
Desde que Donald Trump venció a Hillary Clinton, han aparecido una serie artículos del tipo: “¡Dios!, ¿Por qué los medios no vieron esto venir?”, y casi un número igual de intentos de periodistas de explicar que ellos sí han dicho lo que sucedería, contra mucha evidencia disponible. Lo que sigue no es un intento para añadir más leña al fuego, sino ver qué podemos cambiar los periodistas políticos para la próxima vez.
El papel de las encuestas
En la edición final antes de la elección, “The Economist” editó 2 historias sobre diferentes grupos demográficos.
En la 1ra. señalaba que había un sentimiento generalizado entre los obreros blancos de que las posibilidades de éxito en los EE.UU. en el sigo 21 se habían vuelto en su contra, y que esto estaba acompañado por la creencia de que el señor Trump podría dar vueltas esas posibilidades a su favor.
El 2do. describía bajos niveles de entusiasmo para la señora Clinton entre los votantes afro estadounidenses. Si hubieses leído estas 2 historias y nada más, hubieras terminado concluyendo que el señor Trump ganaría. Sin embargo esa no fue la impresión que dimos en nuestras coberturas globales.
¿Qué pasó? No fue porque nuestros reporteros no estuvieran al corriente, o porque no entendieran el ánimo estadounidense.
“The Economist” cree en el reportaje de campo: Nuestros corresponsales gastan mucho de su tiempo visitando territorios que los medios principales supuestamente ignoran. En cambio, lo que sucedió fue porque hicieron lo que el buen periodismo político se supone que tiene que hacer. Cuando se habla con votantes potenciales, desde nuestras notebooks, los reporteros son conscientes de que las muestras que consiguen son pequeñas y no representativas en muchas formas. Por eso chequean lo que escuchan contra muestras mucho más grandes de personas a las que acceden los encuestadores.
Sin embargo, también resulto ser poco útil en 2016, porque las encuestas en Pennsylvania y el Medio Oste fueron muy incorrectas. La próxima vez le daremos más peso a nuestras notebooks y menos a las encuestas. Este acercamiento puede, de todos modos, hacer fallar el tiro: lo que funcionó para una elección, puede no funcionar para la siguiente.
Adivinando las probabilidades
Los modelos de predicción de elecciones que asignaron increíbles probabilidades de victoria a la señora Clinton han recibido algunas críticas, y merecidamente.
En The Economist nos resistimos a la tentación de construir nuestro propio modelo de predicción en este ciclo. Hay un malentendido sobre lo que estos modelos estaban diciendo y sus creadores no fueron lo suficientemente claros. Cuando arrojas un dado, las probabilidades de tener un 6 realmente es 1 de 6, mientras que ese dado no esté trucado. Cuando un modelo de elecciones dice que las probabilidades de que gane Trump son 1 de 6, eso en realidad no es una probabilidad. Es meramente adivinar qué posibilidad tiene. Eso son cosas fundamentalmente diferentes y no deben ser confundidas. Adivinar las posibilidades es de uso limitado cuando se trata de eventos que sólo se realizan 1 vez.
El periodismo de los datos, en la política, creció desde la estadística de deportes. En el básquet, uno puede tener una buena idea de la probabilidad de que un determinado jugador enceste un tiro desde detrás de la línea de 3 puntos, porque hay miles de puntos pasados para usar y porque probablemente él lo intentará de nuevo en unos minutos. Las elecciones presidenciales no son iguales. Sólo ocurren 1 vez cada 4 años y, para extender la metáfora del básquet, la cesta cambia de tamaño y forma de una elección a la otra.
Cuando se escribe sobre política, saber lo que pasó en el pasado generalmente te da una ventaja. Muy ocasionalmente, sin embargo, es un obstáculo. Los demócratas tenían un muro de fuego color azul en el Medio Oeste hasta que, de repente, ya no lo tienen. Si haces un hábito de predecir que está a punto de haber una ruptura con el pasado, usted estará equivocado la mayor parte del tiempo. Si presta atención a lo que sucedió previamente, tendrá razón más seguido; y luego espectacularmente mal si te encuentras en 1778, 1847 o 1913. El periodismo político predictivo de mayor auto confianza me recuerda a aquellos pensadores de la ilustración que creía que el universo funcionaba según un conjunto de reglas que podrían ser descubiertos con suficiente estudio. No es así.
