El impacto ya se traslada a la economía real. En Estados Unidos, el precio promedio de la gasolina alcanzó los US$4 por galón, su nivel más alto desde 2022, lo que comienza a afectar el consumo y a presionar políticamente a la administración de Trump en un año electoral.
En Argentina, la nafta ya se vende por arriba de los $2.000 por litro, con comodidad. El encarecimiento de la energía se consolida así como uno de los principales motores inflacionarios a nivel global.
Sin embargo, los mercados financieros mostraron una reacción aparentemente contradictoria. El índice S&P 500 registró su mejor jornada en diez meses, con una suba del 2,9%, mientras que el Nasdaq avanzó 3,8%.
El optimismo estuvo impulsado por señales de una posible desescalada: Trump aseguró que “lo más difícil ya está hecho”, mientras que el gobierno iraní expresó su disposición a negociar el fin de la guerra, aunque condicionado a garantías de no agresión futura, según informó Financial Times.
Este rebote bursátil refleja una dinámica típica de los mercados en contextos de crisis: los inversores alternan entre el temor a una escalada y la expectativa de una resolución rápida. Aun así, el balance mensual es negativo: el S&P 500 acumuló una caída cercana al 5% en marzo, evidenciando la volatilidad del período.
En paralelo, la tensión se extiende más allá del petróleo. Irán amenazó con represalias contra grandes corporaciones estadounidenses como Microsoft, Apple, Google, JPMorgan y Palantir, acusándolas de colaborar en acciones contra su territorio. Este frente abre un nuevo riesgo: la extensión del conflicto al plano corporativo y tecnológico, con posibles implicancias en cadenas globales de valor.
Mientras tanto, los ataques a infraestructura crítica continúan. Instalaciones industriales en Irán, como plantas siderúrgicas y sistemas energéticos, volvieron a ser blanco de bombardeos, lo que agrava el daño económico y complica cualquier recuperación rápida del suministro.
La economía mundial está en riesgo
Desde el plano económico, el escenario combina varios factores de riesgo: energía cara, inflación en alza, volatilidad financiera y tensiones comerciales. La advertencia del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth —quien afirmó que “los próximos días serán decisivos”— refuerza la idea de que el conflicto aún puede escalar.
La guerra con Irán dejó de ser un evento geopolítico aislado para convertirse en un shock económico global. Con el petróleo en niveles elevados, mercados sensibles a cada declaración política y consumidores ya afectados, el desenlace del conflicto será clave para determinar si el mundo enfrenta un episodio transitorio de volatilidad o el inicio de una nueva etapa de inestabilidad económica.
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