A pesar de estas diferencias, el denominador común es la pérdida de atractivo relativo de los plazos fijos frente a la inflación proyectada. Con tasas que en muchos casos quedan por debajo del ritmo de aumento de precios, el rendimiento real tiende a ser negativo, lo que impulsa a los ahorristas a buscar alternativas, como instrumentos ajustados por inflación o incluso la dolarización de carteras.
En este escenario, resurgen opciones como los plazos fijos UVA, que ajustan el capital por el índice de precios y permiten preservar el poder adquisitivo, aunque a costa de una menor liquidez y plazos más largos.
Desde comienzos de abril, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) bajó el porcentaje de encajes bancarios. Por eso, los especialistas esperan que también bajen las tasas de interés para créditos. Sin embargo, el alto grado de morosidad podría poner un límite a esa medida.
En definitiva, la baja de tasas en plazos fijos marca un cambio de etapa en el sistema financiero argentino. Con menores rendimientos en pesos, el desafío para los ahorristas será encontrar instrumentos que equilibren rentabilidad y riesgo en un contexto todavía atravesado por la incertidumbre macroeconómica, y con un tipo de cambio que ya roza los $1.400 (el mayorista).
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