Los que no votaron
El voto enojado, particularmente entre los blancos sin un título universitario, estaba entre las historias más cubiertas de 2016. En retrospectiva, desearía haber prestado más atención a la apatía. Cualquiera que escribió sobre esta elección creyó, probablemente con certeza, que ésta era la elección más trascendente de toda su vida. Sin embargo, aproximadamente la mitad de los electores cree que no importaba lo suficiente como para llevarlo camino al centro de votación. Algunos de ellos probablemente están protestando sobre el resultado de la elección en este momento.
Todos los reporteros políticos saben cuán complicado es lo que sucede en el cerebro de los votantes. Una tarde, durante la primaria republicana en Florida, me quedé afuera de un centro de votación en el oeste de Miami hablando con la gente que acababa de votar. Un anciano emigrado cubano me dijo que quería que el señor Trump ganara pero que había votado por Ted Cruz. Le pregunté por qué pensaba eso, y me explicó que los EE.UU. necesitaban a un dictador, el motivo por el que él apoyaba al señor Trump. Pero él no quería culparse a sí mismo si esto sucedía, por eso votó al señor Cruz.
Una votante, quien trabajó para el gobierno federal, explicó que ella iba a votar por Marco Rubio, un conocido conservador, porque ya no aguantaba más los recortes al presupuesto federal. Los no votantes son probablemente igual de complicados. La próxima vez quisiera leer más sobre no votantes. Ellos, no los 60 millones que votaron por el señor Trump, son la silenciosa mayoría.
Nuestra prioridad
Tal como un análisis de una carrera de caballos, mi propio gran fracaso fue asumir, basado tanto en los reportajes como en las encuestas, que las mujeres blancas con título universitario abandonarían el Partido Republicano del señor Trump. Al final, él ganó con el apoyo del 45% de este segmento.
Todavía sigo sin entender lo que paso aquí. Decir que la señora Clinton era una candidata que no provocaba inspiración y que no tenía un mensaje convincente no lo explica todo. La principal responsabilidad del periodismo político es escribir sobre los candidatos, sus propuestas y su aptitud para el cargo que quieren ocupar. Pero el adivinar el resultado de una elección es una actividad secundaria.
Gonzalo Toca, en EsGlobal, web de la fundación FRIDE:
En ambas orillas del Atlántico nos encontramos en un escenario completamente distinto al que existía antes de la crisis. Ya no son tanto los partidos, los programas electorales o el peso de la ideología los que elevan o destruyen a los líderes políticos que se atreven a competir por el poder. Ahora los que predominan son los estados de ánimo (la furia, el miedo al cambio, la indignación y la esperanza en el futuro) y la capacidad que tienen los candidatos para encarnarlos.
En un contexto como éste, buena parte de la audiencia nacional y extranjera y los medios de comunicación fijaron su atención exclusivamente en las promesas incendiarias de Trump, en la irracionalidad de su airado discurso, en su grotesco programa político –que él sabe que, en gran medida, no podrá cumplir porque se lo impiden la Constitución, el Tribunal Supremo y las cámaras legislativas– o en la evidente incompatibilidad entre su forma de vida o algunas de sus declaraciones y la línea del Partido Republicano.
Sus votantes, que lo han elegido sobre todo porque encarna como nadie la furia y la indignación frente al miedo al cambio, el establishment y la esperanza en el futuro que representa Hillary Clinton (Barack Obama personificaba esa misma esperanza en el futuro, el amor al cambio y el hambre de reconciliación racial), no lo han hecho por los motivos que los medios y la audiencia nacional o extranjera estaban preparados para cuantificar, medir, prever y tomar en serio. No es extraño que sus predicciones fracasasen.
2do. motivo: bienvenidos a la lucha de clases
Otra razón por la que no lo vimos venir es que, a diferencia de Trump, la mayoría creía que había premisas sencillamente incuestionables en el engranaje social en Occidente y, muy especialmente, en el de su principal promotor, es decir, la misma primera potencia mundial que había cimentado su poder sobre el capitalismo, la libertad comercial y la exportación de la democracia.
2 de esas premisas incuestionables destacan sobre el resto.
