Pero vamos al libro de Mara. Es una obra estupenda, muy bien escrita, y muy documentada. De fácil lectura, a pesar de que por momentos atraviesa temas de alta complejidad.
Obviamente, tengo un rol muy raro hoy aquí, porque el libro se refiere a acontecimientos de los que fui protagonista en los últimos diez años, que por momentos tuvieron una gran intensidad en mi vida, en particular durante aquellos años en que estuve al frente de la Secretaría de Finanzas. Me es muy difícil ser protagonista, y a la vez comentarista, y me van a disculpar si me refiero a muchos de aquellos acontecimientos en primera persona, o si al efectuar algún raconto, lo hago en primera persona.
A fines de abril cuando Lavagna me convoca a su despacho yo estaba en el del directorio del Banco Central, entidad que venía piloteando una de las mayores corridas bancarias de la historia. Me ofreció ser secretario de Finanzas. En esos casi cuatro años estuve a cargo de la negociación de los dos acuerdos stand-by con el FMI: el primero que se negoció todo el 2002, y se firmó en enero del 2003 durante la Presidencia del Dr. Duhalde, y el segundo firmado en setiembre del 2003 ya con el Presidente Kirchner, que tuvo una primer revisión en marzo del 2004 y una segunda en julio. Somos un caso único de permanencia en el Ministerio de Economía con dos presidentes distintos, toda una rareza en la historia reciente de nuestro país.
Encabecé también las negociaciones de la deuda privada, esto es de los bonos emitidos fundamentalmente en la década del 90-, que culminó en el 2005, y si bien el equipo se fue junto con el Ministro, seguí en contacto con el gobierno en consultas informales sobre la marcha de la economía, y sobre el manejo de la deuda, y luego como Embajador, especialmente cuando como lo señala el libro, pasa a ser un tema del Jefe de Gabinete, cuando Sergio Massa reemplaza a Alberto Fernández. Participé también en escaramuzas menores relacionadas con la deuda como embajador en Berlín, generalmente en acciones evasivas de embargos, como la de la exposición de los dinosaurios de Rosenhaim –que es mencionada en el libro-, hasta evitar el embargo del pabellón argentino en la Feria del Libro en Frankfurt.
Pero volviendo al desembarco en Finanzas, convoqué a un equipo de profesionales de la mayor confianza y capacidad:
> Leonardo Madcur, abogado y MBA, que por entonces era mi socio, se plegó al equipo primero como subsecretario de Financiamiento y luego como secretario, al igual que
> Sebastián Palla, que venía trabajado conmigo desde su ingreso a SOCMA como pasante cuando estaba en el último año de la Di Tella, y había seguido acompañándome en mis aventuras en los mercados de capitales. Fue primero mi Jefe de Gabinete y luego Subsecretario.
> Hugo Medina, abogado, compañero mío del colegio secundario, y con toda una carrera en el mercado que lo había llevado a ser en esos momentos el gerente técnico de la BCBA (Bolsa de Comercio de Buenos Aires) se incorporó como subsecretario,
> Alejandro Sánchez, abogado de gran experiencia política como militante de Franja Morada y de la Juventud Radical,
> Andrés Benvenuti, ingeniero y MBA del ITBA (Instituto Tecnológico de Buenos Aires), que luego de un tiempo se hizo cargo de la estratégica Representación Financiera en Londres, que sería luego cerrada en la gestión de Felisa Micheli, y
> en una segunda oleada se nos unieron Arturo Giovenco, abogado especialista en Mercado de Capitales, ex CNV, y ex BICE; también Gabriel Rubinstein, economista, ex Banco Central; y Sergio Chodos, abogado egresado de la UBA, y de Columbia University, que ha seguido en el gobierno, y como se describe en el libro, es actualmente el director argentino en el FMI.
Hubo muchos otros colaboradores, de nivel junior años atrás, que hoy tienen un rol importante tanto en dependencias estatales como en el sector privado.
