Rosh Hashaná es el brindis familiar y la manzana con miel en todas las mesas. Y es también el “Día del Juicio”, cuando Dios coloca en la balanza los actos de los individuos y define los aspectos más relevantes de la vida de la persona para el nuevo ciclo que se inicia, es decir, la salud y la prosperidad, entre otros.
Por eso, uno de los pilares de esta festividad es despertar los corazones, recapacitar sobre las acciones, corregir las cualidades y optimizar la relación con el prójimo, pidiendo a Dios que conceda un año próspero, lleno de satisfacciones.
Pero Rosh Hashaná es mucho más que eso: es la aparición del hombre en la Tierra, el único ser vivo capaz de reconocer y servir a Dios, lo que ocurrió en el 6to. día de la Creación, a imagen y semejanza de su Creador.
"Entonces Dios miró todo lo que había hecho, ¡y vio que era muy bueno! Y pasó la tarde y llegó la mañana, así se cumplió el sexto día. Así quedó terminada la creación de los cielos y de la tierra, y de todo lo que hay en ellos. Cuando llegó el séptimo día, Dios ya había terminado su obra de creación, y descansó de toda su labor. Dios bendijo el séptimo día y lo declaró santo, porque ese fue el día en que descansó de toda su obra de creación", afirma el Génesis o Breishit.
La palabra de Dios es eterna y por eso nunca se entendió cómo un grupo de humanos reunidos en concilio pueden modificar el mandato de santidad del Dios que ellos mismos describen Omnisciente, Omnipresente y Sin Principio ni Final. Pero mejor volver al festejo.