Pero los resultados fueron, hasta ahora, modestos. La desconfianza estructural en el sistema financiero argentino, sumada a la incertidumbre económica, limitó la efectividad de la medida. Lejos de generar un flujo significativo de dólares hacia el circuito formal, la iniciativa evidenció una restricción profunda. Sin estabilidad sostenida, los incentivos legales no alcanzan para modificar conductas arraigadas.
Milei dice que quiere impulsar los créditos cuando hay morosidad récord
Con esas dos vías debilitadas, el Gobierno ensaya ahora una tercera estrategia, impulsar una baja de tasas de interés para estimular el crédito al consumo. El propio Milei lo explicitó recientemente ante empresarios en el AmCham Argentina, donde afirmó que buscarán “motorizar el crédito” como palanca de reactivación.
Sin embargo, esta apuesta enfrenta un problema estructural difícil de eludir. Los niveles de morosidad en el sistema financiero vienen en aumento, especialmente en préstamos personales y tarjetas de crédito. Distintos informes privados ubican los índices de incumplimiento en niveles elevados, reflejo directo de la pérdida de ingresos reales y del deterioro en la capacidad de pago de los hogares.
En ese contexto, la idea de expandir el crédito como motor del consumo aparece tensionada por la realidad. No se trata solo de la oferta —bancos más cautelosos o tasas aún elevadas— sino también de la demanda. Las familias tienen sus cuentas en rojo y escaso margen para asumir nuevas deudas.
La solución está en otro lado, y no hay forma de que no lo sepan
El consumo, que representa más del 60% del PBI argentino, continúa mostrando signos de debilidad. La caída del salario real, el ajuste en tarifas y la persistencia de la inflación erosionan el poder adquisitivo y limitan cualquier rebote sostenido. Aun cuando las tasas bajaran, la disposición a endeudarse no necesariamente acompañaría.
Además, existe un riesgo adicional: forzar una expansión del crédito en un contexto de fragilidad puede agravar los problemas de mora y tensionar aún más al sistema financiero. En lugar de convertirse en un motor de crecimiento, el endeudamiento podría transformarse en una fuente de inestabilidad.
La estrategia oficial parece atrapada en una restricción clave. Sin acceso pleno al financiamiento externo, sin éxito en la captación de dólares informales y con un sistema doméstico condicionado por la morosidad, el margen para impulsar el consumo vía crédito es acotado, por no decir imposible.
El desafío de fondo sigue siendo recomponer ingresos reales y reconstruir la confianza. Sin esas condiciones, cualquier intento de reactivar la demanda mediante endeudamiento corre el riesgo de ser, más que una solución, un paliativo de corto alcance o un mero acto retórico sin posibilidad de llevarse adelante, porque ahí sí se correría el riesgo de que la morosidad alcance valores preocupantes.
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