Históricamente, las situaciones de desigualdad han traído como respuesta cultural a personajes que reflejan las circunstancias en las que son creados, como es el caso de Harry el sucio o The Punisher en la década de los '80, durante los disturbios neoyorkinos.
Ahora, posicionándose desde un terreno globalizado, no es sorpresa que las métricas de los estudios coincidan en cimentar personajes con tales características, porque la realidad del consumidor prácticamente se los exige, sobretodo tras pasar por una pandemia mundial que se encargó de profundizar la brecha socioeconómica de las poblaciones, en el ya desencantado mundo que profetizaba Weber a principio de siglo XX.
Antihéroes: Ser o no ser, pero el dilema no es ese
El autor Alfonso Freire, expone la fascinación de las audiencias por los antihéroes en su libro Los antihéroes no nacen, se forjan, explica que los basamentos de los antihéroes son un fenómeno contemporáneo, consecuencia o parte del legado cultural de las debilidades, abusos, brutalidades y excesos de los héroes clásicos, y por tanto, son hijos de su época.
Por tanto, en tiempos tan globales y tan convulsos como los que preceden en el espejo global, la proliferación de figuras como Saul Goodman o Walter White no son una sorpresa sino una reaccion esperable con el cambio cultural.
Los personajes de este estilo abren una discusión incómoda que antes abrían las tramas: ahora, los personajes se encargan de reflejar la vida a través de sus acciones, las tesituras del anti héroe se despliegan como una forma de entendimiento social. Así como en la vida, el arte tampoco tiene por qué terminar bien con el triunfo de la Justicia.
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