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Sigue el descenso de la deuda neta consolidada

Al cierre del tercer trimestre de 2025, la deuda neta consolidada del sector público nacional se estimó en US$234.000 millones, equivalente al 33,4% del PBI.

Al cierre del tercer trimestre de 2025, la deuda neta consolidada del sector público nacional se estimó en US$234.000 millones, equivalente al 33,4% del PBI, un registro que se ubica entre los más bajos de los últimos años y que marca una diferencia sustancial frente a la situación heredada antes del cambio de administración.

A diferencia de las métricas tradicionales, que suelen concentrarse únicamente en la deuda del Tesoro, el enfoque de Facimex amplía el análisis al incorporar también al Banco Central.

En este esquema, se descuentan las tenencias cruzadas dentro del propio sector público, como las del FGS de la Anses o el Banco Nación, y se resta además la posición de liquidez consolidada, que incluye las reservas netas del BCRA y los depósitos del Tesoro en pesos y dólares, tanto en el sistema financiero como en la autoridad monetaria.

El resultado es una medida más exigente y realista del verdadero nivel de apalancamiento del Estado nacional. El resultado es una medida más exigente y realista del verdadero nivel de apalancamiento del Estado nacional.

6 trimestres consecutivos de mejora

Bajo esta definición, la deuda neta consolidada se encuentra en mínimos desde el cuarto trimestre de 2018 y acumula seis trimestres consecutivos de caída, incluso en un contexto en el que el tipo de cambio real multilateral registró una suba del 9,3% punta a punta durante el 3T25. Este punto resulta clave, ya que la mejora no se explica por un atraso cambiario transitorio, sino por una recomposición más profunda del balance público, sostenida por una combinación de menor stock de pasivos y mayor liquidez disponible.

La trayectoria descendente de la deuda consolida la lectura de que el ajuste fiscal y financiero no fue un fenómeno puntual, sino parte de un proceso más estructural que empieza a reflejarse con claridad en los indicadores de solvencia del sector público.

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El análisis por moneda refuerza esta interpretación. La deuda neta consolidada en moneda extranjera se ubicó en 26,6% del PBI, mientras que la deuda neta consolidada en moneda local cerró el trimestre en apenas 6,8% del PBI, el nivel más bajo desde el tercer trimestre de 2018.

Este último dato no es menor desde el punto de vista de la estrategia financiera. Un stock tan reducido de deuda en pesos sugiere que el margen para seguir profundizando el roll off de pasivos en moneda local es cada vez más acotado, lo que obliga a repensar el rol futuro del mercado de deuda doméstica dentro del esquema de financiamiento del Tesoro.

La comparación con 2023

La mejora también se vuelve evidente al comparar los números actuales con los del tercer trimestre de 2023, período previo al cambio de gobierno. En ese lapso, la deuda neta consolidada acumuló una caída de US$31.600 millones, equivalente a 7,2 puntos porcentuales del PBI, un ajuste significativo que se logró sin recurrir a reestructuraciones compulsivas ni a episodios de tensión financiera aguda.

Este punto resulta particularmente relevante en la historia reciente argentina, marcada por procesos de corrección abruptos que solían desembocar en defaults o reperfilamientos.

En este caso, la reducción del endeudamiento se dio de manera ordenada, apoyada en el equilibrio fiscal y en la recomposición del balance del Banco Central. En este caso, la reducción del endeudamiento se dio de manera ordenada, apoyada en el equilibrio fiscal y en la recomposición del balance del Banco Central.

Deuda con privados y riesgo de refinanciación

Desde la óptica de Facimex, las métricas actuales de deuda ya son compatibles con un acceso sostenible al financiamiento de mercado. Un indicador central en este diagnóstico es la deuda bruta consolidada con privados, que representa la porción del pasivo público expuesta a un riesgo efectivo de roll over.

En el tercer trimestre, ese stock se ubicó en 23,9% del PBI, el nivel más bajo desde el tercer trimestre de 2016. Al interior de ese total, la deuda en moneda extranjera alcanzó 14,0% del PBI, mientras que la deuda en moneda local se ubicó en 10,0% del PBI, una composición que reduce sensiblemente la exposición a shocks cambiarios y financieros.

El frente externo

La deuda bruta externa consolidada se ubicó en 22,5% del PBI, un nivel similar al observado en el tercer trimestre y en el primer trimestre de 2018, cuando la Argentina todavía conservaba acceso al mercado internacional. Al mismo tiempo, se mantiene 5,8 puntos porcentuales por encima del 4T16, un período en el que el riesgo país convergía hacia valores regionales, lo que indica que aún persisten desafíos en términos de percepción de riesgo.

Al interior de la deuda externa, la participación de los organismos internacionales continúa creciendo y ya representa 14,1% del PBI. Al interior de la deuda externa, la participación de los organismos internacionales continúa creciendo y ya representa 14,1% del PBI.

Si bien se trata de un porcentaje relevante, el perfil de vencimientos es largo y previsible, lo que reduce el riesgo de refinanciación en el corto y mediano plazo. Mientras se mantenga el cumplimiento del programa con el FMI y continúe el respaldo político de Estados Unidos, el riesgo de roll over en este segmento aparece acotado.

En contraste, la deuda externa con privados se ubica en apenas 8,4% del PBI, un nivel cercano a los mínimos registrados desde el primer trimestre de 2016, lo que explica por qué el calendario de pagos externos luce hoy mucho más liviano que en episodios anteriores de la historia reciente.

Un cambio de régimen financiero

El cuadro que surge del informe muestra que la Argentina atraviesa un proceso de normalización financiera más profundo de lo que suele reflejar el debate cotidiano.

Con una deuda neta consolidada en mínimos, una menor exposición al riesgo de refinanciación y un perfil de vencimientos más ordenado, el foco hacia adelante se desplaza desde el tamaño del stock de deuda hacia la capacidad de sostener la consistencia macroeconómica, preservar el equilibrio fiscal y consolidar la credibilidad del programa económico.

La evolución de estos factores será determinante para que la mejora observada en los números de deuda se traduzca en una reducción sostenida del riesgo país y, finalmente, en un regreso estable al financiamiento voluntario en los mercados internacionales.

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