Crew para plantear alternativas con naves hechas en Estados Unidos, y la NASA firmó contratos tanto con SpaceX (por valor de 2.600 millones de dólares) y con Boeing (2.400 millones de dólares).
El lanzamiento de la Boeing CST-100 Starliner demuestra, atrasos en las entregas, la propia Boeing reconoce problemas imprevistos tras el lanzamiento de la misión.
La idea era replicar todo lo que ocurrirá cuando esa cápsula se acople a la Estación Espacial Internacional en el futuro con tripulantes humanos, pero en Boeing explicaban que la Starliner había tenido una "inserción fuera de lo normal".
Eso significa que la misión tuvo problemas para orientarse de forma adecuada de cara a la activación de los propulsores que la llevarán a la órbita en la que acabará encontrándose con la ISS. Aún así, añadían en Boeing, siguen teniendo control total de la nave.
Se espera que aún así la CST-100 Starliner se sitúe en posición de acoplamiento en unas horas. Sería entonces cuando las astronautas que están actualmente en la ISS, Jessica Meir y Christina Koch, "capturen" la cápsula con un brazo robótico. Aunque la cápsula no tiene tripulantes, sí lleva suministros y materiales para los experimentos que el equipo de la ISS está haciendo actualmente.
Aún así, el problema a la hora de alcanzar la órbita adecuada podría provocar que ese acoplamiento final no se produzca. Jim Bridenstine, director de la NASA; explicaba que "la nave había consumido más combustible del que se esperaba para mantener el control, algo que complica el encuentro con la ISS".