La misma fue diseñada y pensada para fomentar la cooperación internacional y prevenir futuros conflictos. La SDN, inspirada por Woodrow Wilson, se basó en la seguridad colectiva y el arbitraje, pero sus duros términos impuestos a Alemania generaron resentimiento, inestabilidad y sembraron las semillas de un nuevo conflicto.
La Sociedad de las Naciones fue un organismo creado por el Tratado de Versalles que no pudo evitar que estallara la 2da Guerra Mundial.
Organizaciones y organismos internacionales en años previos
Los Estados crearon las organizaciones internacionales para cooperar en asuntos específicos. La Unión Internacional de Telecomunicaciones fue fundada en 1865 como la Unión Telegráfica Internacional y la Unión Postal Universal se creó en 1874. Ambos son ahora organismos especializados de las Naciones Unidas.
En 1899, se celebró la Conferencia Internacional de la Paz en La Haya, para elaborar los instrumentos encaminados a solucionar las crisis pacíficamente, prevenir la guerra y codificar las normas de la guerra. La Conferencia aprobó la Convención para el arreglo pacífico de los conflictos internacionales y estableció la Corte Permanente de Arbitraje, que comenzó a trabajar en 1902.
La Sociedad de las Naciones fue un organismo creado por el Tratado de Versalles que no pudo evitar que estallara la 2da Guerra Mundial.
¿Cuál fue el objetivo de la Sociedad de las Naciones?
El objetivo principal de la Sociedad de Naciones se expone en el artículo 10 de su Pacto, el cual está formado por un total de 26 artículos.
Suponiendo que todos los medios diplomáticos hubiesen fallado, cualquier miembro declarado culpable de agredir el territorio de otro se enfrentaría, conforme al artículo 16 del Pacto, primero a sanciones económicas y, después, si fuese necesario, a sanciones militares. Estas sanciones las llevarían a cabo de forma colectiva el resto de miembros. Se esperaba que esta idea de “seguridad colectiva” fuera un poderoso elemento disuasorio para cualquier potencial agresor.
La Sociedad de las Naciones fue un organismo creado por el Tratado de Versalles que no pudo evitar que estallara la 2da Guerra Mundial.
La Sociedad de las Naciones actuaría como árbitro en las disputas territoriales entre países
La Sociedad actuaría como un árbitro neutral en las disputas territoriales entre países. Con un espíritu de diplomacia abierta, la Sociedad inspeccionaría todos los tratados para asegurarse de que no fuesen una amenaza para la paz mundial. La Sociedad también podría enviar disputas a la nueva Corte Permanente de Justicia Internacional establecida recientemente en La Haya. Otro objetivo de la Sociedad era contribuir a reducir el armamento mundial, ya que se creía que una de las causas de la Primera Guerra Mundial había sido la carrera armamentista entre determinados países. Otros de los propósitos incluían fomentar la cooperación internacional en materia económica y social, en especial en los ámbitos de la salud y las comunicaciones.
Aunque todos los miembros apoyaban estos nobles objetivos, al menos de manera pública, todavía había algunos desacuerdos entre los países en cuanto a los detalles de la misión de la Sociedad. Por ejemplo, Japón pidió que el Pacto de la Sociedad incluyese una cláusula sobre la igualdad racial, pero la idea se rechazó. Además, algunos miembros socavaron las promesas del artículo 10 al formar sus propias alianzas internacionales y pactos de asistencia mutua. Así, cuando una nación agresiva puso a prueba a la Sociedad, sus miembros, por desgracia, no consiguieron responder de forma unificada.