La 1ra. es que creíamos que, en Occidente, casi todos compartíamos una aplicación lo más amplia posible de los derechos humanos, que además considerábamos universales a pesar de la cerrazón de algunas sociedades, a las que, en privado, veíamos como retrasadas y a merced del abuso y el autoritarismo de unos líderes egoístas e indeseables.
La 2da. es que dábamos por hecho que los enormes niveles de bienestar financiados por el Estado (el sueño nórdico y europeo) y la movilidad ascendente de los pobres y el colectivo de ingresos medios (el sueño americano) habían enviado al desván de la historia viejos conceptos marxistas como las clases sociales rígidas, la conciencia de clase y la lucha de clases.
Trump ha demostrado que entendía mejor a la mayoría de los votantes estadounidenses que casi todos los analistas académicos o extranjeros. Para empezar, comprendió antes que nadie que la universalidad y aplicación extensiva de los derechos humanos estaba sometida a revisión justamente en el territorio de su principal exportador mundial (ahí están los ejemplos de la promesa de deportar a los hispanos sin papeles o de no admitir refugiados sirios).
Y para continuar, este empresario neoyorquino con pocas lecturas políticas intuyó que los estadounidenses estaban divididos en dos, pero no por cuestiones puramente ideológicas o partidistas (conservadores contra progresistas, republicanos contra demócratas). En estos momentos, existen dos grandes clases sociales en Estados Unidos debido a la acelerada destrucción de un capitalismo, que ahora es disruptivo y global, y al fortísimo repunte de una desigualdad que está configurando algo parecido a una aristocracia en el país que se fundó, irónicamente, sobre el desprecio a la estúpida aristocracia europea.
Las 2 clases son las de los que tienen miedo a los cambios vertiginosos en el mercado de trabajo o se han visto perjudicados por la globalización liberal, su multiculturalismo y relativismo moral y la de los que se sienten capaces de surfear los cambios o han disfrutado de mayores oportunidades gracias a ellos.
La conciencia de clase, sobre todo para los votantes de Trump, se apoya en la convicción entre muchos de los perdedores de la globalización y la modernidad de que están atrapados en un mundo opresivo donde las estructuras de poder –los grandes medios de comunicación son sus voceros– los desprecian, humillan y arruinan moral y económicamente, cada día un poco más.
Han contribuido a la configuración de esta conciencia, la emergencia de los medios de comunicación a su medida (Fox News es una buena muestra), las nuevas posibilidades que ha brindado Internet para vivir en un circuito ideológico cerrado donde todos piensan lo mismo, la no exposición a las ideas progresistas y liberales de muchos campus universitarios (existen claras diferencias educativas entre los simpatizantes de Trump, que no suelen haber accedido a la educación superior, y el resto) y las nuevas estructuras asociativas y de movilización que dejó el fracasado Tea Party.
Esas nuevas estructuras y redes ayudaron a muchos a sentir que no estaban solos y que podían elevar y destruir candidatos. Sabíamos que su influencia no iba a ser despreciable: Ronald Reagan nunca hubiera ganado sus primeras elecciones sin el músculo movilizador, el movimiento conservador y el orgullo militante que heredó de la fracasada candidatura de Barry Goldwater quince años antes.
3er. motivo: Donald Trump no era posible en el SXXI
Otro motivo por el que casi nadie vio llegar el éxito del gran magnate inmobiliario es que muchos asumieron que, sencillamente, no era un producto posible de una sociedad del siglo XXI tal y como lo caracterizan día sí y día también los expertos y los grandes medios.
Parecía, por ejemplo, que las opciones mayoritarias reflejadas en las redes sociales deberían representar a la sociedad, que ahora se consumían las noticias esencialmente por plataformas como Facebook y que la mayoría de los ciudadanos eran adictos a expresarse en Facebook, Twitter o Instagram. Todo eso partía, erróneamente, de que no existía una amplia porción de la sociedad ‘desconectada’ y que se informa exclusivamente a través de los canales de televisión que comulgan con ella.
Otro elemento que pasaba por alto esa visión digital de la vida es que las redes sociales no sólo pueden crear una realidad que dominen, sino también una reacción a esa realidad. Vivimos unos tiempos en los que las mayorías digitales, acompañadas en este caso de los principales medios de comunicación, ahogan la expresión pública de millones de personas, que esconden su visión del mundo en entornos radicalizados y con una creciente sensación de asedio para que no las ataquen… hasta el momento preciso en el que depositan su voto en la urna. Es una espiral del silencio digital e invertida.