Esto lo explico porque quiero destacar que el trabajo que desarrollamos fue un trabajo de equipo, que es como deben ser las tareas en el gobierno dada la complejidad que tienen los temas a resolver. Ese equipo interactuó y se potenció en la relación con la estructura del Ministerio, especialmente con la Dirección de Crédito Público, y con otras Direcciones del Ministerio que cuidamos, respetamos y potenciamos a lo largo de esos casi cuatro años tan intensos.
El libro de Mara, ha sido seguramente un libro difícil de escribir. El equipo negociador era un equipo compacto, con una gran disciplina, sin internas, ni filtraciones a la prensa. A modo de contexto, en nuestra gestión tuvimos que interactuar y trabajar fuertemente con cuatro Presidencias del Banco Central: Mario Blejer, Aldo Pignaneli, Alfonso Prat Gay, -que casi siempre enviaba a un joven (Martín) Lousteau que luego sería el primer ministro de Economía de la Presidenta- a las reuniones en la Secretaría, y Martín Redrado.
Tanto la Gestión de Prat-Gay como la de Redrado tienen una cobertura importante en el libro, y me permitió enterarme de muchas cosas que no sabía que habían ocurrido.
La mayoría de las cuestiones principales de la Secretaría de Finanzas eran manejadas con la mayor confidencialidad, con lo cual el trabajo periodístico se vio limitado en el acceso a fuentes, y seguramente, esto explica que tenga diferencia de matices con algunas de las cosas narradas en el libro, otra visión de cómo muchas de las cosas se fueron gestando, sin que por ello lo que vaya a decir afecte la integridad de la narración.
En el libro hay una excelente descripción de lo que fue llamado la “Oferta de Dubai”, en el Capítulo 1, que en realidad no era la oferta, pero eran sí los “lineamientos” de lo que debía ser la oferta, y causó un gran revuelo en los mercados financieros mundiales durante varios meses. La oferta se anunció poco después, sobre todo una vez completados los requisitos regulatorios propios de éste tipo de tareas.
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Pero hay una parte importante del libro, aunque no sea el título de ningún capítulo, pero está como “telón de fondo” de ese canje: son las negociaciones con el FMI. Nosotros tuvimos que negociar con dos FMI diferentes.
Hay un primer FMI, que básicamente es el que le toca en suerte a Duhalde; un fondo super ortodoxo, inflexible, “carnicero” en sus demandas de prescripciones de política. Negociar con ellos era entrar en la jaula de los leones, y son leones que en algún sentido, coartan y hostigan al Presidente Duhalde, a niveles no vistos por ejemplo en las negociaciones con Grecia, o Chipre en estos momentos. El Fondo tenía serias dificultades para entender un presidente surgido de la Asamblea ante la acefalía del país en la mayor crisis de la Argentina moderna.
Nos hicieron la vida imposible. Nos ponían objetivos difíciles. Los cumplíamos.
Entonces Anne Krueger inventaba otros nuevos requisitos, y así en secuencias sucesivas hasta el hartazgo, a pesar que en la negociación fuimos limando muchas de las pretensiones iniciales. Nos “corrían el arco”. Recién ante la evidencia abrumadora de los buenos resultados económicos –que nunca era suficiente-, sumados a nuestra amenaza e inicio de un proceso de no pago de un vencimiento al BM, y gracias a algún fuerte apoyo internacional, como la que dio –sin que lo supiésemos en ese momento- el primer ministro español José María Aznar, que convenció a Bush que Argentina merecía una nueva oportunidad a fines del 2002, recién allí, con esto último se destrabó el “acuerdo interino” firmado en enero del 2003.
Pero después negociamos también con un FMI mucho más racional, y más dispuesto a escuchar. La recuperación económica argentina y el hecho que a partir de sucesivas frustraciones cambiamos la técnica de negociación, y pasamos a negociar directamente con los vice-Ministros del G7, causó cambios importantes en la relación con ese organismo. Pero es importante entender que el FMI está compuesto por profesionales de mucho nivel.
