Tres de los presidentes de los bancos centrales más poderosos del mundo iniciaron sus carreras en un edificio conocido como "E52", sede del departamento de economía del MIT. Ben Bernanke, presidente de la Fed, y Mario Draghi, presidente del BCE, obtuvieron allí su doctorado en la década de los '70. Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, impartió clases en los '80 y compartió una oficina con Bernanke.
Muchos economistas salieron del MIT con la creencia de que el gobierno podía ayudar a atenuar los bajones económicos. Los bancos centrales juegan un papel particularmente importante desde este punto de vista, no sólo mediante el uso de las tasas de interés, sino también al tratar de influir en las expectativas de las personas a través de declaraciones cuidadosamente redactadas.
Mientras que muchos gobiernos nacionales no han logrado ponerse de acuerdo sobre la política fiscal, los bancos centrales han forjado su propio camino, unidos por conversaciones frecuentes y relaciones personales que se remontan a los días en que estudiaban economía.
Si aciertan, la economía mundial podría eludir un prolongado estancamiento. En cambio, si se equivocan, podrían generar presiones inflacionarias o sentar las bases de una nueva crisis financiera. Un fracaso también podría dar lugar a nuevas restricciones sobre el poder y la independencia de los bancos centrales, herramientas consideradas esenciales en emergencias como la crisis financiera de 2008 y 2009.
Las acciones de los bancos centrales
La Reserva Federal de USA compra al mes actualmente US$ 40.000 millones en valores respaldados por hipotecas y parece decidida en su reunión de este miércoles en anunciar el gasto de miles de millones más en bonos del Tesoro.
El Banco de Inglaterra ha acordado canalizar miles de millones de libras a empresas y hogares a través de los bancos. El Banco Central Europeo (BCE) se ha comprometido a mantener bajos los costes de endeudamiento de los gobiernos que soliciten ayuda y el Banco de Japón, bajo presión para combatir la deflación, está comprando bonos estatales, deuda corporativa y acciones.
"¿Decidirá la historia si hicieron mucho o muy poco? No lo sabemos porque es algo que todavía está en evolución", sostiene Kenneth Rogoff, profesor de economía de la Universidad de Harvard. "Están asumiendo riesgos porque es una estrategia experimental", apunta el WSJ.
El aviso de Caruana
El objetivo es reducir el costo del crédito y estimular las bolsas en un intento por fomentar el gasto y la inversión de los hogares y las empresas. El método, sin embargo, no se ha probado a escala global y los banqueros centrales se han reunido a menudo para evaluar los riesgos.
Un día después de la cena de junio en Basilea, los banqueros centrales recibieron la advertencia de uno de sus anfitriones en un discurso ante el grupo. "Estas medidas de emergencia podrían tener efectos indeseados si persisten por mucho tiempo", dijo Jaime Caruana, director general del Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés), donde se celebran las cenas.
Otra preocupación: reforzar los mercados de valores y relajar los costes de endudamiento puede conducir a los gobiernos nacionales a postergar decisiones políticas complicada para solucionar sus propios problemas, como el déficit público.
"Los bancos centrales no pueden resolver los problemas estructurales de la economía", señala Stephen Cecchetti, que dirige el departamento monetario del BIS. "Hemos estado diciendo esto durante años".
Los bancos centrales han prometido que una vez que la economía se recupere, van a cerrar el grifo lo suficientemente rápido para impedir que aparezcan presiones inflacionarias. Pero retirar tanto dinero del mercado en el momento preciso podría ser un desafío político y económico.
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Los banqueros centrales, aislados
Los banqueros centrales están entre las personas más aisladas de un gobierno. Si se reúnen con mucha frecuencia con los banqueros privados, corren el riesgo de desestabilizar a los mercados o dar a los operadores una ventaja injusta. Asimismo, tratan de mantenerse a distancia de los políticos para preservar su independencia.
Entre los invitados a las cenas dominicales en Basilea figuran los líderes de la Fed, el BCE, el Banco de Inglaterra y los responsables de los bancos centrales de India, China, México, Brasil y otros países, explica el Wall Street Journal.
King, el gobernador del Banco de Inglaterra, es quien lleva la batuta en las conversaciones. Los hombres tienen sus asientos asignados en una mesa redonda en un comedor de paredes blancas, techo negro y una vista panorámica de la ciudad. No hay transcripciones ni minutas.
En momentos en que lidian con dudas y desacuerdos sobre la reactivación de la economía global, forman una estrecha fraternidad. Sus relaciones se desarrollan a través de conversaciones telefónicas y en persona. "Un gran secreto de la cooperación entre los bancos centrales", dice King, es que en una crisis "uno puede tomar un teléfono y tener muy rápido acuerdo sobre algo".
Los economistas no se ponen de acuerdo en muchas cosas. Ni en qué fomenta el crecimiento o crea más empleo ni si en deberíamos preocuparnos más por la inflación o la deflación, o si hay que controlar los déficits antes de entrar todos en bancarrota o seguir hinchándolos hasta que salgamos de los problemas a golpe de crecimiento.
Sin embargo, en la última década ha habido un principio en el que han coincidido todos: que los bancos centrales se liberen de la interferencia política es bueno. Y ahora incluso eso se discute. Parece que el modelo de banco central independiente y tecnócrata está de capa caída y lo va a sustituir el control directo de la política monetaria por los Gobiernos, con el consiguiente cambio de las reglas del juego para los inversores.
