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"La playa es gratis": turistas esquivan los precios de Barcelona durmiendo en la arena

Barcelona vive otro verano récord, pero sus alojamientos empujan a algunos turistas a pasar la noche directamente sobre la arena.

Barcelona sigue recibiendo turistas a ritmo récord, pero para algunos el viaje ya no termina en la habitación de un hotel. Cuando cae la noche, las toallas se convierten en colchones, las mochilas hacen de almohada y varias playas de la ciudad empiezan a funcionar como un alojamiento improvisado frente al Mediterráneo.

Detrás de esa postal hay una razón bastante menos romántica. El precio medio de una habitación en Barcelona alcanzó los 195,5 euros durante el primer semestre de 2026, el segundo valor más alto entre los principales destinos españoles, mientras la ocupación hotelera se mantiene cerca del 80%. Para viajeros jóvenes, turistas de paso o quienes solo necesitan dormir unas horas antes de tomar un vuelo, pagar otra noche empieza a ser un gasto prescindible.

El Periódico recorrió las playas durante la madrugada y encontró visitantes de Londres, Francia, Suiza y Países Bajos repitiendo esa fórmula. Algunos habían pagado alojamiento durante buena parte del viaje y eligieron ahorrar la última noche; otros directamente prefirieron la arena ante habitaciones que podían superar los 100 o 150 euros. Incluso hay quienes lo viven como una experiencia más del verano, aunque dormir allí puede terminar con una multa de hasta 600 euros.

Barcelona bate récords mientras algunos turistas buscan dónde dormir

Según recogió el medio español durante varias madrugadas en el litoral barcelonés, el perfil se repite entre jóvenes europeos, viajeros de paso y personas que ya pagaron hospedaje durante buena parte de sus vacaciones, pero prefieren evitar una noche adicional antes de regresar a casa. También están quienes tienen vuelos a primera hora o directamente encontraron completos los establecimientos que entraban en su presupuesto. La arena termina funcionando como una solución de emergencia, aunque para algunos también forma parte de la experiencia del viaje.

La escena resulta todavía más llamativa cuando se compara con el momento que atraviesa el turismo de Barcelona. Los hoteles recibieron cerca de 4,5 millones de viajeros durante el primer semestre del año, un nuevo récord para ese período, y acumularon más de 10,6 millones de pernoctaciones. Entre abril y junio, además, la ocupación por habitaciones superó el 84%, mientras la estadía media cayó hasta las 2,4 noches. La ciudad recibe cada vez más visitantes, pero también registra escapadas más cortas y tarifas que siguen entre las más altas de España.

El ahorro, de todos modos, viene acompañado de otros riesgos. Quienes pasan la madrugada junto al mar suelen dormir con mochilas y documentación pegadas al cuerpo, mientras algunos se turnan para controlar las pertenencias. El Periódico destacó además que apenas se observan mujeres recurriendo a esta práctica y recordó que pernoctar en el espacio público puede terminar con sanciones de hasta 600 euros.

Los robos tampoco son una posibilidad lejana. Uno de los viajeros consultados había perdido un teléfono valorado en unos 100 euros durante su estadía, aunque su cálculo seguía siendo favorable: después de pasar cerca de un mes sin pagar una habitación que podía rondar los 150 euros por noche, consideraba que incluso aquella pérdida seguía siendo mucho menor que el dinero ahorrado. Una cuenta extrema que ayuda a dimensionar hasta qué punto el precio del alojamiento está modificando la manera de viajar por Barcelona.

Barcelona intenta ponerle un límite a su propio éxito

La escena de viajeros durmiendo frente al Mediterráneo aparece en medio de una discusión bastante más grande sobre el modelo que adoptó la capital catalana. El Ayuntamiento de Jaume Collboni sostiene que la actividad turística debe estar “al servicio de la ciudad y no al revés” y mantiene su intención de retirar en 2028 las licencias de las 10.730 viviendas de uso turístico que todavía funcionan legalmente.

La dimensión del fenómeno se entiende mejor cuando se baja al mapa. Solo el Eixample concentra 4.911 departamentos destinados a visitantes, alrededor del 46% de todo el parque turístico de Barcelona; Sants-Montjuïc suma otros 1.300 y Gràcia ronda los 840. En algunos casos, la presión ya no afecta únicamente a edificios aislados. Hay 178 fincas con entre 10 y 19 alojamientos de este tipo, otras 35 concentran entre 20 y 29 y 19 edificios superan directamente las 30 licencias. En uno de ellos funcionan 92.

Y eso ocurre a pesar de que la concesión de nuevos permisos quedó frenada hace más de una década. Desde 2015 se añadieron igualmente 1.325 viviendas al circuito vacacional aprovechando diferentes vacíos legales, según el relevamiento de la Federación de Asociaciones Vecinales de Barcelona. La concentración llega especialmente a zonas como la Dreta de l’Eixample, Sagrada Familia, Gràcia, Sant Antoni o Poble Sec, barrios donde desde hace años conviven las ganancias del turismo con las quejas por alquileres, ruido, pérdida de comercios tradicionales y desplazamiento de residentes.

Barcelona desde las alturas, una ciudad que bate récords turísticos mientras crece la presión sobre la vivienda y el costo del alojamiento.

La vivienda terminó convirtiéndose, de hecho, en la principal preocupación de los barceloneses. El último barómetro municipal mostró que un 31% la señala como el mayor problema de la ciudad y alrededor de tres de cada cuatro vecinos respaldan la eliminación de los pisos turísticos. Collboni quiere que esas miles de propiedades regresen progresivamente al mercado residencial, aunque propietarios y asociaciones del sector ya estudian vías para prolongar algunas autorizaciones más allá de 2028.

Ahí aparece una paradoja difícil de ignorar. Barcelona intenta contener la masificación, recuperar viviendas para sus habitantes y atraer un perfil de visitante con mayor capacidad de gasto, mientras sigue batiendo récords de llegadas y mantiene algunos de los alojamientos más caros de España. La presión llegó a tal punto que la misma ciudad que busca sacar miles de camas turísticas del mercado empieza a encontrar otra imagen cada madrugada: viajeros que, incapaces o poco dispuestos a seguir pagando esos precios, extienden una toalla sobre la arena y convierten la playa en su habitación.

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