―Yo sé quién es –dice–. Si me lo ponen así, con un vergo de majes, yo lo conozco. Mil veces, sin equivocarme. Esa cara no se me va a olvidar… ¡cómo se me va a olvidar la cara de ese maje! Lo reconozco cabal…
La rabia modula cada una de las palabras. A tres metros, flanqueado por dos cirios encendidos, un ataúd gris con el cadáver de un pandillero llamado Carlos Alfredo. Él es el homeboy muerto, el amigo, el bróder.
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Desde el 8 de marzo, El Salvador está inmerso en un inédito proceso de reducción de la violencia que involucra al Gobierno de la República y a las pandillas Mara Salvatrucha-13 y Barrio 18, una iniciativa que ha entrado de lleno en el radar de instituciones como la Organización de Estados Americanos (OEA). Según las cifras oficiales, como consecuencia directa de esta tregua –algunos la llaman negociación; otros, proceso de paz– hay un descenso en casi todos los indicadores delictivos, siendo el de los homicidios el que presenta una baja más acentuada: 60% menos de asesinatos entre lo que sucedía antes y después del 8 de marzo.
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Pero aún sigue muriendo asesinada mucha gente, demasiada.
Para mantener bajo control a los pandilleros que están en la libre, los líderes encarcelados han señalado en reiteradas ocasiones que muertes como la de Carlos Alfredo –consecuencia del disparo de un agente policial– suponen un torpedo en la línea de flotación del proceso, que desde un inicio incluyó de parte de las pandillas el compromiso de respetar las vidas de policías, soldados y custodios de la Dirección General de Centros Penales, y las de sus familiares.
El viernes 27 de julio, unas horas antes de la muerte del pandillero, El Faro entrevistó a varios líderes del Barrio 18 en el Centro Penal de Izalco, en Sonsonate. “Nosotros estamos diciendo: cálmense, cálmense; pero hay policías que están como tratando que tal vez los homeboys se desesperen y empiecen a hacer desórdenes”, dijo Carlos Alberto Rivas Barahona, (a) Chino Tres Colas. “Hay personas interesadas en que no termine la guerra entre las pandillas”, dijo José Teodoro Cruz Gómez, (a) Guasón, el palabrero responsable de las canchas de Delgado.
Los ánimos se caldean cuando sucede algo así. Incluso cuando, como en este caso, no se sabe por qué disparó el agente.
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En la tarde del viernes, Carlos Alfredo Sorto Ramírez –19 años, dieciochero, facción R del Barrio 18– y tres pandilleros más estaban sentados en la entrada de la comunidad El Progreso I, uno de esos asentamientos que supuran podredumbre, de esos a los que las etiquetas precario y marginal les quedan cortas. El Progreso I pertenece al municipio de Delgado, departamento de San Salvador, y para llegar desde la capital hay que ir primero hasta el kilómetro 5½ de la carretera Troncal del Norte, salirse en el desvío de la colonia Montecarlo y caminar unos 400 metros junto al ferrocarril, dirección a Apopa.
El tren –los policías que lo custodian– tiene un papel protagónico en este relato.
Desde hace cinco años, de lunes a viernes un tren recorre lentamente los 13 kilómetros que separan Apopa del mercado La Tiendona, en San Salvador. En su viaje de la tarde, la máquina pasa siempre por El Progreso I a las 4:45, con sorprendente puntualidad. El viernes 27 de julio no fue excepción.
Como tantos días, el grupito de pandilleros descansaba-maquinaba-fumaba junto a los rieles cuando el estruendo los alertó. La rutina: los cuatro se levantaron con parsimonia, se adentraron en el pasaje –uno de ellos incluso aprovechó para comprar una charamusca– y vieron pasar la locomotora y los vagones. Sin embargo, esta vez la máquina se detuvo por completo porque una señora que vendía empanadas pidió subir. Al detenerse, el último vagón quedó apenas unos metros delante de los jóvenes, y sobre el balconcito que hay en el extremo final, un agente joven de la PNC. Siempre viaja ahí uno.
Los cuatro pandilleros regresaron a la línea y aseguran que, sin provocación alguna, el agente desenfundó su arma y apuntó al grupo, creyeron que para intimidar. Apenas unos metros los separaban. No era la primera vez que ese mismo agente los encañonaba, por eso los jóvenes en principio no se inmutaron. Lo hicieron cuando oyeron el bombazo.
―Era una 9 mm. –coinciden dos de los testigos.
Desarmados como estaban, todos se abalanzaron pasaje abajo en busca de protección. Ajeno a todo, el maquinista prosiguió su marcha.