Los banqueros centrales solían ser unas figuras grises y anodinas. Alan Greenspan fue muy conocido durante su largo reinado en la Reserva Federal, pero sus colegas de la hermandad de la banca central internacional eran personajes bastante oscuros incluso en sus propios países, y mucho más para el resto del mundo. No era de esperar que una persona cualquiera supiese cómo se llaman.
Ahora ocupan el centro de la batalla política diaria. En Japón, Shinzo Abe, el candidato número uno a primer ministro, ha atacado al Banco de Japón por no luchar lo bastante agresivamente contra la deflación y prolongar por ello la interminable recesión de su país. En las elecciones presidenciales de Estados Unidos de este año, las políticas de la Fed han sido un tema candente.
Los republicanos barajaron la idea de restaurar cierta clase de patrón oro para ponerle coto y, de haber ganado Mitt Romney, Ben Bernanke seguramente no habría conservado su puesto por mucho tiempo. En Europa, los políticos alemanes acusan al presidente italiano del BCE, Mario Draghi, de imprimir dinero furtivamente para apuntalar a un euro maltrecho.
Mientras, los británicos se traen banqueros centrales extranjeros (el canadiense Mark Carney acaba de ser nombrado nuevo gobernador del Banco de Inglaterra) con la falsa esperanza de que un gran jugador pueda enderezar una economía que se les escapa de las manos a los nativos. Desde luego, suena a productor desesperado que sueña con que una aparición estelar de Brad Pitt salve una película mala.
Al final, la película sigue siendo mala y todo el mundo se pregunta por qué Brad Pitt aceptó participar en ella. Cuando los problemas económicos del Reino Unido resulten no ser curables por los encantos de un foráneo, sólo cabe esperar un contraataque feroz. Carney ha sido un nombramiento político del ministro de economía George Osborne y acabará ocupando pronto el centro del debate político.
Los días en que los banqueros centrales estaban por encima de las luchas políticas ya son historia y no es difícil entender por qué. En primer lugar, el juego ha cambiado. El principal argumento intelectual a favor de la independencia de los bancos centrales era que podían tomar decisiones a largo plazo sin la interferencia de la política a corto plazo. Tenían más credibilidad en los mercados a la hora de establecer objetivos de inflación, porque los inversores sabían que no se iban a desviar del rumbo por la necesidad de apuntalar la economía y elevar los ingresos antes de las elecciones.
¿Contra qué luchan los bancos centrales?
Pero eso ya parece no importar. Los bancos centrales no luchan contra la inflación (no hay muchos signos de ella) y su principal enemigo es la recesión. Y tampoco es que disfruten de mucha credibilidad (pocos inversores creen que algo va a pasar sólo porque lo diga la Fed o el BCE) y la suposición de que las opciones no son más que mecánicas (un crecimiento algo más lento este año a cambio de una expansión más saludable a largo plazo) ha dejado de tener sentido. ¿El resultado? No hay motivos para suponer que un banquero central independiente funcione mejor que un político elegido.
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En segundo lugar, los banqueros centrales actúan como políticos de todos modos. Pensemos en la facilitación cuantitativa (lo que se conoce en inglés como quantitative easing), por ejemplo. Redistribuye la riqueza, castiga a los ahorradores y recompensa a los deudores, permitiendo un Estado mucho más amplio de lo que sería posible, aunque a costa de las generaciones futuras, que tendrán que pagar las cuentas del gasto actual. O los tipos de interés a casi cero, que ayudan a los jóvenes en la compra de su primera vivienda, pero castigan a los mayores que cobran una pensión mucho más baja de sus ahorros de lo que habían esperado.
Se trata en todos los casos de decidir quién recibe qué y quién acaba pagando. Se puede estar de acuerdo o no (los argumentos a ambos extremos de cada decisión son totalmente respetables), pero son decisiones políticas como las que suelen tomar los políticos e implican unas elecciones.
Cuando toman esa clase de decisiones en nombre de la sociedad, los bancos centrales sólo pueden esperar verse arrastrados al centro del debate público. Y les va a costar mantener la posición por dos problemas fundamentales. Primero, carecen de un mandato. Se les elige de una lista muy corta de banqueros de carrera y funcionarios. Carecen de la legitimidad que otorga haber ganado unas elecciones y eso les convierte en blanco fácil. Después, ninguno conoce el lenguaje necesario para defender sus decisiones. No tienen formación en oratoria ni saben cómo ganarse apoyos. Otra vez, un blanco fácil.
A finales de esta década es improbable que quede un solo banco central independiente. Los Gobiernos se harán con el control directo de la política monetaria. El Reino Unido tal vez sea el primero. De todos modos, el Banco de Inglaterra no obtuvo la independencia hasta 1997; hasta entonces, los tipos de interés los fijaba el Gobierno. Y Europa será la siguiente.
El presidente del BCE ya dirige medio continente. La Fed tal vez se haga esperar. Los americanos son históricamente reacios a dar a su Ejecutivo más poderes, pero se someterá a un control político más férreo. Es dudoso que los Gobiernos ejerzan ese poder responsablemente y, por ello, los inversores pueden esperar mucha más volatilidad. Tendrán que aprender todo un conjunto de reglas nuevas de la inversión. Para interpretar los mercados habrá que adivinar qué van a hacer los políticos.