Estructura y organización
Los primeros miembros de la Sociedad de Naciones fueron los 32 aliados vencedores de la Primera Guerra Mundial, a los que se sumaron otros doce estados neutrales. Los perdedores de la Primera Guerra Mundial (y la URSS, que era considerada un estado revolucionario en esa época), para que se les permitiese solicitar la membresía, tenían que demostrar primero que se adherirían a los nuevos tratados de la posguerra. Los miembros de la Sociedad enviaban delegados, generalmente sus ministros de asuntos exteriores, para que se reuniesen cada septiembre en la sede de la Asamblea en Ginebra (Suiza). Todos los miembros estaban en igualdad de derechos en la Asamblea. También se celebraban reuniones más frecuentes (normalmente cuatro al año) en un consejo formado por los miembros más poderosos, entre los cuales estaban Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón, los cuatro países con puestos permanentes en el consejo (Alemania también obtuvo un puesto permanente a partir de 1926). Cuatro otros miembros del consejo se elegían por votación en la Asamblea. Más tarde, ese número se incrementó a seis y, después, a nueve. Cada miembro del consejo tenía un poder de veto. Una Secretaría gestionaba los gastos de la Sociedad, los cuales no eran excesivos, ya que a la mayoría de los expertos involucrados en las operaciones de la Sociedad solo se le pagaban los gastos. Los comités, en los que podían participar y votar todos los miembros, constituían el trabajo diario de la Sociedad y sus conclusiones se presentaban a la Asamblea para su aprobación. Las resoluciones se aprobaban tras una votación unánime de la Asamblea, la cual era habitual lograr, pues los miembros que no estaban de acuerdo simplemente se abstenían de votar.
Las membresías de la Sociedad eran un factor crucial para determinar el éxito o fracaso de esta. Debido a políticas internas, los aislacionistas se impusieron y Estados Unidos decidió no unirse a la Sociedad, lo que supuso un duro golpe para sus ambiciones. A Alemania no le permitieron unirse en los inicios, ya que todavía no confiaban en ella, y lo hizo en 1926 (para después retirarse en octubre de 1933). La URSS se unió a la Sociedad en julio de 1934 (sólo cuando ya se había ido Alemania), pero fue expulsada en 1939. Japón abandonó la Sociedad en 1933 e Italia en 1937. La inestabilidad en la Sociedad aumentó también debido a la incorporación de nuevos miembros y a la desaparición de otros cuando dejaban de existir tras ser invadidos por otros países. La inestabilidad de los miembros se convirtió en una gran debilidad.
Territorios bajo mandato
Uno de los deberes de la Sociedad de Naciones, además de intentar mantener la paz internacional, era administrar los territorios que habían pasado a otro propietario como consecuencia de los tratados de posguerra. Se redistribuyeron territorios que antes habían pertenecido a Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y el Imperio Otomano. Algunos consiguieron una independencia plena (como Irak) y otros se pusieron a cargo de los vencedores de la Primera Guerra Mundial (como Palestina, Siria y Camerún). Estos territorios eran considerados “territorios bajo mandato” y recibían inspecciones frecuentes de la Sociedad. Sin embargo, en la práctica, los países que los administraban los veían simplemente como nuevas colonias. Como comenta el historiador F. McDonough: “Tras los territorios bajo mandato de la Sociedad se escondían los mismos anticuados beneficios imperiales” (53).
La región alemana de Sarre, rica en carbón, fue cedida a la Sociedad para que esta la administrase, con la promesa de celebrar un plebiscito en una fecha futura indeterminada. Danzig (Gdask) se convirtió en una ciudad autónoma controlada por la Sociedad de las Naciones. Encargarse de estos mandatos y resolver disputas territoriales menores fue lo que mantuvo a la Sociedad ocupada durante los primeros años, pero se avecinaba un serio desafío que pondría a prueba su autoridad.
