Pese a la contundencia con la que la conductora de De acá en más aseveró, en definitiva, que lo acontecido con Lucio Dupuy y el pedido de justicia por parte de su familia no generaba el suficiente rating, el jueves (2/2) esto quedo desmentido.
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La teoría de María O'Donnell quedó descartada.
La cobertura de la condena contra Magdalena Espósito Valiente y Abigail Páez alcanzó picos que llegaron casi a los seis puntos de rating en TN, una cifra muy grande para cualquier canal de cable. Eso sin considerar que el resto de las emisoras también se abocaron al mismo hecho.
Una cuestión más profunda
Más allá de que estos datos demuestren que lo expuesto por O'Donnell no fue más que una mera excusa para ocultar lo obvio, hay otra cuestión de fondo más profunda aún. Sucede que no sólo el tratamiento mediático que se realizó por el crimen de Lucio fue escaso, sino que de por sí fue malo, y en algunos casos, sesgado por la agenda de género del Gobierno.
Si bien nada justifica el ataque masivo que recibió Abiuso, cuyo caso fue el que tomó más trascendencia, sí es cierto que por parte de los organismos públicos o de los colectivos de derechos humanos no hubo respaldo para la familia Dupuy. Los mismos que se rasgan las vestiduras por crímenes atroces, como el de Fernando, hicieron la vista gorda con el del nene de cinco años masacrado.
Y ya sea por intereses empresariales (pauta oficial) o por cortocircuitos internos, los medios replican esta postura al adoptar la narrativa del "crimen de odio" o "lucha de clases" para referirse a los rugbiers asesinos y generalizar que tal tipo de conductas son propias de todos los que practican ese deporte o de los sectores pudientes.
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Pese a que ni la mitad de los acusados jugaba al rugby, en los medios y en la sociedad ya quedaron marcados como rugbiers, con el fin de alimentar un relato que ubica a tal deporte como algo propio de las "clases altas" y que todos sus practicantes son "asesinos en potencia".
El crimen de Lucio es la contracara. Si bien ambas condenadas eran militantes del feminismo y participaban activamente de muchas de las causas progresistas, tales adjetivos no las acompañan en ningún momento en los canales. Son meramente asesinas, no son lesbianas-feministas. No se las catalogó como un mal para la sociedad como si ocurrió con los rugbiers.
De más está decir que ningún encasillamiento es correcto. Ni jugar al rugby implica ser un "cheto asesino" ni ser feminista es igual a "odiar a los hombres y querer exterminarlos".
Lo que sí fue evidente es la diferencia en el manejo de ambos casos en el sector mediático, el cual se apuró en condenar a todos los practicantes del deporte como si el mismo fuera el causante de la muerte de Fernando, pero que hizo lo posible por cuidar a los movimientos progresistas y los separaron de las asesinas de Lucio.
Tal como dijo el cómico Alfredo Casero en su momento, quien de vez en cuando utiliza sus redes sociales para hacer análisis políticos o sociales, "los periodistas no hablan del caso de Lucio Dupuy porque no les conviene, porque la bajada del Gobierno siempre la va a dar el periodismo". Es notorio que el hecho que las asesinas sean militantes de lo que pregona esta gestión incomodó a más de uno.
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