La dura realidad es que Wayne tenía 42 años cuando se fundó Apple, al lado de los Steves, que contaban con 21 y 25 años en ese momento.
El 10% que le habían dado no era solo por su capacidad en ingeniería mecánica, sino por su carácter paternal, su adultez y su capacidad de mediar en las terribles peleas entre Jobs y Wozniak.
“Eran unos verdaderos torbellinos. Yo me hallaba a la sombra de unos gigantes”, expresó Wayne. “Si me hubiera quedado en Apple, probablemente habría terminado como el hombre más rico del cementerio”.
Una vez que se fue le ofrecieron US$1500 para que renunciara a sus derechos de presentar demandas contra la firma, sumado un total de US$2300.
Aunque Wayne asegura que no se arrepiente de su decisión, si se arrepiente de haber vendido su copia del acta de fundación a US$500, ya que en el 2011 se vendió por US$1,6 millones.
Después de Apple, Wayne estuvo en varias empresas más pequeñas en las que pudo dedicar todo su tiempo al diseño de productos. Dice que no es feliz a menos que tenga el control absoluto sobre un producto, algo que Steve Jobs probablemente le habría negado.
“Una vez que Steve decidía en dónde quería estar, el último lugar en el que querrías estar era entre él y su objetivo; de otra forma acabarías con huellas de pies en la cabeza”, explicó Ron Wayne. “¿Qué si era la persona más agradable del mundo? No, pero ese no es el punto. El punto es ¿qué logró a lo largo de su viaje por la vida?”.
Ronald hoy tiene 85 años y asegura que le tiene mucho cariño a Steve Wozniak, a quien llamó el hombre más amable que conoció y quien inspiró su diseño del primer lago de la marca: La manzana a punto de caer sobre Isaac Newton.
Ronald vive en una casa rodante en un remoto pueblo de Nevada. No tiene ni un solo producto Apple en su casa y asegura:
“¿Que si preferiría ser rico? Claro que me encantaría tener muchísimo dinero”, dijo Wayne. “Pero me las he arreglado. Si solo hubiera querido el dinero, podría haber sido rico y muy infeliz”.