Esa ventaja temática se combina con una estructura electoral cada vez más resistente. Vox conserva al 85,9% de quienes lo respaldaron en 2023 y atrae ahora a cerca del 13% de los antiguos votantes populares; en sentido contrario, el trasvase hacia el PP se limita al 3,4%. Ceuta castiga así al Gobierno, pero también mueve el centro de gravedad dentro de la oposición: Feijóo se beneficia del giro conservador mientras observa cómo su futuro socio y principal competidor crece con mayor velocidad.
Pedro Sánchez, durante una visita a Ceuta. La ciudad autónoma pasó de ser el epicentro de la crisis fronteriza a convertirse en el escenario que aceleró el avance electoral de PP y Vox.
FOTO: JORGE GUERRERO / AFP
Votos de izquierda a derecha: la fuga que alarma a Sánchez
La señal más inquietante para el Gobierno no aparece únicamente en la distancia que separa a los grandes bloques, sino en la dirección que eligen quienes abandonan al PSOE. Una parte importante de ese electorado no busca refugio en otras propuestas progresistas: atraviesa la frontera ideológica y se inclina por formaciones conservadoras, un movimiento que debilita al presidente, a la izquierda y amplía al mismo tiempo la base de sus adversarios.
Entre quienes votaron al partido socialista en 2023, un 6,8% apoyaría ahora al PP y otro 4,3% escogería a Vox. En cambio, apenas un 3,9% se desplazaría hacia Sumar y menos del 2% optaría por Podemos. El castigo, por lo tanto, beneficia más a Feijóo y Santiago Abascal que a los antiguos socios del Ejecutivo, una transferencia especialmente delicada porque revela que el oficialismo pierde terreno hacia el centroderecha y la derecha radical.
La izquierda alternativa tampoco consigue funcionar como red de contención. Sumar conserva únicamente al 44,5% de sus votantes de las últimas generales y encara el tramo previo a 2027 sin candidato, marca ni alianza electoral claramente definidos, mientras Podemos sigue su propio camino sin capitalizar el retroceso socialista. Sánchez no necesita solamente recuperar apoyo: también depende de reconstruir un espacio progresista fragmentado, porque cualquier recuperación del PSOE podría resultar insuficiente si sus posibles aliados continúan encogiéndose por separado.
Cibeles, la fotografía de la España que mira a 2027
Antes de que el sondeo pusiera cifras al desplazamiento político, la calle ya había ofrecido una imagen difícil de ignorar. La concentración celebrada en Cibeles el 2 de septiembre reunió a unas 50.000 personas, según la Delegación del Gobierno, y fue replicada en numerosos municipios de todo el país. Nacida como una muestra de solidaridad con Ceuta, la convocatoria terminó desbordando ese propósito y se convirtió en una expresión masiva de rechazo al presidente y al Gobierno de turno. Ese malestar no apareció de un día para otro. La derecha llevaba meses amplificando un relato de desgaste alimentado por el caso Koldo y la situación judicial de José Luis Ábalos, los interrogantes alrededor del rescate de Air Europa, las investigaciones abiertas en el entorno más cercano del mandatario y la controversia por la regularización extraordinaria de inmigrantes. La crisis fronteriza consiguió reunir todos esos frentes dispersos y llevarlos a la calle bajo una misma impugnación contra el Ejecutivo.
Sin embargo, el líder del PP y Santiago Abascal recorrieron la plaza sin saludarse, aunque compartieron por primera vez desde las protestas contra la amnistía de 2023 una misma movilización contra el Ejecutivo. La relación ya venía tensionada por el documento marco con el que los populares intentaron imponer condiciones comunes a sus pactos autonómicos y que Vox interpretó como una maniobra para disciplinarlo. Aun así, las diferencias no consiguieron borrar la convergencia política. Ambos responsabilizaron a La Moncloa por lo ocurrido, reclamaron mayor firmeza ante Marruecos y disputaron frente al mismo público quién podía representar con más contundencia el descontento acumulado.
Por eso, Cibeles importa más allá de la cantidad de asistentes. La escena mostró a dos fuerzas que compiten por dirigir el mismo espacio, pero que probablemente deberán entenderse si pretenden transformar su crecimiento en un cambio de Gobierno. A menos de un año de las próximas elecciones generales, aquella plaza anticipó la transformación que podría atravesar España, la de un país cuyo centro de gravedad se desplaza hacia posiciones más duras sobre inmigración y seguridad mientras la izquierda todavía busca cómo frenar la corriente. Si esa dinámica se mantiene, la concentración por Ceuta podría terminar siendo recordada no solamente como una protesta, sino como el primer ensayo callejero de un relevo en La Moncloa.
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