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Oscar Wilde va a la cárcel: Un intenso juicio mediático por el amor a un hombre

El escritor irlandés Oscar Wilde era condenado a 2 años de prisión por ser homosexual en 1895. Su ingenio no pudo contra la homofobia de aquella época.

Un día como hoy de 1895, hace 129 años, la justicia británica condenó al afamado escritor y dramaturgo irlandés Oscar Wilde a prisión por "indecencia grave", un eufemismo para ocultar el verdadero motivo: su homosexualidad. Aquel día comenzó el descenso a la desgracia para Wilde, quien vio cómo su carrera, su reputación y su salud se deterioraban.

Oscar Wilde en una sociedad mojigata

Oscar Wilde, nacido en Dublín en 1854, se había convertido, a base de ingenio y un estilo de vida excéntrico, en una figura legendaria en la élite intelectual londinense, allá a finales del siglo XIX. Algunas obras como "El retrato de Dorian Gray" y "El fantasma de Canterville" le habían valido la admiración de la crítica, pero detrás de la brillantez y la fama se escondía una realidad que la sociedad victoriana no estaba preparada para aceptar: su homosexualidad.

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Para la sociedad británica de la era victoriana, Oscar Wilde era una persona inteligente y muy ingeniosa y jovial. Puertas adentro, se rodeaba de amantes jóvenes, lo que sería su condena personal.

Por entonces, la Corona Británica condenaba los comportamientos que se salieran de la norma, como las relaciones homosexuales de Wilde, que eran un rumor conocido entre los círculos de la sociedad londinense. A pesar de la ilegalidad de sus actos, Wilde no se esforzaba por ocultarla por completo y, en ocasiones, la utilizaba como fuente de inspiración para su obra, desafiando sutilmente las rígidas normas morales de la época.

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Wilde recibió una nota del padre de uno de sus amantes, acusándolo de sodomita. El escritor tomó cartas en el asunto y lo demandó con el apoyo de su amante.

Pero en 1891, John Sholto Douglas, marqués de Queensberry y padre de uno de los amantes de Wilde, le dejó una nota acusando de sodomía al escritor, quien decidió demandar al marqués por difamación, apoyado por su propio amante (que quería ver a su padre humillado, pues tenían una pésima relación) y confiando en su capacidad para defenderse. Sin embargo, aquí comenzaría una caída en espiral para el irlandés, que enfrentaba el destape de su vida privada y un montón de testigos comprados (muchos de ellos, ex-amoríos de Wilde).

Un juicio contra la homosexualidad

Aquel juicio se convirtió en un verdadero circo mediático, con la prensa sensacionalista alimentando la morbosa curiosidad del público, que empezaba a tener una opinión más pobre sobre Wilde. En cambio, el escritor, conocido por su afilada lengua, no bajó la frente ni por un segundo y respondió las preguntas del interrogatorio con mucha altura. Algunas declaraciones suyas lograron arrancarle algunas risas al público, como cuando se le preguntó si había besado a uno de sus amantes, que respondió: "Por supuesto que no. Es un chico particularmente soso. Y desafortunadamente muy feo".

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Wilde estaba convencido de que iba a ganar el juicio, pero una batería de abogados y testigos, junto al sensacionalismo de los medios, le jugaron en contra. El escritor sería condenado a dos años de prisión.

Lo que comenzó como una demanda por difamación se convirtió en una pesadilla para Wilde, quien sufrió el escarmiento de los medios y de la sociedad victoriana. A lo largo del proceso, sus propias declaraciones dejaron en claro su orientación sexual, y las pruebas presentadas en su contra lo dejaron sin escapatoria. Finalmente, el 27 de mayo de 1895, tras dos semanas complicadas, Oscar Wilde fue declarado culpable de "indecencia grave" y condenado a dos años de trabajos forzados en la prisión de Reading: la brillante carrera del escritor se había terminado.

El deterioro de una mente brillante

En la prisión, Oscar Wilde sufrió las duras condiciones carcelarias de aquel entonces: pocas raciones de comida, aislamiento total y la posibilidad de recibir una visita cada tres meses. Había adelgazado muchísimo y su salud tanto física como mental se vio deteriorada alarmantemente. Su único consuelo era que podía recibir ciertas comodidades que muy pocos presos tenían, como libros y material para escribir, de lo cual pudo surgir "De Profundis", una de sus prosas más sentidas, dedicada su amante, el hijo del marqués de Queensberry.

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Wilde pasó los siguientes dos años de su vida realizando trabajos forzados en las pobres condiciones carcelarias de la época. Allí, su salud física y mental se deterioraron profundamente.

El Amor se alimenta de la imaginación, que nos hace más sabios que lo que sabemos, mejores que lo que sentimos, más nobles que lo que somos; que nos capacita para ver la Vida como un todo; que es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales. Sólo lo bello, y bellamente concebido, alimenta el Amor. El Amor se alimenta de la imaginación, que nos hace más sabios que lo que sabemos, mejores que lo que sentimos, más nobles que lo que somos; que nos capacita para ver la Vida como un todo; que es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales. Sólo lo bello, y bellamente concebido, alimenta el Amor.

Tras pasar sus años de condena, Wilde fue liberado en 1897 aunque, arruinado y deshonrado, se exilió en París donde vivió bajo el seudónimo de Sebastian Melmoth. Su relación con su amante terminó poco después y, aislado de sus hijos y de la mayoría de sus amigos, Wilde se sumergió en la pobreza y la enfermedad en la capital francesa, donde falleció de meningitis a la edad de 46 años.

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Solo, sin amigos ni dinero, Oscar Wilde pasó sus últimos años en París donde falleció a causa de una meningitis a los 46 años.

Como tantas otras personas en el pasado, Oscar Wilde fue perseguido por su orientación sexual por una ley que sería derogada en 1956, durante el reinado de Isabel II (la misma que nombraría "Caballero" a Ian McKellen y Elton John, otras figuras públicamente homosexuales). Hoy en día, comprendimos que el amor en todas sus formas no es algo para condenar, sino más bien para celebrar. Como dijo el propio Wilde en su alegato inicial: "El amor que no se atreve a decir su nombre, y a cuenta del cual estoy aquí hoy, es precioso, está bien, es una de las formas más nobles de afecto que existen".

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