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Los británicos se retiraron con los prusianos, que habían sido divididos por Napoleón un día antes. Pudieron recuperar fuerzas y prepararse para la embestida final contra los franceses.
Napoleón, derrotado y humillado hasta el llanto
Finalmente, el 18 de junio, había llegado el momento definitivo en la historia de Napoleón. Él lanzó varios ataques masivos mal coordinados y sin apoyo de infantería contra la infantería y la caballería británicas, que resistieron con fiereza y diezmaron a los soldados enemigos. Mientras tanto, en el flanco derecho, Blücher y su ejército prusiano se unió a la batalla y obligó a Napoleón a dividir sus fuerzas.
En un momento decisivo de la batalla, Napoleón ordenó el ataque de su Guardia Imperial, una fuerza de élite reservada sólo para momentos críticos, los cuales, a pesar de su experiencia, no pudieron hacer frente a los británicos y fueron aplastados por el fuego enemigo. Con su centro debilitado, los franceses empezaron a salir desbandados en todas direcciones perseguidos por la caballería prusiana, que siguieron provocando bajas en el bando napoleónico.
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La caballería británica resistió los ataques masivos de las tropas francesas que, sin refuerzos ni apoyo, no tuvieron oportunidad de ganar y cayeron bajo el fuego enemigo.
Napoleón, presenciando el desastre, intentó detener la retirada, pero sus esfuerzos fueron en vano. Su ejército estaba desmoralizado y roto, incapaz de resistir el avance aliado, y pronto, con lágrimas amargas, él mismo tendría que abandonar también a sus hombres.
Los aliados sufrieron alrededor de 15.000 bajas entre muertos y heridos, mientras que las francesas fueron todavía más considerables, ascendiendo a 25.000, incluyendo 9.000 prisioneros. La derrota en la Batalla de Waterloo significó el fin del reinado de Napoleón y de sus ambiciones de dominar Europa. Francia, derrotada y humillada, sería obligada a firmar el Tratado de París, en el que se restauraba la monarquía borbónica y se le imponían duras sanciones económicas. En cuanto a Napoleón, él abdicaría al trono por segunda vez dos días después de la batalla, para terminar exiliado en la isla de Santa Elena donde permaneció hasta su muerte en 1821.
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Con su ejército aplastado y derrotado para siempre, Napoleón Bonaparte se retiró de la batalla mientras lloraba. Poco después, sería exiliado a la isla de Santa Elena, donde pasaría sus últimos días.
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