Gradualmente un sector del Fondo se fue dando cuenta de que las cosas que les decíamos funcionaban, y funcionaban bien. Esto llevó a que las negociaciones del segundo stand-by que se iniciaron en Junio del 2003, fuesen mucho más racionales en cuanto a los pedidos que hacían. Era un FMI muy distinto al primero: Kohler renunció a su cargo de Director Gerente del FMI en marzo del 2004-, y fue sucedido por el exministro español Rodrigo de Rato en junio del mismo año.
En Washington había un clima de cambios importantes, nos hicimos respetar y eso era muy perceptible: las negociaciones nos resultaban más fáciles. En esta línea, Anne Krueger fue reemplazada poco después, en septiembre del 2006 por John Lipsky, cuando ya habíamos salido del Ministerio.
Es cierto que mediáticamente lo que estoy planteando no es algo fácil de distinguir; es más fácil simplificar y seguir con la imagen del primer FMI. En este sentido los capítulos iniciales del libro adhieren al FMI inmutable, cosa que no fue así.
Es cierto el deseo del presidente Néstor Kirchner de “liberarse”, digamos, del FMI que se destaca en el libro, como corresponde a un político de ese nivel que no quería ningún tipo de tutela. Tener una revisión del FMI en momentos en que en paralelo teníamos que negociar la deuda privada más grande de la historia y de mayor dispersión geográfica -ya que el default griego fue mucho más focalizado, y contó con un nivel de solidaridad internacional sin parangón-, era algo gerencialmente imposible. Esta limitación llevó a la suspensión del segundo acuerdo, que fue posible por la continua recuperación de la economía Argentina.
Desde ya, luego que Brasil anuncia la cancelación de la deuda con el FMI -que se produce poco después de nuestra salida del Ministerio- era casi imposible imaginar que Néstor Kirchner no hiciese lo mismo, a pesar de las grandes diferencias que había entre el caso brasileño –que no había defaulteado, y seguía al corriente con todos sus acreedores, incluyendo al Club de París-. Tampoco ayudaba el hecho de que había una gran falta de claridad en cuanto al manejo de la deuda de parte de nuestros sucesores inmediatos. Este es el tema del capítulo 6.
Hay incluso un antecedente de la importancia que le daba el presidente Kirchner a salir del esquema de revisiones del FMI, que por sus características merecería ser incluido en el libro, y es lo que periodísticamente, pasó a ser conocido como “el cuento chino”. Néstor Kirchner creyó en la segunda mitad del 2004, que iba a poder cancelar la deuda con el FMI con un préstamo del gobierno chino.
Una mañana me piden de Presidencia que me reuniese urgente con el secretario de Transporte, Ricardo Jaime, y allí fui. Me encontré con un Jaime casi en trance, ya que había conocido en China a una personalidad del PC Chino que ofrecía un crédito por US$ 30.000 millones para lanzar un proceso de inversiones en nuestro país, incluyendo salir de la tutela del FMI cancelando la deuda. Conociendo a los funcionarios chinos, cuya característica fundamental es la ortodoxia económica tipo escuela austríaca, el cuento olía por lo menos raro.
Y convengamos que US$ 30.000 millones, es mucha plata en cualquier lugar del planeta. Pero Jaime, que tenía diálogo directo con el Presidente, lo tenía convencido de la oportunidad histórica que esto representaba.
En esos días justo estaba viajando a Frankfurt, a una reunión preparatoria del G-20, y con Lavagna acordamos que aprovecharía dicha reunión para tantear a mi colega chino, con el cual ya tenía una buena relación. Ni el viceministro de Economía chino ni el vicepresidente del Banco del Pueblo de China -que también estaba en la reunión- me dieron la más mínima pista de semejante ofrecimiento. Volví a Buenos Aires con estos indicios, pero a nivel político a mi vuelta de Frankfurt el tema se estaba “yendo de madre”, sobre todo ante la inminencia de la visita del Presidente chino Hu Jintao que tuvo lugar a mediados de noviembre del 2004, y había trascendidos del préstamo para cancelar el FMI en todos los medios.
