“La cantidad de mercurio que tienen las lámparas de bajo consumo es muy baja, pero si todos las estamos usando, el acumulado como residuo aumenta exponencialmente”, advirtió Teresita Capezzone, ingeniera en electrónica e integrante de la Fundación Cullunche, una ONG que promueve la conservación de la fauna y la flora autóctonas, y se interesa por temas medioambientales.
En rigor de verdad, las lámparas fluorescentes compactas o LFC –tal es la forma correcta de nombrarlas– poseen entre 0,3 y 0,5 miligramos de mercurio, mientras que un termómetro común y corriente tiene 500 miligramos. Así, si se rompe uno de estos últimos podría decirse que es mil veces más peligroso. La diferencia radica en el estado del material: mientras que en la lámpara se encuentra en polvo que puede evaporarse, en el termómetro es líquido.
Ante la rotura accidental de uno de esos focos, Capezzone sugirió evacuar la habitación, ventilarla por 15 minutos y luego proceder a la limpieza. “El mercurio tiene la cualidad de evaporarse a bajas temperaturas, es decir, a unos 40 grados, por eso si se rompe se puede liberar el vapor. Pero el problema no es ése. El verdadero problema es qué hacemos cuando las lámparas han llegado al final de su vida útil, cuando ya no encienden. En general van a parar a la basura y de ahí a los vertederos o a donde los municipios lleven sus residuos. Sabemos que en todos lados se quema basura, y eso hace que se liberen sustancias tóxicas que se percolan (filtran) con las lluvias y van a parar a las napas de agua. Así que tarde temprano lo comemos, lo tomamos o lo respiramos”, detalló la experta.
Según Capezzone, la ley Nº26.473, que prohibió la venta en todo el territorio nacional de las lámparas incandescentes (las viejas bombitas de filamento), dejó un vacío legal respecto de la disposición final, ya que “deberían haberse previsto el tratamiento y el reciclado de las partes. Entonces, lo que sucede en la realidad es que (las lámparas) van a parar a la basura cuando deberían ser tratadas por separado, incluso viendo en ese proceso la posibilidad de generar trabajo e ingresos por el reciclado”.
La ingeniera denunció además que existe otro agravante. Cuando el Gobierno nacional impulsó en 2008, en el marco del Plan de Uso Racional de la Energía, el recambio de las lámparas comunes por otras de bajo consumo, repartió focos “de baja calidad”.
“Hemos visto en la fundación lámparas que con cinco meses de uso ya no funcionan. Por eso hay que prestar atención a la calidad de las lámparas. Las más económicas tienen unas 3.000 horas de vida útil, que representan un año y medio o dos de uso, mientras que las de buena calidad ofrecen hasta 10.000. Eso también lo tenemos que tener en cuenta, para no producir residuos de más”, advirtió.
A sabiendas de que es un poco más caro, Capezzone recomendó ir cambiando paulatinamente a las lámparas de LED, que incluso imitan el formato de las lámparas incandescentes, ya que consumen menos energía (el 90% de lo que insumen las de filamento se desperdicia en calor), tienen una vida útil de hasta 100.000 horas y si se rompen no contaminan.
Tóxicos
El mercurio contenido en los focos de bajo consumo del tipo CFL representa un peligro real para las personas, por lo que el gobierno del Reino Unido dio a conocer los 10 pasos que se deben seguir para tirar un foco roto a la basura:
Ponerse guantes protectores
Cubrirse la boca
Conseguir una caja no una bolsa
Recoger los fragmentos grandes y ponerlos en la bolsa
Barrer las astillas y pedazos pequeños con un papel o cartón.
Limpia la zona usando un paño húmedo
Pon el paño húmedo en la caja
Sella la caja usando cinta adhesiva
Marca el contenido en la caja usando un plumón
Lleva la caja a un área donde traten los desperdicios.
Si bien estos 10 pasos pueden parecer un poco exagerados, el mercurio que contienen las lámparas o focos ahorradores debe de tomarse en serio. Se recomienda evacuar por al menos 15 minutos una habitación en donde se haya roto una de estas lámparas ahorradoras, después seguir estos 10 pasos en a medida de las posibilidades de cada uno.