El incidente de Corfú
El primer desafío significativo al que se tuvo que enfrentar la frágil autoridad de la Sociedad fue obra del líder fascista de Italia, Benito Mussolini (1883-1945). Mussolini estaba buscando estrategias de propaganda barata para incrementar su popularidad en Italia, donde la economía no iba bien. El primero de estos golpes de propaganda fue el que se conoce como “incidente de Corfú”, que ocurrió en 1923. Italia ocupó la isla griega de Corfú, con el pretexto del asesinato de un general italiano en Grecia. La Sociedad demostró su incapacidad para mediar en la crisis cuando los principales líderes mundiales le abandonaron al decidir no actuar en contra del ataque de Mussolini. Sin embargo, la Sociedad no era del todo impotente y sus debates y resoluciones provocaron una atmósfera de desaprobación internacional que, al final, persuadió a Mussolini para retirarse de Corfú cuanto antes.
El incidente de Manchuria
La Sociedad se tuvo que enfrentar a un reto todavía mayor cuando Japón ocupó Manchuria (a la cual ellos llamaban Manchukuo) en septiembre de 1931. Japón perseguía su sueño de convertirse en un imperio, al igual que Italia. Tanto la URSS como Japón codiciaban desde hacía tiempo Manchuria, una región del noreste de China rica en recursos naturales y con una posición geográfica de importancia estratégica. Además, en la región también habitaba una considerable minoría japonesa y el control del Gobierno chino era débil. El pretexto para la invasión del Ejército de Kwantung (Guangdong) de Japón fue la explosión de una sección del South Manchurian Railway (Ferrocarril del Sur de Manchuria) que, en esa época, estaba bajo el control de Japón. Japón dijo que China era el responsable del ataque. Conocido como el incidente de Manchuria o el incidente de Mukden, el Ejército japonés había sido el responsable de sabotear la línea. Un estado títere de Japón, Manchukuo, se estableció en marzo de 1932. China solicitó ayuda a la Sociedad.
Los miembros de la Sociedad no consiguieron ponerse de acuerdo para aplicar sanciones económicas o militares a Japón. Sí se negó a reconocer Manchukuo como un estado independiente, pero una respuesta económica (y ya no digamos militar) no contaba con apoyo suficiente entre miembros clave de la Sociedad, ya que todos estaban reacios a limitar el comercio durante una crisis económica mundial. Con el tiempo, la Sociedad declaró a Japón el agresor y una comisión investigadora le aconsejó devolver el territorio a China. Japón no accedió y renunció a su membresía en marzo de 1933. Esta fue, probablemente, la mejor decisión, pues la opinión de los miembros sobre Japón empeoró todavía más cuando este comenzó una guerra total contra China en el llamado “incidente de China” en julio de 1937.
La crisis de Abisinia
Mussolini desafió a la Sociedad por segunda vez cuando decidió invadir Abisinia (la actual Etiopía) en octubre de 1935. Italia ya tenía algunas colonias en África y Mussolini soñaba con expandir su imperio. Abisinia, una nación independiente pero sin un Ejército moderno, era un objetivo relativamente sencillo para las fuerzas italianas que se movían desde sus colonias de Eritrea y desde la Somalilandia italiana. El ataque a Abisinia solo sirvió para obtener prestigio por su conquista y venganza por la derrota que había sufrido Italia en 1896, pues, en realidad, la región no ofrecía ninguna riqueza ni valor estratégico. Mussolini, al igual que en Corfú, esperaba conseguir una poderosa propaganda sin incurrir en grandes gastos. El líder fascista lo logró a medias, pues su aventura en el Este de África drenó considerablemente la ya débil economía italiana. Además, los miembros de la Sociedad (entre los cuales estaba Abisinia) decidieron imponer sanciones económicas a Italia: le prohibieron la venta de armas y materias primas y la concesión de préstamos.
Pese a que los 52 miembros de la Sociedad se opusieron a la invasión de Mussolini, ni Francia ni Gran Bretaña tenían interés en empezar una guerra con Italia por Abisinia, la cual ya se consideraba una esfera de influencia italiana antes de la invasión. No se inició ninguna acción militar. El petróleo también fue una notoria omisión en las inefectivas sanciones económicas.
