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Cervantes, el creador del Quijote: Sinsabores de su vida y prisionero de piratas

Miguel de Cervantes, el creador de El Quijote, vivió una serie de penurias en su infancia, así como un largo cautivero de cinco años, cuando fue capturado por piratas argelinos, lo que forjó su caracter y su obra literaria.

La vida de Miguel de Cervantes, el creador de Don Quijote de la Mancha, estuvo repleta de historias inquietantes para contar, grandes amores e infortunios con sabores amargos, todo lo cual forjaría su obra literaria.

De una infancia pobre, a ser sentenciado a perder la mano derecha o terminar en cautiverio por piratas argelinos, hasta ser encarcelado por deudas, la biografía de Cervantes es tragicómica y por momentos una alegoría de Don Quijote luchando contra los molinos de viento.

Nacido en Alcalá de Henares, probablemente el 29 de septiembre de 1547, Cervantes enfrentó una dura infancia debido a las penurias económicas de sus padres. Los problemas socioeconómicos de Rodrigo de Cervantes, cirujano de profesión, y Leonor de Cortinas, lo llevaron a él y a su numerosa familia, a trasladarse forzosamente a distintas viviendas ante la imposibilidad de pagar arriendos.

De hecho, cuando Miguel tenía 4 años, la familia Cervantes se instaló en Valladolid, corte de la monarquía, donde el padre contrajo una deuda de 45.000 maravedíes que lo conduciría a la cárcel.

En 1553, en medio del martirio de la pobreza, los Cervantes decidieron otra vez marcharse, pero esta vez a Córdoba, donde Miguel, a sus seis años, vio por primera vez la Mancha, la región que le da el nombre a su obra más famosa, en la cual visitó a los clientes de su padre, quienes querían realizarse una sangría o sacarse una muela o por curaciones básicas. Según su biografía, se dice que en Córdoba estudió en el colegio de los jesuitas, hasta que, en 1558, la familia se trasladó a Cabra, donde residió cinco años.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… (así comienza Don Quijote de la Mancha) En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… (así comienza Don Quijote de la Mancha)

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Miguel de Cervantes, un vida maestra con todos los condimentos | GENTILEZA DE IMAGEN

A sus 16 años, llegaría a Sevilla, en pleno apogeo de su adolescencia, como los dos pícaros de su novela ejemplar Rinconete y Cortadillo. Como ellos, Miguel quedó perplejo “por la suntuosidad de su mayor iglesia y el gran concurso de gentes del río”, según el relato de aquella obra. Allí, Cervantes siguió su formación con los jesuitas, a los que se refiere en otra novela ejemplar, El coloquio de los perros:

Los reñían [a los niños] con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura Los reñían [a los niños] con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura

Finalmente, en 1566, los Cervantes fijaron su residencia en Madrid, donde Miguel se matriculó en Estudio de la Villa, regentado por el maestro de gramática López de Hoyos, establecimiento en el cual dio sus primeros pasos literarios y, de hecho, donde compuso -en 1567- su primera poesía conocida con motivo del nacimiento de la infanta Catalina Micaela.

Pero tan sólo dos años más tarde, ocurrió uno de los sucesos en la vida de Cervantes que marcarían un antes y después, obligándolo a huir para no perder su mano derecha, en sentido literal.

Sentenciado a perder su mano y rehén de piratas argelinos: la inquietante vida de Cervantes

El 15 de septiembre de 1569, el Consejo Real dictó una orden de captura contra Miguel de Cervantes, quien era tan solo un joven, por haber participado en una reyerta armada en Madrid y haber herido a un llamado Antonio de Sigura. La sentencia lo condenaba a perder la mano derecha y a diez años de destierro, por lo que sus padres lo aconsejaron que se profugara hacia Italia.

En Roma, Cervantes entró al servicio de monseñor Acquaviva, un prelado, tras mostrarle a los directivos un informe de limpieza de sangre, que su padre le había enviado desde Madrid.

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La biografía de Miguel de Cevantes.

Años más adelante, en 1571, crecía la amenaza de los turcos en las tierras cristianas y, por eso, Cervantes decidió enlistarse como soldado para la campaña de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, como él mismo escribiría en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote.

Cervantes y su hermano Rodrigo se embarcaron en la galera Marquesa. El día de la batalla, enfermo con fiebre, insistió en ser colocado en primera línea, pero, durante la lucha, recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda. De ahí que le quedó el sobrenombre de «manco de Lepanto», aunque la mano no le fue amputada, pero sí le quedó anquilosada a causa de un trozo de plomo que le seccionó un nervio.

En 1575, Cervantes embarcó en Nápoles, junto a su hermano Rodrigo, para dirigirse hacia España. El joven de 28 años, embarcado en la galera Sol, fue capturado junto a su tripulación por una flotilla de piratas argelinos. Miguel y Rodrigo de Cervantes fueron conducidos a la prisión de Argel, donde permanecieron cinco años.

Su cautiverio quedó marcado como una huella de dolor en su memoria, a tal punto que la mencionó en su obra Los baños de Argel:

"Cuando llegué cautivo y vi esta tierra / tan nombrada en el mundo, que en su seno / tantos piratas cubre, acoge y cierra, / no pude al llanto detener el freno / que, a pesar mío, sin saber lo que era, / me vi el marchito rostro de agua lleno".

Hasta cinco veces trató de escapar, según relató, pero en todas fracasó. Más tarde, en su obra maestra, Don Quijote, haría una alegoría al respecto:

Por la libertad se puede y debe aventurar la vida; y, al contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres" Por la libertad se puede y debe aventurar la vida; y, al contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres"

Su hermano sería liberado en 1577, pero Cervantes no saldría hasta 1580, cuando estaba a punto de ser llevado cautivo a Constantinopla, lugar del que no se solía regresar. Aquel día, el fraile trinitario Juan Gil pagó a Hazán Bajá quinientos escudos de oro como rescate de él, y al mes, los argelinos lo liberaron.

Cuando llegó a Valencia, si seguimos el relato del Capitán cautivo, inserto en los capítulos XXXIX-XLI de la primera parte del Quijote, Cervantes lloró por segunda vez, pero en esta ocasión de alegría: “Y con lágrimas de muy alegrísimo contento dimos todos gracias a Dios Nuestro Señor por el bien tan incomparable que nos había hecho".

Y como el Capitán cautivo, "el cual en su traje mostraba ser cristiano recién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca de paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color...”.

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