Solo Gantz tenía derecho de voto en el gabinete. Eizenkot era observador. Su salida quitaba sentido a un foro creado justo por exigencia del primero, a cambio de abandonar la oposición y entrar en el Ejecutivo.
Los cuatro miembros que quedaban eran todos de la coalición de Gobierno: Netanyahu y su titular de Defensa, Yoav Gallant, con derecho a voto y del mismo partido (Likud); Ron Dermer, uno de los hombres más cercanos a Netanyahu, y Arieh Deri, líder del partido ultraortodoxo sefardí Shas, como observadores.
También participaban los jefes del Estado Mayor y de los servicios de inteligencia, y solían sumarse los generales que dirigen la guerra y otros asesores. Eran reuniones más ágiles, de un par de horas, con abundante material gráfico sobre el estado de las operaciones en el terreno y un formato de lluvia de ideas. Ya desde la famosa cocinilla de Golda Meir (unas reuniones reducidas en la cocina de su casa), las decisiones relevantes en tiempos de guerra en Israel suelen acabar quedando en pocas manos.
Gantz abandonó el barco por ver que zozobraba; los dos principales líderes ultraderechistas en el Ejecutivo, los ministros de Finanzas, Bezalel Smotrich, y de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, se apresuraron a exigir los asientos vacantes en el gabinete de guerra.
Joe Biden sobre el gobierno más conservador de Israel
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Frente a tal coyuntura, Netanyahu optó por desmantelar el gabinete de guerra. Es consciente de la radicalidad (defienden volver a llenar Gaza de colonos y soldados de forma permanente y “animar” a sus habitantes a abandonarla) de quienes exigían llenar el vacío y de lo mal que habría sentado en Washington. El presidente de EE UU, Joe Biden, ha lamentado en los últimos meses que Israel tenga el Gobierno “más conservador” de su historia, citando por su nombre a Ben Gvir como parte del problema.
Netanyahu y Gallant tomarán ahora las decisiones más importantes sobre la guerra en reuniones ad hoc con ministros como Dermer, muy cercano al primer ministro y titular de Asuntos Estratégicos. Ben Gvir no será invitado, según el diario Yediot Aharonot.
Esta tensión ha generado este fin de semana un barullo político que refleja la lucha interna por el mango de la sartén y las tensiones entre políticos, en particular cuanto más a la derecha, y militares. La portavocía del ejército anunció el domingo una “pausa táctica” de 11 horas en los bombardeos en la ruta desde el paso fronterizo de Kerem Shalom, por el que entran los camiones con ayuda humanitaria, hasta un hospital también en el sur de la Franja. No afectaba a la ofensiva en Rafah, ni al resto de la invasión, ni resolvía el problema de cómo distribuir la ayuda desde allí, pero indignó a Netanyahu y a sus socios ultraderechistas.
“El ejército se enfoca cada día en lograr legitimidad internacional, en vez de dejárselo al ámbito político y centrar su atención en ganar la guerra”, protestó Ben Gvir. La propia oficina de Netanyahu emitió un comunicado señalando que desconocía la medida, que consideró “inaceptable”. Después, enterró la polémica, tras recibir la confirmación de que la pausa no supone cambio alguno en las políticas y que “el combate en Rafah continúa según los planes”.
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