El comercio internacional se convirtió en una extensión de la política exterior estadounidense.
El problema es que esa estrategia introduce un nivel de incertidumbre que los mercados detestan. Las tensiones comerciales ya provocaron fuertes sacudidas en los mercados financieros y en los precios de las materias primas, con inversores preocupados por una desaceleración económica global.
El efecto Trump en la economía mundial
En enero de 2025, una semana antes de la asunción de Donald Trump, el FMI publicaba su proyección de crecimiento mundial. Allí manifestaba que ese año el producto mundial crecería 3,3% en 2025 y otro tanto en 2026.
El siguiente envío de la institución internacional fue en abril del año pasado, tan solo un mes después de las primeras amenazas arancelarias del mandatario estadounidense. Allí las expectativas de crecimiento ya habían bajado a 2,8% para 2025 y 3% para 2026. Un duro golpe de Trump para la economía mundial.
En las proyecciones trimestrales siguientes, el crecimiento de 2025 se recuperó y dio 3% en julio y 3,2% en octubre, aunque no llegó a la estimación inicial de 3,3%. El valor real del crecimiento estimado por el FMI aun no se conoce, pero el Banco Mundial publicó a fines del año pasado que estimaba un crecimiento mundial de 2,7% en 2025.
El segundo golpe de Trump al mundo
Como si fuera poco, la situación se agravó con la escalada militar en Medio Oriente y el conflicto con Irán. El Golfo Pérsico es una arteria crítica del comercio energético mundial ya que por el Estrecho de Ormuz circula cerca del 20% del petróleo global. Cualquier amenaza sobre esa ruta dispara inmediatamente el precio del crudo y aumenta el riesgo de inflación mundial.
De hecho, el precio del petróleo aumentó exponencialmente hasta tocar los US$110, y ahora se acomoda en alrededor de US$93. Esto ya impactó en el precio del combustible, que en Argentina fue de alrededor del 6%.
Trump no nos deja en paz
El resultado es una tormenta perfecta. Hoy hay tensiones comerciales que enfrían la economía y conflictos geopolíticos que encarecen la energía. Ambas fuerzas golpean al comercio internacional desde dos frentes.
Para países como Argentina, el escenario es especialmente complejo. Por un lado, un petróleo más caro puede beneficiar a exportadores de energía. Pero por otro, un mundo con menos comercio, más proteccionismo y mayor volatilidad financiera termina reduciendo la inversión y la demanda global. Además, el encarecimiento del combustible golpea directamente en el precio de los bienes, afectando el poder adquisitivo de los hogares.
La historia económica muestra que las guerras comerciales rara vez tienen ganadores claros. En el mejor de los casos, redistribuyen pérdidas. En el peor, abren la puerta a crisis más profundas.
Y mientras el mundo intenta estabilizarse tras años de inflación, conflictos y tensiones geopolíticas, la estrategia de confrontación permanente vuelve a encender todas las alarmas.
Cuando la principal potencia económica decide usar aranceles, sanciones y presión militar como herramientas de negociación, el mensaje que recibe el resto del planeta es que el comercio global dejó de ser un espacio de cooperación para convertirse en un campo de batalla.
Y en ese terreno, como suele ocurrir, nadie sale realmente ileso.
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