Desde el primer momento da la sensación de que Chazelle ha tenido carta blanca para hacer lo que quiera en Babylon, ya sea para reflejar de forma certera el mundo del cine durante esos difíciles años de transición del mudo al sonoro o simplemente para reflejar cada uno de los dramas personales de sus protagonistas.
Definitivamente, los estadounidenses no quieren que se trastoque desde ningún punto de vista la visión edulcorada de los sueños que se cumplen en Hollywood, cuando en la realidad, los excesos y las ilusiones vanas engloban el paisaje de Los Angeles desde su génesis como la meca del cine.
Eso lleva a que sea una película rebosante de energía e ideas, que tan pronto resulta divertida y contagiosa como muestra una notable capacidad para helar la sangre al espectador.
Lo curioso es que el propio epílogo, quizá lo más discutible de toda la función, entran muchísimas cosas, tal y como la propia película demuestra en las casi tres horas previas, pero solamente es entonces cuando esa tendencia al exceso rebosa los sentidos hasta saturarlos por completo.
Es verdad que antes Babylon no dejaba de ser la historia del vertiginoso auge y la inevitable caída de sus protagonistas. Cada uno por motivos distintos, pero esa gloria efímera que da Hollywood se acaba antes o después, y ya depende de cada cual saber seguir con la vida o asumir que ha llegado el fin.
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Ahí Chazelle muestra una gran habilidad para pasar de la diversión efervescente al bajón tremendo, incluso coqueteando por momentos con el terror para ilustrar de forma aún más clara esa bajada a los infiernos, evidente a título personal, pero también muy ilustrativa si comparamos lo que está sucediendo entonces con ese vigoroso arranque de Babylon.
Al igual que sucede en muchas películas de Christopher Nolan, hay aquí mucho de cómo una obsesión por algo te lleva hasta tal límite que puede provocar tu autodestrucción.
Sin embargo, Chazelle lo usa aquí para integrarlo dentro de la propia mecánica de Hollywood, que muta y desmuta al un-Holywood: La prístina belleza de las cámaras contrasta con una noche sucia y profana, sumado a la sensación embriagadora de la fama que puede parecer que durará por siempre, cuando puede desvanecerse en un segundo, que aborda cada plano de la película, donde lo que parece una divertida broma acabe teniendo consecuencias trágicas.
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