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La Mona Jiménez y Larreta, en CABA.
También se fotografió con el intendente peronista Martín Llaryora, quien es candidato a gobernador del PJ cordobés. El contrapunto directo con su foto anterior, junto al jefe de Gobierno porteño (o al menos eso se supone).
Ahora bien, ¿Cómo un personaje logra conjugar esas dos imágenes en una sola velada en un año electoral? Algo que, sin duda, muchos querrían lograr en tiempos que exigen liderazgos plurales.
La respuesta a esa pregunta no es tan sencilla. Para empezar a explicarlo, sería prudente recordar quién es La Mona Jiménez.
Como figura popular, y a través de la música, Jiménez supo construir un personaje despolitizado, pero nunca despreocupado por la política. De hecho, si se le puede atribuir un tono, ese siempre fue la crítica al status quo, independientemente del signo político gobernante.
A partir de esa postura, logró convertirse en un representante auténtico de las mayorías populares y pudo romper con las barreras ideológicas y de clase con su música. No es casualidad que sus melodías se escuchen tanto en las villas como en los country 's más caros de todo el país, siendo un “punto en común” entre ambas realidades.
Eso logró legitimarlo como una voz autorizada para transmitir, de manera transversal, lo que le sucede a la gente “de verdad”. Algo que a los políticos de hoy les queda muy lejos.
Claro, no es casualidad que todos busquen una foto con La Mona Jiménez a pesar de que haya estado abrazado con el rival minutos antes. El artista representa, en materia de imagen, lo que cualquier político querría para sí mismo.
Algo parecido sucede con La Mona y el fútbol. Hace años, el cantante e ídolo del cuarteto dice ser “hincha de Córdoba”, y se paseó durante décadas con las remeras de Talleres, Belgrano, Instituto y Racing en cada uno de sus bailes.
Si bien su postura es confundible con aquellos que practican la “tibieza”, La Mona Jiménez dista de ello, resguardándose en ser partidario de su propia realidad, esa que lo vio nacer en el barrio obrero de Alta Córdoba. De su postura no deriva ningún rédito tangible.
El cantante popular parece haber entendido algo que a los doctorados dirigentes políticos todavía les cuesta elucubrar: la última traición debe ser contra su propia Nación. A Jiménez no le hizo falta tanta universidad para entender eso.
Así las cosas, parece que el cantante pudo lograr un equilibrio muy buscado: evitar la grieta. Posiblemente la música, un placer de la vida, lo haya ayudado a alejarse de lugares criticables y a ser relacionado con momentos felices en la mente de cada uno de sus oyentes.
Pero ello no quita que La Mona Jiménez sea, tal vez, uno de esos pocos puntos comunes que todavía guardan viva la paz interna. Algo que va en contramano de casi todas las ofertas políticas, que parecen poner guerra en el mostrador.
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