En ese contexto, la aparición en Waterloo Place funciona casi como una respuesta a su manera, reivindicando su posición y mezclándose otra vez con la vida diaria del transeúnte londinense. En lugar de salir a explicar, Banksy volvió a intervenir la calle con una imagen potente, fácil de compartir y cargada de lectura política: un hombre de poder, trajeado, con la bandera tapándole la vista y a punto de caer del pedestal.
La estatua nueva de Banksy en Waterloo, Londres.
Banksy volvió a convertir Londres en una galería a cielo abierto: la estatua apareció de madrugada en Waterloo Place y fue celebrada por el Ayuntamiento de Westminster como una nueva pieza de arte público.
La obra, dialoga directamente con el lugar donde fue instalada. Waterloo Place no es una esquina cualquiera de Londres: es un espacio ceremonial, rodeado de estatuas y memorias vinculadas al poder británico, la guerra y el pasado imperial. Por eso, la figura del hombre que avanza sin ver, cegado por la bandera, aparece como una crítica directa a cierto nacionalismo rígido, a la autoridad que se celebra a sí misma y a una historia oficial que Banksy suele incomodar desde los márgenes.
Lo llamativo es que esta vez la reacción institucional no fue de rechazo inmediato. El Ayuntamiento de Westminster, responsable del área, celebró la aparición de la pieza como una incorporación “impactante” a la escena de arte público de la ciudad y aseguró que, por ahora, seguirá accesible para que el público pueda verla. Ese gesto también dice algo sobre el cambio de lugar de Banksy: el artista que durante años fue leído como una presencia clandestina, incómoda y casi anarquista frente al sistema hoy también es absorbido por la propia ciudad como atractivo cultural, incluso cuando su obra sigue señalando las grietas del poder.
Banksy y Londres: una ciudad convertida en galería
La nueva estatua también se suma a la ya serie de intervenciones recientes con las que Banksy volvió a usar Londres como escenario principal. En los últimos años, el artista dejó piezas en distintos puntos de la ciudad, desde murales hasta obras instaladas en edificios públicos, casi siempre con la misma lógica: aparición repentina, confirmación posterior en redes y una discusión inmediata sobre si la obra debe protegerse, retirarse o dejarse convivir con la calle.
No es la primera vez que Banksy instala una escultura en la capital británica. En 2004 colocó The Drinker, una versión irónica de The Thinker de Rodin, en Shaftesbury Avenue, antes de que la pieza fuera robada poco después. Más recientemente, volvió a marcar agenda con una serie de animales distribuidos por Londres en 2024, entre ellos una cabra, elefantes, monos, pirañas, un rinoceronte y pelícanos, además de intervenciones más políticas como la escena del manifestante y el juez en el complejo de los Royal Courts of Justice.
Ese recorrido confirma que Banksy no necesita revelar su identidad para seguir ocupando el centro de la conversación. Su obra funciona justamente porque aparece en tensión con el lugar que elige: incomoda monumentos, altera rutinas y obliga a mirar dos veces espacios que parecían ya cerrados en su significado. En Waterloo Place, esa fórmula vuelve a repetirse con una estatua que no solo mira al poder británico, sino también al modo en que una ciudad termina protegiendo aquello que primero llegó como intervención clandestina.
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