Del lado de las compañías mejor preparadas, el escenario es distinto. Ryanair cuenta con gran parte de su combustible asegurado a precios previos a la crisis, lo que le permite, por ahora, evitar subas inmediatas. En la misma línea, el grupo IAG (con Iberia y Vueling) mantiene cierto margen gracias a sus coberturas, aunque el sector ya asume que, si la tensión persiste, el impacto terminará trasladándose al precio final de los vuelos.
Lufthansa
Lufthansa canceló 20.000 vuelos entre mayo y octubre para reducir costos ante el alza del queroseno en plena crisis en el Estrecho de Ormuz.
KIRILL KUDRYAVTSEV / AFP
El límite de las aerolíneas: hasta dónde pueden subir los precios
Desde la Asociación de Líneas Aéreas (ALA) el mensaje es más matizado de lo que sugiere el ruido del mercado. Su presidente, Javier Gándara, reconoció que el aumento del queroseno impacta de lleno en los costos operativos, pero dejó en claro que no existe un margen ilimitado para trasladar ese encarecimiento a los pasajeros.
En concreto, explicó que cada compañía puede definir su política comercial, pero siempre dentro de un marco regulatorio estricto. Esto implica, por ejemplo, que no se pueden aplicar recargos adicionales a billetes ya emitidos, una práctica que podría vulnerar la normativa europea sobre transparencia de precios y protección al consumidor.
Ese punto no es menor en el contexto actual. La Comisión Europea ya ha advertido que el precio final de un pasaje debe incluir todos los cargos previsibles desde el momento de la compra, lo que limita la posibilidad de introducir suplementos posteriores por el encarecimiento del combustible. En otras palabras, el impacto del queroseno no puede trasladarse de forma retroactiva.
En paralelo, organismos como la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) recuerdan que, ante cancelaciones, los pasajeros mantienen derechos claros: reembolso, reubicación en otro vuelo o asistencia, ya que el aumento del combustible no necesariamente se considera una “circunstancia extraordinaria”.
Así, el sector queda atrapado en un equilibrio incómodo. Por un lado, el queroseno encarece cada operación; por el otro, las reglas del mercado y la regulación europea limitan cómo y cuándo trasladar ese costo. El resultado es un escenario donde las aerolíneas deben ajustar rutas, capacidad y estrategia comercial, sin margen para decisiones unilaterales que afecten al pasajero.
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