El balazo alcanzó de lleno el bajo vientre de Carlos Alfredo, pero pudo correr hasta la casa familiar, a unos 40 metros. Vencido por la gravedad de la hemorragia, se recostó contra una pared. El hermano menor –17 años, pandillero también– se lo echó al lomo, lo pasó al fondo de la casa, llegaron más homeboys, y rápido consensuaron la seriedad de la situación. Pidieron el vehículo a un vecino y se fueron hacia San Salvador.
Carlos Alfredo llegó cadáver a Emergencias del Hospital Rosales. Murió en el asiento trasero de un carro, en los brazos de su madre y su hermano menor.
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Entre enero y mayo de 2012 la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) acumuló 535 denuncias contra agentes de la PNC por violaciones a los derechos humanos; la gran mayoría por atentar contra la integridad personal de los denunciantes. Son pocas las acusaciones de ejecuciones sumarias atribuidas a uniformados.
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Por escandalosa que suene la posibilidad de que en un país pueda estar sucediendo algo así, la muerte de Carlos Alfredo no ha tenido la más mínima repercusión, al menos en las 72 horas posteriores. Los medios de comunicación no han dicho nada, y la PNC ha optado por un sospechoso silencio. Consultado, Jacobo Flores, responsable de Comunicaciones, dijo desconocer el caso. En la página web institucional, la sección Noticias es una sucesión de comunicados institucionales que consignan todo tipo de detenciones, arrestos y operativos, pero no reporta nada sobre la detención de uno de sus agentes.
Extraoficialmente, El Faro ha sabido que el hecho fue denunciado, y que el mismo día se detuvo al agente que disparó el arma.
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Dos días después, el domingo 29 de julio, medio centenar de personas despiden a Carlos Alfredo en el cementerio del barrio Paleca, siempre en el municipio de Delgado. Para llegar desde El Progreso I, hay que alcanzar la Troncal del Norte y subir un kilómetro ruta a San Salvador. Ese trayecto lo hemos recorrido esta tarde a vuelta de rueda, con el féretro sobre la cama de una Toyota Hilux blanca, con los complementos mínimos para convertirla en un carro funerario.
En el grupo abundan las cachuchas y las ropas flojas, pero también hay abuelas, niños, hombres de mediana edad, jovencitas, madres que chinean a sus bebés, adolescentes no pandilleros… La heterogénea procesión paradójicamente la han escoltado –a una distancia prudente– una docena de agentes de la PNC, varios de ellos encapuchados y con fusiles de asalto. La comunidad ubicada frente a la puerta del cementerio es territorio de la MS-13. Para evitar contratiempos, un carro-patrulla se adelanta al cortejo fúnebre y toma posiciones, fusil en mano, en una escalinata que representa la principal salida desde la comunidad hacia la Troncal.
A pesar de las declaraciones que los líderes hacen en las prisiones, de los comunicados conjuntos, en la librela tregua parece sostenerse con alfileres. La rivalidad a muerte entre MS-13 y Barrio 18 no ha desaparecido; está apenas anestesiada. Ni siquiera la reunificación de los dieciocheros es tan sólida como pregonan sus voceros. A la vela de Carlos Alfredo solo llegaron homeboys de la facción R, de la Revolución.
Uno de los policías presentes en el operativo, el cabo Guzmán, confirma que la presencia es disuasoria, y hasta se atreve con unas palabras para exculpar al compañero que provocó todos los llantos que se oirán hoy en el cementerio: “Tal como están las leyes, ¿cómo va a creer que uno ahorita va a sacar el arma y arriesgar la libertad por un pandillero, por un sujeto que tarde o temprano de todos modos va a caer?”.
La compuertita del ataúd que permite ver a Carlos Alfredo se abre por última vez en los minutos previos a la sepultura. Lo mira Ana, la madre, y lo llora. Lo miran sus tres hermanos pequeños –Ulises, Katherin, Luis Alberto– y lo lloran. Los miran sus amigos, en teoría rudos pandilleros, y varios de ellos también lo lloran. Lo mira una joven embarazada, y no solo lo llora: grita, se retuerce, se desploma, no cae al suelo con todo y panza de ocho meses solo porque dos mujeres la sujetan.
―¿Ella era la pareja?
―Sí –responde uno de los pandilleros veteranos–, para agosto estaban esperando al bebé. Poquito antes que llegara el tren, yo estuve con ellos un rato, y ahí me invitó al baby-shower.
Mañana el tren volverá a pasar junto a la comunidad El Progreso I.
