Para entender el mecanismo, el profesor del departamento de bioquímica y genética molecular humana, Carmit Levy, y sus colegas, analizaron datos de 3.000 personas de una encuesta nacional de nutrición. En primera instancia, encontraron que los varones, pero no las mujeres, aumentaron la ingesta de alimentos durante el verano.
El efecto fue equivalente a comer 300 calorías adicionales al día. No fue enorme, pero con el tiempo podría ser suficiente para provocar un aumento del hambre y el peso.
Para ir más a fondo, expusieron a voluntarios masculinos y femeninos a 25 minutos de luz solar del mediodía en un día despejado y descubrieron que provocaba un aumento en los niveles de la hormona grelina, que aumenta el hambre, en la sangre de los varones.
Los experimentos en ratones confirmaron los hallazgos: cuando los machos estaban expuestos a los rayos UVB comían más, estaban más motivados para buscar comida y tenían mayores niveles de grelina. No se observó lo mismo en las hembras.
El desencadenante parecía ser el daño del ADN en las células de la piel. El estrógeno bloqueó este efecto y puede ser la razón por la que la luz no afectó a las mujeres. "La grelina puede ser el vínculo mecánico entre la exposición solar y la reducción de las enfermedades cardiovasculares", teorizó Levy.
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