En Colombia (US$ 0,8 por litro), el gobierno se ve forzado a reconsiderar subsidios ante el creciente déficit del fondo de estabilización.
Sin embargo, la región también exhibe extremos. Venezuela continúa siendo el país con la gasolina más barata, con precios oficiales que rondan apenas US$0,035 por litro gracias a un esquema de subsidios masivos, aunque con limitaciones de acceso y precios diferenciados fuera de ese esquema.
En el otro extremo, países como Uruguay y Perú lideran el ranking de combustibles más caros, reflejando estructuras impositivas elevadas y menor intervención estatal directa.
Brasil y Paraguay se ubican en una zona intermedia, con precios que, si bien han aumentado, siguen siendo relativamente más competitivos que los de Argentina en algunos segmentos, especialmente el diésel. El precio de la nafta es de US$1,35 y US$1,07, respectivamente, mientras que el diesel asciende a US$1,48 y US$1,16, en el mismo orden.
Esta brecha genera fenómenos de “turismo de combustible” en zonas fronterizas, donde los consumidores buscan abastecerse en países vecinos con precios más bajos.
El impacto económico de estas subas es significativo. El aumento del combustible encarece el transporte —responsable de la mayor parte de la logística regional— y se traslada rápidamente a los precios de alimentos y bienes básicos, alimentando la inflación. Además, pone presión sobre las cuentas fiscales de los gobiernos que intentan amortiguar el impacto mediante subsidios.
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