En esta nueva sociedad tampoco cabía Trump porque se supone que los cisnes negros –es decir, los fenómenos altamente improbables con gran capacidad transformadora– tienen que ser casi imposibles. La propia necesidad de hacer que nuestra sociedad no sea tan rápida, tan inestable y tan líquida nos ha llevado a confundir nuestros deseos con la realidad. Aspiramos, desesperadamente, a la eliminación de todo riesgo e incertidumbre.
Eso es lo que justificaba antes la explosión de la innovación financiera y ahora la revolución del big data y la datificación de una realidad que podremos medir y prever cuando dispongamos de información suficiente. Depositar nuestra fe en estas quimeras hace que los cisnes negros se multipliquen –la convicción de que la innovación financiera había eliminado el riesgo ayudó a multiplicar los peligros de una crisis financiera que al final se produjo– y que siempre nos encuentren desprevenidos.
Una figura tan polarizadora, autoritaria y nostálgica de un pasado grandioso como Trump tampoco podría habitar en una sociedad del siglo XXI marcada, como advierte el influyente ensayista francés Gilles Lipovetsky, por un presente continuo y consumista en el que no existe ni el antes ni el después, por un ejercicio del poder mediante la seducción y por una ampliación revolucionaria de los niveles de bienestar y de nuevas formas de organización que ha permitido que la mayoría de la población pierda interés por la política, se agrupe por intereses y aficiones y no por clases e ideologías y apueste por mantener el placentero statu quo.
El magnate estadounidense, su éxito electoral y el Brexit han mostrado los límites de la visión de Lipovetsky: a veces los que miran con emoción y nostalgia al pasado son mayoría, no se dejan seducir por los mensajes masivos que predicen más placer, satisfacción y entretenimiento y sienten que, justamente, es en el presente donde se ven cada vez más excluidos del bienestar que anuncian a bombo y plantillo la televisión y los medios de comunicación de masas.
Unos se sienten humillados por lo que el país promete y lo que les ofrece finalmente y a otros también les molesta que el bienestar y los nuevos placeres de la vida moderna, a veces, sean obligatorios (o los aceptas o eres un paria). En estas circunstancias, no apuestan por el statu quo, sino por recuperar lo que sienten que les arrebataron… y no quieren enviar a Washington a un seductor como Barack Obama para que les devuelvan lo que creen que les han robado. Han convocado a una figura ejecutiva, implacable e imperativa como Trump.
4to. motivo: los políticos son despreciables
El último aspecto clave por el que no hemos sido capaces de prever el éxito del millonario de Nueva York es que no hemos entendido el significado que hemos otorgado, últimamente, a los grandes hombres y mujeres de negocios hechos a sí mismos frente a los líderes políticos tradicionales.
Los empresarios de éxito son considerados muchas veces líderes meritocráticos, visionarios, esforzados y ejecutivos frente a esa ciénaga de mediocridad, pasividad y enchufismo que reina supuestamente en la esfera política. La revolución, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, ya no es parte de la política sino de la empresa y los emprendedores… y no se llama revolución, sino de disrupción.
Muchos analistas no entendieron este aspecto por dos razones: porque seguían anclados en la idea de que los únicos políticos votables son los que tienen experiencia en la administración pública gobernando o legislando y porque creían que el prestigio y glamour de los empresarios disruptivos sólo se circunscribía a los jovencísimos genios tecnológicos progresistas de Silicon Valley. No contaban con un millonario neoyorquino y conservador de setenta años que ha construido su fortuna sobre el sector del ladrillo.
Como se ve, había motivos sobrados para que los analistas de dentro y fuera de Estados Unidos y muchos de los ciudadanos americanos se quedasen perplejos ante la victoria del magnate. Todos se pueden resumir en una idea enormemente difícil de admitir para los que rechazan la figura de Trump y lo que representa: ha demostrado que, en su ignorancia política y desde su torre de oro en Manhattan, conocía a la mayoría de la sociedad estadounidense y a los perdedores de la globalización y la modernidad mucho mejor que nosotros.