El nuevo golpe que recibió la Sociedad de las Naciones
La Sociedad recibió otro duro golpe, esta vez desde dentro. El pacto Hoare-Laval de diciembre de 1935 fue un acuerdo (que, en teoría, debería haber sido secreto) entre Gran Bretaña y Francia. Aunque nunca se firmó de manera oficial, este debilitaba a la Sociedad al aceptar la invasión de Abisinia como un hecho consumado. En marzo de 1936, los italianos ya habían derrotado a Abisinia y su emperador, Haile Selassie (que reinó entre 1930 y 1974), se exilió. Aun así, algunos abisinios siguieron haciendo frente a la ocupación, que se caracterizaba por una brutal represión. La Sociedad canceló sus sanciones económicas en julio de 1936.
Tras la crisis de Abisinia, la Sociedad pasó a un segundo plano en la diplomacia internacional. Como cuenta el historiador A. J. P. Taylor: “La Sociedad continuó existiendo gracias a ignorar lo que pasaba a su alrededor” (128). Ahora, los miembros ya no se centraban en la seguridad colectiva, sino en crear sus propios tratados.
A Gran Bretaña y Francia les preocupaba en especial evitar que Mussolini se aliase con el líder fascista Adolf Hitler (1889-1945) en Alemania. Hasta 1935, aún había esperanzas de que Italia ayudase a Gran Bretaña y Francia en caso de que Alemania decidiese atacar en Europa, pues Mussolini había prometido enviar nueve divisiones para defender Francia si les atacaba Hitler. Mussolini, que jugaba con las potencias, enfrentándolas, reveló sus verdaderas intenciones cuando firmó un acuerdo militar con Hitler en mayo de 1939.
Hitler y el apaciguamiento
Hitler tomó buena nota de la falta de una respuesta significativa por parte de la Sociedad ante las agresiones internacionales. Alemania llevaba tiempo pidiendo igualdad de condiciones con las otras potencias en términos de armamento. Debido a este problema, Alemania se retiró de la Sociedad de Naciones en 1933. Todos los problemas de la República de Weimar (1918-1933), la alta inflación y tasa de desempleo, la falta de importancia en la diplomacia internacional y su inferioridad armamentística en comparación con otros países se achacaron al Tratado de Versalles y, por asociación, a la Sociedad de las Naciones. Un plebiscito en Alemania junto a una votación en el parlamento Reichstag ratificaron la decisión de abandonar la Sociedad. Como señala el historiador J. Dülffer, “la decisión de Hitler de retirarse de la Sociedad de Naciones supuso un cambio importante y fundamental: el rechazo de una política basada principalmente en obligaciones multilaterales en favor de una política basada en el poder y egoísmo nacional” (58).
Al mismo tiempo, Hitler transmitía mensajes confusos al hablar de su deseo de desarmamento y paz mundial. El líder alemán firmó un pacto de no agresión con Polonia en enero de 1934 e incluso prometió volver a la Sociedad de Naciones. Es interesante destacar que Polonia, al firmar el pacto, demostraba así que creía que la Sociedad no estaba capacitada para ayudar a las víctimas de agresión.
En 1935, Alemania admitió que sus fuerzas armadas eran cuatro veces más grandes de lo que permitía el Tratado de Versalles. En marzo de 1936, Hitler volvió a ocupar Renania, una región desmilitarizada. La Sociedad no respondió ante esta ocupación, pues tan solo se trataba de Alemania “recuperando el control de su propio jardín”, frase acuñada por el periódico británico Times.
