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Pero en los años 30, cuando una adolescente Frances Ethel Gumm salió del capullo para mutar en Judy Garland, la sociedad carecía por completo de esas 3 virtudes.
Durante décadas, las divas del Hollywood clásico han sido idolatradas y ridiculizadas como extravagantes criaturas consumidas por su arrogancia, déspotas con todos los que las rodeaban y obsesionadas con una fama que solo les daba disgustos.
Aquella primera generación de estrellas pagaron con su vida (algunas literalmente) encabezar el escuadrón que abrió fuego en una guerra inédita: ni conocían otra forma de vida ni entendían que, pasados los 30, el mundo las trataría como reliquias dantescas. Tal como Davis o Crawford, Judy Garland murió sin comprender del todo por qué Hollywood (y, por extensión, su público) la había abandonado.
Porque las divas caprichosas, déspotas y ególatras no nacen, sino que se hacen. Desde que firmó un contrato de siete años en exclusiva con Metro-Goldwyn-Meyer (en aquella época los actores eran definidos, sin la más mínima ironía y con mucho orgullo, como "propiedades" por parte de los estudios), Judy Garland fue moldeada como "la chica de al lado". Convertida en la compañera asexuada de Mickey Rooney, una cláusula de moralidad en su contrato le impedía tener citas o acudir a fiestas.
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Judy Garland y Mickey Rooney.
Desde los 13 años Garland sufrió una dieta impuesta por la Metro basada en sopa, lechuga, 80 cigarrillos diarios para reprimir su apetito, anfetaminas para trabajar y barbitúricos para dormir.
A los 14 años un ejecutivo la definió (con ella delante) como "una pequeña cerda con coletas"; mientras estudiaba cómo pulir su imagen, el presidente del estudio, Louis B. Meyer, la llamaba cariñosamente "mi pequeña jorobada"; y a los 15 años el productor de 'La melodía de Broadway 1938' le recriminó que parecía un monstruo bailando.
Por eso cuando a los 16 años cantó 'Over the Rainbow' conectó con el sistema nervioso central de todos los espectadores.
Porque su voz amarga y visceral sonaba más a Edith Piaf que a la perfección técnica y lírica de las actrices de la época, pero Hollywood se aseguró de que Frances Ethel Gumm nunca fuera consciente del talento sobrenatural que Judy Garland tenía. La necesitaban insegura y dependiente. Así fue como convirtieron a Judy Garland en un cliché de Hollywood: la estrella infeliz que, entre película y película, solo buscaba el amor, la aceptación y la adulación.
Arroz, cuando te casás; tierra cuando te morís
A los 19 años se casó con David Rose, a los 20 se sometió a un aborto y a los 21 se divorciaron.
Dos años después se casó con Vicente Minelli, su director en 'Cita en Saint Louis', con quien tuvo una hija (Liza).
En 1947, con 25 años, sufrió una crisis nerviosa y fue internada en un psiquiátrico, donde intentó suicidarse cortándose las muñecas.
Enferma por una adicción a los somníferos, al alcohol y a la morfina (adicción, no olvidemos, inducida por el estudio durante su adolescencia) y sometida a tratamientos de electroshock para superar la depresión, Garland dio tumbos profesionales al llegar tarde o no llegar nunca a los rodajes y, finalmente, fue despedida por la Metro-Goldwyn-Meyer mientras se recuperaba de su segundo intento de suicidio (se rajó la garganta).
"Lo único que veía delante de mí era más confusión", explicaría años después la actriz. "Quería apagar las luces en mi pasado y también en mi futuro. Quería herirme a mí misma y a todos los que me habían herido".
Sin trabajo y arruinada, Judy Garland recurrió a las giras de conciertos y los especiales radiofónicos: no había cumplido 30 años y ya era una vieja gloria.
Revigorizada por su éxito como artista de variedades folclórica, Garland regresó al cine con 'Nace una estrella'.
Todo el mundo estaba convencido de que ella ganaría el Oscar, hasta el punto de que la habitación del hospital donde convalecía tras parir a su 3er. hijo (con su 3er. marido, el productor Sid Luft) se atestó de fotógrafos y periodistas.
Su derrota ante una mucho más dócil y mucho más joven Grace Kelly, considerada una injusticia histórica de los Oscar, sonó a bofetada por parte de una industria que la consideraba "una actriz difícil" cuya actitud histérica había retrasado o cancelado docenas de rodajes. Garland solo rodaría 3 películas más.
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Sid Luft y Judy Garland, en 1954.
Cuando en 1959, con 35 años, enfermó de hepatitis, los médicos le dieron 5 años más de vida.
Judy Garland recibió esta noticia como "un gran alivio".
"Dejé de sentir presión por primera vez en toda mi vida", confesaría .
El 23 de abril de 1961 Garland protagonizó la que sería definida como "la más grandiosa noche en la historia del show business": su concierto en el Carnegie Hall fue editado en disco, permaneció en el Nº1 durante 13 semanas y ganó el Grammy a Mejor Àlbum del Año.
El director Stanley Kramer describió la presencia de Garland sobre aquel escenario como “una mujer que parecía decir: 'Aquí está mi corazón. Rompedlo"
Aquí muere una estrella
Pero estos triunfos, tan rutilantes como esporádicos, nunca fueron suficiente.
Judy Garland vivió sus últimos años (los cuales son retratados por el biopic con Renée Zellweger) condenada al ostracismo como el resto de actrices de su generación. Se mudó a Londres, porque allí el público la aplaudía con más fervor y, tras uno de sus últimos conciertos, un admirador la visitó en su camarín y observó cómo Garland escuchaba la grabación de la actuación que acababa de terminar. Cuando estallaron los aplausos en el gramófono, se puso a llorar repitiéndose delante del espejo: "Eres una estrella, eres una estrella" y besando su reflejo.
Una estampa trágica, melodramática y esperpéntica que encaja con la existencia estereotipada de Garland durante sus últimos años de vida: pasaba su tiempo libre cantando en bares gais de Inglaterra por 100 libras la noche.
En 47 años a Judy Garland le dio tiempo a ser una mujer, una actriz, una estrella y un icono. Y cada vez que se transformaba en su siguiente rol, se veía obligada a dejar atrás a los anteriores.
El 27 de junio de 1969 Judy Garland falleció por una sobredosis accidental de barbitúricos. Tal como sucede con todos los mitos, diversas teorías rodearon su muerte (incluido el suicidio), pero Ray Bolger, quien interpretó al espantapájaros en El Mago de Oz, resumió que "sencillamente, Judy se apagó".
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