La Semana Santa estará marcada por la “purificación” y por la indispensable conversión de una vida de pecado. «Dios no elige al más fuerte, al más valiente; elige al último, al más joven, uno con el que nadie había contado», advirtió Francisco, que retomó algunas reflexiones que pronunció Ratzinger en contra de la “suciedad” durante el Vía Crucis de 2005. En San Pedro, la celebración del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor estuvo precedida por la conmemoración de Jesús a Jerusalén, ante la mirada atenta de alrededor de 250 mil fieles.
En el centro de la Plaza, en el obelisco, el Papa bendijo las palmas y los olivos y, al final de la procesión, celebró la Misa. Participaron, en ocasión de la 28ª Jornada diocesana de la Juventud, los jóvenes de Roma, como preludio a la JMJ de 2013 que se llevará a cabo en Río de Janeiro. «Lo que cuenta no es el poder terrenal. Ante Pilato, Jesús dice: «Yo soy Rey», pero el suyo es el poder de Dios, que afronta el mal del mundo, el pecado que desfigura el rostro del hombre. Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios», afirmó el Papa Francisco ante los fieles.
Y después llegó una exhortación a todo el mundo: «Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, de poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección».
El Pontifice también indicó que «todos podemos vencer el mal que hay en nosotros y en el mundo [...] Con Cristo, podemos transformarnos a nosotros mismos y al mundo. Debemos llevar la victoria de la cruz de Cristo a todos y por doquier; llevar este amor grande de Dios. Y esto requiere de todos nosotros que no tengamos miedo de salir de nosotros mismos, de ir hacia los demás». Por ello, no debemos «Jamás hemos de acostumbrarnos al mal».Y es por eso que debemos aprender a «mirar hacia lo alto, hacia Dios, pero también hacia abajo, hacia los demás, hacia los últimos. Y no hemos de tener miedo del sacrificio. Piensen en una mamá o un papá: ¡cuántos sacrificios! Pero, ¿por qué lo hacen? Por amor. Y ¿cómo los afrontan? Con alegría, porque son por las personas que aman. La cruz de Cristo, abrazada con amor, no conduce a la tristeza, sino a la alegría».
Después, el Papa Francisco se dirigió a los jóvenes de la JMJ (N. de la R.: Jornada Mundial de la Juventud): «Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y ustedes lo saben bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y ustedes no se avergüenzan de su cruz. Más aún, la abrazan porque han comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo y que Dios ha triunfado sobre el mal precisamente con el amor».
Este domingo, ante alrededor de 250 mil fieles que se reunieron en la Plaza San Pedro, el Ángelus fue recitado desde el atrio de la Basílica al final de la Santa Misa. Luego del responso por los fieles difuntos, el nuevo Pontífice pidió especialmente por los enfermos de tuberculosis.
Después de la celebración del Domingo de Ramos, el papa Francisco pidió la intercesión de la Virgen María «para que nos acompañe durante la Semana Santa. Que ella, que siguió con fe a su Hijo hasta el Calvario, nos ayude a caminar tras él, llevando con serenidad y amor su cruz, para llegar a la alegría de la Pascua». Estas fueron las palabras que pronunció el Papa Francisco desde el atrio de la Basílica de San Pedro al finalizar la Solemne Celebración del Domingo de Ramos.