La autonomía del Banco Central de Chile se mantiene inalterada desde que fuera otorgada en 1989. Y la implementación de un programa antiinflacionario sostenido, a través del cumplimiento explícito de metas de inflación (entre 2-4% anual), permitió que el vecino país registre las menores subas de precios de la región (+5,3% promedio anual en los últimos veinte años).
Esta disciplina en la política monetaria fue acompañada con ordenamiento fiscal, con el objetivo de garantizar una sólida posición en el tiempo y evitar así recurrir a medidas de financiación espurias (emisión).
De hecho, desde el año 2000 que en Chile se aplica una regla de “Balance Estructural” en función del PBI tendencial. Así, la ley establece que luego de asumir el Presidente de la República debe establecer su política fiscal y el efecto que la misma tendrá sobre ese equilibrio. Esta claridad de reglas permitió lograr un superávit primario –con excepción de lo ocurrido en 2009 durante la crisis internacional– que promedió 2,6% del PBI desde el 2001.
Los resultados favorables en materia fiscal se utilizaron para encarar una política de desendeudamiento significativa. Aún cuando en los últimos años ha tendido a incrementarse, el nivel actual de deuda pública se encuentra en valores manejables: mientras en 1991 era de 38,4% del PBI, el año pasado cerró con un peso de 11,2% del PBI.
La planificación hace también a la previsión. Por ello, con los importantes recursos obtenidos en los últimos años se constituyeron dos fondos para financiar los pasivos contingentes: el Fondo de Reserva de Pensiones (2006), para asegurar los pagos mínimos, y el Fondo de Estabilidad Económica y Social (2007), que permite implementar medidas contra cíclicas al financiar posibles déficit fiscal y obligaciones de deuda pública en épocas de escasez.
En este sentido, no se dudó en utilizar estos fondos en 2009, para hacer frente a la crisis internacional, y en 2010, para financiar parte de los gastos asignados a la reconstrucción después del terremoto de comienzo de año.
Y ese direccionamiento de los recursos no impidió atender el desarrollo en el plano social. Es más, Chile se encuentra entre las primeras posiciones de varios indicadores clave , por ejemplo de infraestructura (acceso al agua potable, cloacas, instalaciones sanitarias y electricidad), educación (la alfabetización alcanza a 95% de la población) y de menor pobreza (15%) e indigencia (3,7%).
Es importante destacar que, al igual que la mayoría de los países de América del Sur, el repunte de Chile en los últimos años ha estado íntimamente relacionado a la significativa mejora de los términos de intercambio. El cobre, que representa 55% del total de las exportaciones chilenas, prácticamente cuadruplicó su precio entre 1991 y la cotización actual (de 2.300 a 8.300 US$/tn, con picos de 9.500 US$/tn en junio de 2011).
Siendo el país con las mayores reservas cupríferas del planeta, el alza de ese metal ha significado una importante mejora para el balance de pagos: la Cuenta Corriente se tornó positiva en los últimos años luego de décadas de déficit. Además, la Cuenta Capital y Financiera también se ubicó en terreno positivo por la importante entrada de flujos de inversión extranjera directa (IED) y de cartera.
De hecho, el país trasandino es la segunda economía –después de Brasil– con mayor afluencia de IED en la región y la primera en relación al PBI (7% promedio anual en los últimos seis años). En base a la estabilidad de sus políticas, que le permitieron mantener un bajo riesgo financiero, el mercado chileno ha sido declarado como investment grade.
Desde fines de 1999, la política cambiaria se basa en un régimen de flotación libre. En este contexto, y tal como sucedió con otras economías emergentes, el fuerte ingreso de capitales apreció el Peso chileno: desde febrero de 2003 el tipo de cambio nominal respecto del Dólar descendió 35%. Sin embargo, la pérdida de competitividad cambiaria fue contrarrestada por el boom de commodities y el efecto positivo de otras políticas.
Puntualmente, para potenciar las inversiones y, además, contrarrestar el pequeño mercado doméstico, Chile suscribió una gran cantidad de Tratados de Libre Comercio con las principales economías del mundo (Unión Europea en 2003, Estados Unidos en 2004, China en 2006 y Japón en 2007, entre otras). De hecho, el vecino país cuenta con la mayor cantidad de TCL del mundo, permitiendo ampliar su mercado a un potencial de 4.000 millones de personas y beneficiar por aranceles preferenciales al 90% de sus exportaciones.
Todas estas mejoras y la estabilidad conseguida, convirtieron a Chile en un destino atractivo para las inversiones. Y ello se refleja en la posición de privilegio que ocupa en los rankings de estabilidad macroeconómica, clima para los negocios, y respeto por las instituciones privadas .
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Repaso de los desafíos y del juego de alianzas
En el primer semestre de 2012 el PBI de Chile continuó creciendo a muy buen ritmo: 5,4% en relación al mismo período del año anterior. Sigue siendo clave el desempeño de la demanda interna (+5,8% i.a.), en particular por la inversión, que se mantiene como el componente más dinámico (+8,0% i.a.). Por su parte, el consumo creció 5,3% i.a. en los primeros seis meses.
Esta performance supera la previsión de crecimiento del Banco Central de ese país para todo el año (entre 4 y 5% i.a.), pero es probable que se desacelere levemente en el segundo semestre por el freno de la demanda externa (las exportaciones caen 4% i.a. en los primeros seis meses del año).
Igualmente se observan algunos datos robustos: la producción industrial continúa creciendo a buen ritmo (+5% i.a. en julio y +3,4% i.a. en el acumulado) así como la minería (+9,1% y 3,5%, respectivamente). El consenso de estimaciones privadas indica que Chile crecerá en torno de 4,8% i.a. este año y 4,6% en 2013.
Luego de años de tasas elevadas, y en el contexto de incertidumbre global, mantener el crecimiento en estos niveles es realmente envidiable y un gran mérito de las políticas implementadas. Además de seguir mejorando la distribución del ingreso, los principales desafíos para la economía chilena son reducir la concentración de las exportaciones y la dependencia energética externa.
Por un lado, y como mencionamos, el metal representa casi 55% de las exportaciones chilenas totales, por lo que un descenso en las cotizaciones afecta sensiblemente la balanza comercial del país. De hecho, cuando el precio del cobre se desplomó en 2008 y sus exportaciones cayeron 20%, el superávit comercial se redujo de US$ 24.132 millones en 2007 a US$ 6.072 millones en 2008 (-75%). Un impacto de esa magnitud pone en vilo a cualquier economía.
Por otro lado, el 22% de las importaciones del vecino país se concentran en productos energéticos. Y a partir de las restricciones argentinas, los envíos de gas natural a ese país se redujeron prácticamente a cero. En contraposición, y para no depender de un solo proveedor, Chile comenzó a realizar compras de GNL. El problema es que las mismas son mucho más onerosas.
Esta tensión entre economías vecinas no es menor para los objetivos regionales, pues refuerza la visión estratégica de Chile de generar acuerdos fuera de la zona. De hecho, sus principales socios comerciales son China, Japón y Estados Unidos (que explican un 44% de sus exportaciones).
Por ello, lejos de profundizar asociaciones con el Mercosur o la Comunidad Andina de Naciones, la política exterior chilena apuntó en los últimos años a la suscripción bilateral de Tratados de Libre Comercio y a la generación de nuevas alianzas económicas, como la reciente Alianza del Pacífico (junto a Perú, Colombia y México en miras al mercado asiático). Claramente, aún resta un largo camino por recorrer para alcanzar la promocionada unidad latinoamericana.