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Lectores
Los dueños de la verdad
Escrito el 2012-08-02 20:04:36 por Albert Soto
Me parece irresponsable la nota y las respuestas a los comentarios de la misma por el responsable de la nota. Hace ver que los que él escribe en una nota periodística es la de verdad absoluta. Vamos, que el órgano judicial desarticulado ahora el esclarecimiento de faltas y delitos pasará a ser función de los medios de comunicación o de El Faro -que últimamente se creen los dueños de la verdad-. No me preocupa la tregua entre pandillas, me preocupa que los medios y este periódico y sus periodistas se crean todopoderosos. Triste porque exigen el respeto a las leyes y la constitución, o la honorabilidad y moralidad de los funcionarios públicos pero no están predicando con el ejemplo. No señor Valencia, mejor diga que es una opinión o ficción, porque mientras esto no sea conocido y resuelto por la autoridad competente no puede tachar de homicida a un policía aunque su fuentes lo digan así. Esto no es amarillismo.
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Caos y Barbarie
Escrito el 2012-08-03 11:43:13 por Jose Serrano
Ahora resulta que el agraviante es el periodista, por informarnos la realidad. Preferimos mantenernos en nuestros mitos que nos liberan de culpas y justifican el exterminio mutuo. Sin entender que este es el precio a pagar por la cultura neoliberal (barbarie)bien implantada que guia la cultura predominante de un pais sin pensamiento social, atrapado en el post-modernismo y la post miseria como mecanismo eficaz de contencion social.
Comentario a Roberto Valencia
Escrito el 2012-08-02 16:39:10 por Carlos
Estimado Roberto, no me cabe duda que hacer periodismo sobre el tema de pandillas es muy difícil. Es más sencillo hacer la mediocridad que realizan los colegas de los otros medios. Un parte inchorente que pareciera haber sido redactado por los mismos policias semi-analfabetos que cuidan de los ciudadanos salvadoreños. Sin embargo, plantear la idea de que el asesinato de este pandillero por parte del policia que viajaba en el tren podría ser causa del colapso de la tregua me parece desequilibrado. Por ello, planteé que si por una simple regla de trés analizamos estas situaciones, pues, el caso de la brutalidad con la que fue violada y asesinada la señorita Alisson Renderos debió haber conducido al gobierno a dar portazo a la tregua. O el caso de los cinco estudiantes (que por cierto ustedes de EL FARO agregaron el adjetivo pandilleros, alterando el sentido de mi escrito) de Santa Tecla asesinados.
Cuál es el punto?
Escrito el 2012-08-01 16:15:43 por Eduardo
"aseguran que, sin provocación alguna, el agente desenfundó su arma" esta parte me dio risa, como si el país entero ignorara la clase de delincuentes despiadados que son. A LAS PRUEBAS ME REMITO. Para mí el agente es un héroe desconocemos a cuantas vidas salvó al matar a un marero, pues de seguir éste con vida SEGURAMENTE seguiría extorsionando y matando, lejos de detenerlo este policía merece una medalla por hacernos un enorme favor a millones de ciudadanos que trabajamos y bajo el mismo sistema, que los antisociales mareros culpan, llevamos pan a nuestras casas HONRADAMENTE. Las madre llora pero seguro ha disfrutado el dinero producto de extorsiones, la mujer embarazada llora, pero seguro sabía con quien se metía, tristemente hay chicas que para ellas ser marero es sinónimo de alguna profesión u oficio. Y por qué investigar? era un marero qué hubiera pasado si el policía hubiese sido el muerto? Sólo en El Salvador los mareros tienen aval de matar pero el pueblo honrado y la policía no puede disparar contra ellos porque estos parásitos tienen derechos!!! De qué otra forma podría terminar un marero???
compartiendo reflexión
Escrito el 2012-07-31 11:03:53 por jose
Comparto tu reflexión, los salvadoreños trabajadores estamos concientes del engaño promovido por los pandilleros sean estos de la MS13 o 18, ellos estan asesinando a mucha gente inocente que no cumple sus demandas, estan llevando reclutamientos en las escuelas y comunidades, habiendo anunciado que renunciaban a estas practicas, fomenta las desapareciones de personas en las colonias barrios y caserios del país, producto de ordenes que reciben de los centros penales, anumcian grupos de exterminio, cuando los pandilleros son los principales propulsores de los mismos,anuncian demandas y solicitan mas prevendas y beneficios sin dar nada a cambio. Será que los cabecillas o palabreros estan concientes que la supuesta tregua es una farsa y la mantienen a esperas de estar en una mejor posición para exigir otros beneficios que ya han sido anunciados. Lastima que los únicos que no quieren creer son los que contribuyen con el presunto proceso.