Lo que dejó a los científicos rascándose la pelada fue que algunas estrellas en estos cúmulos tenían una mezcla rara de elementos. Era como si alguien hubiera metido mano en la receta original del universo. Y ahí es donde entran nuestros monstruos estelares.
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Que no te asusten (o sí).
Estas bestias cósmicas eran tan calientes que cocinaban elementos pesados como si fueran pochoclos. Después, cuando explotaban (porque claro, tenían que explotar), repartían todos esos elementos por el vecindario, "ensuciando" a las estrellas más chicas que recién se estaban formando.
Buscando fantasmas en el espacio profundo
El problema es que estas estrellas gigantes ya estiraron la pata hace rato. Vivieron rápido y murieron jóvenes, como estrellas de rock cósmicas. Pero los astrónomos son unos pillos y encontraron una forma de rastrear sus huellas.
Apuntaron el James Webb hacia GN-z11, una galaxia tan lejana que su luz tardó 13.300 millones de años en llegar hasta nosotros. Al mirar los cúmulos globulares de esta galaxia, encontraron un montón de nitrógeno dando vueltas. Y acá viene lo bueno: según Charbonnel, "solo el corazón de una estrella supermasiva puede cocinar tanto nitrógeno".
Este descubrimiento es como encontrar la pieza perdida de un rompecabezas cósmico.
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