El ahorro, de todos modos, viene acompañado de otros riesgos. Quienes pasan la madrugada junto al mar suelen dormir con mochilas y documentación pegadas al cuerpo, mientras algunos se turnan para controlar las pertenencias. El Periódico destacó además que apenas se observan mujeres recurriendo a esta práctica y recordó que pernoctar en el espacio público puede terminar con sanciones de hasta 600 euros.
Los robos tampoco son una posibilidad lejana. Uno de los viajeros consultados había perdido un teléfono valorado en unos 100 euros durante su estadía, aunque su cálculo seguía siendo favorable: después de pasar cerca de un mes sin pagar una habitación que podía rondar los 150 euros por noche, consideraba que incluso aquella pérdida seguía siendo mucho menor que el dinero ahorrado. Una cuenta extrema que ayuda a dimensionar hasta qué punto el precio del alojamiento está modificando la manera de viajar por Barcelona.
Barcelona intenta ponerle un límite a su propio éxito
La escena de viajeros durmiendo frente al Mediterráneo aparece en medio de una discusión bastante más grande sobre el modelo que adoptó la capital catalana. El Ayuntamiento de Jaume Collboni sostiene que la actividad turística debe estar “al servicio de la ciudad y no al revés” y mantiene su intención de retirar en 2028 las licencias de las 10.730 viviendas de uso turístico que todavía funcionan legalmente.
La dimensión del fenómeno se entiende mejor cuando se baja al mapa. Solo el Eixample concentra 4.911 departamentos destinados a visitantes, alrededor del 46% de todo el parque turístico de Barcelona; Sants-Montjuïc suma otros 1.300 y Gràcia ronda los 840. En algunos casos, la presión ya no afecta únicamente a edificios aislados. Hay 178 fincas con entre 10 y 19 alojamientos de este tipo, otras 35 concentran entre 20 y 29 y 19 edificios superan directamente las 30 licencias. En uno de ellos funcionan 92.
Y eso ocurre a pesar de que la concesión de nuevos permisos quedó frenada hace más de una década. Desde 2015 se añadieron igualmente 1.325 viviendas al circuito vacacional aprovechando diferentes vacíos legales, según el relevamiento de la Federación de Asociaciones Vecinales de Barcelona. La concentración llega especialmente a zonas como la Dreta de l’Eixample, Sagrada Familia, Gràcia, Sant Antoni o Poble Sec, barrios donde desde hace años conviven las ganancias del turismo con las quejas por alquileres, ruido, pérdida de comercios tradicionales y desplazamiento de residentes.
Barcelona desde las alturas, una ciudad que bate récords turísticos mientras crece la presión sobre la vivienda y el costo del alojamiento.
FOTO: JORGE GIL / PIXABAY
La vivienda terminó convirtiéndose, de hecho, en la principal preocupación de los barceloneses. El último barómetro municipal mostró que un 31% la señala como el mayor problema de la ciudad y alrededor de tres de cada cuatro vecinos respaldan la eliminación de los pisos turísticos. Collboni quiere que esas miles de propiedades regresen progresivamente al mercado residencial, aunque propietarios y asociaciones del sector ya estudian vías para prolongar algunas autorizaciones más allá de 2028.
Ahí aparece una paradoja difícil de ignorar. Barcelona intenta contener la masificación, recuperar viviendas para sus habitantes y atraer un perfil de visitante con mayor capacidad de gasto, mientras sigue batiendo récords de llegadas y mantiene algunos de los alojamientos más caros de España. La presión llegó a tal punto que la misma ciudad que busca sacar miles de camas turísticas del mercado empieza a encontrar otra imagen cada madrugada: viajeros que, incapaces o poco dispuestos a seguir pagando esos precios, extienden una toalla sobre la arena y convierten la playa en su habitación.
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