La relación con la Iglesia Católica, en cambio, es más distante. Si bien Milei mantiene gestos de respeto institucional, el contacto directo con la cúpula eclesiástica fue escaso. Incluso, pedidos formales de audiencia quedaron sin respuesta durante meses, lo que generó incomodidad entre algunos sectores del Episcopado. Las diferencias no son nuevas: los obispos suelen expresar reparos sobre el impacto social del ajuste y la situación de los sectores más vulnerables, un tono crítico que incomoda al oficialismo.
En este escenario, la figura de Villarruel aparece como un puente posible entre la política y el catolicismo tradicional. Cerca de la vicepresidenta sostienen que su acercamiento a la Iglesia no responde a una estrategia coyuntural, sino a una convicción personal y a una lectura institucional: el Senado, como representación de las provincias, refleja una Argentina donde la tradición católica sigue teniendo un peso central.
Milei prefiere a los evangélicos
Mientras tanto, Milei avanza por otro carril. Su creciente inserción en el mundo evangélico le permite sumar apoyos en un sector en expansión, con fuerte presencia territorial y capacidad de movilización social. En un país donde la religión también juega en clave política, el Presidente y su vice parecen transitar caminos cada vez más separados.
Así, el cierre de 2026 deja una postal elocuente: Milei fortalecido, con control del poder político y legislativo; Villarruel desplazada de la toma de decisiones, pero activa en un terreno simbólico y cultural que también tiene peso en la Argentina. Dos liderazgos, dos estrategias y una distancia que ya no es solo política, sino también espiritual.
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