Además, 2 integrantes del grupo son sospechosos de haber "intentado sabotear en abril de 2022 el oleoducto Trieste-Ingolstadt", que pasa por Baviera (sur) y considerado por las autoridades alemanas como una "infraestructura crítica".
Destrucción de la cultura
Este grupo es famoso, como tantos otros ecologistas de hoy, no por sus discursos firmes y serios o fórmulas ingeniosas para abordar el cambio climático sino por la destrucción que practican hacia la cultura, síntoma de una limitada perspectiva histórica del activismo absurdo.
Nadie duda de la imperiosa necesidad de disminuir el uso de los combustibles fósiles, pero devastar el patrimonio histórico cultural no es el modo. A aquellos solo le sirve para llamar la atención y profundizar la peligrosa tendencia. En sus redes, pocas soluciones ofrecen para combatir el cambio climático. Las quejas y lamentos, sostenidas en los atentados 'progres' privadas de propuestas visionarias, no llevan sino a la perdición.
Letzte Generation ha arruinado varias obras plásticas, con pegamento y pinturas hasta puertas o carreteras que en ocasiones las usaron como una cama de protesta, creyendo que de esa manera salvaban al mundo.
Respecto a la aberración al arte, 2 activistas lanzaron puré de patatas a un cuadro de Monet en el Museo Barberini de Potsdam en octubre de 2022. Por suerte el cuadro atacado no sufrió daños al estar protegido por un cristal pero la restauración del marco, sin embargo, costó una cifra de cinco dígitos.
Otro lo hicieron en la Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos de Dresde al pegarse al marco de la “Madonna Sixtina” del genio italiano Rafael que costará 12.000 euros.
Alemania no es la única nación que hospeda a estos activistas, se encuentran en todo el orbe. La absurda tendencia hace poco se lució en Italia, tal como contó Urgente24, arruinando una de las fuentes más famosos en Roma: la Fontana de Trevi, esculpida por Nicola Salvi vertiendole un líquido negro, como una especie carbón vegetal.
Algunos líderes europeos ya han empezado a actuar contra el insensato movimiento -que cada vez cosecha más adeptos-, solo explicable por la reinante degradación académica.
Italia aprobó un proyecto en abril contra los eco activistas que "manchan" el patrimonio cultural y prevé sanciones en caso de "destrucción, dispersión, deterioro, desfiguración, ensuciamiento y uso ilícito de bienes culturales o paisajísticos". El mundo debería observar la iniciativa de Italia, cuna de la cultura occidental.
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