La roca que causó la explosión era tan solo de unos 30 o 40 centímetros y de unos 40 kilogramos de peso. Sin embargo, viajó muy rápido, a una velocidad superior a los 90.000 kilómetros por hora, y la explosión fue equivalente a la de cinco toneladas de TNT.
Los astrónomos indican que el destello fue tan brillante que podría haber sido observado sin telescopio ya que durante un segundo el brillo alcanzó la intensidad de una estrella de magnitud 4.
Para Cooke, el impacto formó parte de un acontecimiento mucho mayor: “Durante la nche del 17 de marzo -recuerda el científico- las cámaras de la NASA y de la Universidad Western Ontario detectaron un número inusual de meteoroides dirigiéndose hacia la Tierra. Y todas esas bolas de fuego recorrieron órbitas idénticas entre la Tierra y el cinturón de asteroides”. Lo cual significa que la Tierra y la Luna son “apedreados” prácticamente al mismo tiempo.
“Mi hipótesis de trabajo -continúa Cooke- es que ambos eventos están relacionados, y que se trata del encuentro del sistema Tierra-Luna con una nube de escombros”. Tras la colisión, los datos fueron enviados al equipo de controladores de la misión Lunar Reconnaisance Orbiter, en órbita lunar desde el año 2009, que localizó un cráter de unos 20 metros de diámetro en el lugar del impacto.
A diferencia de la Tierra, que cuenta con la protección de la atmósfera, la superficie lunar está expuesta al contínuo bombardeo de esta clase de pequeños objetos que, en nuestro planeta, arden por la fricción mucho antes de tocar el suelo. Desde el año 2005, cuando empezó este programa de observación, los investigadores han registrado más de 300 impactos, aunque ninguno tan brillante como el del pasado 17 de marzo.