Los principales adversarios de Hitler estaban divididos. De hecho, Gran Bretaña y Francia hacía tiempo que no se ponían de acuerdo sobre el objetivo de la Sociedad. Gran Bretaña quería que funcionase como un teatro para la conciliación internacional, pero Francia quería usarla para defenderse de Alemania. Gran Bretaña firmó un acuerdo naval con Hitler en 1935 que limitaba la marina de Alemania (pero le permitía una más grande de lo que establecía el Tratado de Versalles). Indignada por esto, Francia decidió firmar un tratado de ayuda mutua con la URSS en marzo de 1935, en caso de que alguna de las naciones fuese atacada por Alemania. El incidente de Abisinia también provocó respuestas diferentes en Gran Bretaña y Francia, justo las dos naciones que deberían haber colaborado más estrechamente. Ante todo, lo que nadie quería en la Sociedad era otra guerra a nivel continental. Dado que la mayoría de países no estaban preparados a nivel psicológico ni militar para la guerra, el apaciguamiento se convirtió en el lema de sus diplomáticos, aunque el único objetivo realista parecía ser aplazarla. A medida que la perspectiva de una guerra crecía cada vez más, muchos miembros estaban deseosos por desvincularse de la Sociedad y, así, de su obligación de dar una respuesta colectiva ante posibles invasiones de Japón, Italia, Alemania o cualquier otro país.
En octubre de 1936, empezó la guerra civil española, en la cual estaban involucradas Italia y Alemania. Estados Unidos se mantuvo siniestramente callado. Los países agresores empezaron a firmar acuerdos de asistencia mutua. Desde julio de 1937, China estaba en guerra con Japón. En marzo de 1938, Hitler anexionó Austria a Alemania (evento conocido como Anschluss). En los Acuerdos de Múnich de septiembre de 1938, a Alemania se le permitió ocupar la región de los Sudestes. En marzo de 1939, los soldados alemanes entraron en Checoslovaquia. En abril, Mussolini ocupó Albania. En agosto, Alemania y la URSS firmaron una alianza militar. Así, la marea de crisis arrastró a la Sociedad de las Naciones de vuelta a las orillas del mundo de la diplomacia, mientras los países individuales tenían que trabajar por cuenta propia para sobrevivir a la guerra lo mejor posible. Los diplomáticos ya no decidían las fronteras internacionales: ahora lo hacían los aviones, los tanques y la artillería. La invasión de Polonia de Hitler en 1939 fue lo que finalmente llevó a una declaración de guerra formal por parte de Gran Bretaña y Francia el día tres de septiembre. La Sociedad de las Naciones se había creado para evitar un desastre así y, sin embargo, había vuelto a ocurrir.
Legado
Puede que la Sociedad de las Naciones no consiguiera impedir la Segunda Guerra Mundial, pero, por lo menos, proporcionó un foro en el que aquellos que trabajaban por la paz podían resaltar la inutilidad de la guerra. La Sociedad también había conseguido algún progreso en términos de bienestar mundial a través de la Organización Internacional del Trabajo (que todavía existe hoy en día), al promover la justicia social, mejorar las condiciones de trabajo y reducir la explotación colonial. Todo esto en una época en la que tan solo debatir abiertamente acerca de estos temas ya era una señal de progreso. Otros de los éxitos de la Sociedad incluyen mejorar los derechos y bienestar de muchos grupos minoritarios, mujeres y refugiados, además de los niveles de educación y salud.
Desde luego, no ayudó al trabajo de la Sociedad de las Naciones que determinados miembros se desvincularan, otros atacaran a otros miembros (incumpliendo así deliberadamente los artículos de la Sociedad) y la Gran Depresión de 1929, que ejerció mucha presión sobre las sociedades y sobre las instituciones políticas tradicionales. La Sociedad había demostrado la utilidad de una cámara de debate para problemas internacionales no militares de todo tipo. Así, a pesar de sus dificultades y su inhabilitación durante la Segunda Guerra Mundial, la Sociedad de las Naciones fue la precursora de la actual Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se creó en el verano de 1945. La Sociedad de las Naciones desapareció oficialmente en abril de 1946 y sus tratados y activos pasaron a la ONU, quien, con una nueva constitución y un grupo de miembros mucho mayor, continúa hoy en día enfrentándose a los retos de un mundo compuesto por países egoístas.