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El resto de la historia lo pueden imaginar. El chino era en realidad un impostor laosiano, y la oferta del crédito nunca existió.
Más allá de lo colorido de ésta historia, demostrativa de la ansiedad por sacarse de encima al FMI, nuestra postura como Secretaría de Finanzas era seguir con el FMI ya que en el 2005 eso no era un problema dada la victoria fáctica que significaba la recuperación económica de la Argentina en contra de prescripciones muy afiatadas en ese organismo, y lo fácil que resultaban las negociaciones en esta segunda etapa. Veíamos que el “costo” -en términos de nuevas medidas- de continuar con un FMI de “baja intensidad” como el que teníamos ante nosotros, era muy bajo, y fundamentalmente que antes que pagarle al Fondo, lo lógico reestructurar primero la deuda con el Club de París, y en esto vale la pena detenerse un poco.
A fines del 2005 ya me había puesto de acuerdo con el Secretario del Tesoro de Francia, Jean Pierre Jouyet y teníamos fecha para negociar con el Club: como diciembre es un mes difícil en todo el mundo, habíamos acordado iniciar las conversaciones hacia el 10 de enero del 2006. Nos fuimos a fines de noviembre del 2005, con lo cual la deuda con el Club de París quedó totalmente relegada, al punto que todavía hoy está impaga, lo que constituye un problema muy serio para la competitividad argentina, y para el restablecimiento de inversiones de calidad en nuestro país.
El Club de París reúne a la totalidad de los bancos oficiales de crédito a la exportación. No son especuladores; otorgan créditos de largo plazo -12 a 14 años, a bajas tasas de interés-, o sea financian esencialmente inversiones. Esos créditos a la exportación en realidad se transforman en crédito a los países importadores.
Hay que señalar también que estas instituciones están dirigidas por funcionarios de alto rango de cada país, y otorgan créditos para la exportación de maquinarias y equipos, como por ejemplo los que necesitaríamos importar en estos momentos para encarar la explotación del yacimiento no convencional de “Vaca Muerta”, y a veces financian también grandes obras públicas, como las dos represas que se están licitando en estos días en la provincia de Santa Cruz, que hasta ahora han presentado serios problemas de financiamiento. Son los créditos del ExinBank norteamericano, o del KfW de Alemania, que es el banco que tiene la cartera de préstamos más grande del mundo en energías renovables, más grande que la cartera de renovables del BM.
Esa deuda en default les crea un serio problema a estos funcionarios ya que tienen que responder ante sus parlamentos por los créditos incobrables como parte de las gestiones de aprobación de los presupuestos nacionales que hacen cada año, desde el año 2002. Asimismo, en la organización de los Ministerios de Finanzas del mundo, la relación con el Club de París la llevan funcionarios que están al lado de los funcionarios que dan las instrucciones a las sillas de su país en el FMI, y en el Banco Mundial y que dependen directamente de los ministros.
Esta ubicación administrativa, y esta responsabilidad ante los parlamentos, conspira en contra de la imagen de Argentina en los centros de decisión de las más importantes capitales del mundo. Por ello, sería interesante que en la segunda edición de este libro amplíes lo del Club de París, que quedó reducida a una mención, y a un párrafo casi al final. Da para mucho más.
Los capítulos 13 y 14 están referidos al segundo canje de deuda, con un roadshow ambicioso que incluyó Alemania, pero sobre todo, en el libro hay una muy buena descripción del trabajo trabajo palmo a palmo del entonces decretario de Finanzas, Hernán Lorenzino, y del actual secretario Adrian Cosentino en Italia, país que al haber sido objeto de una gran colocación entre minoristas, tanto de parte del gobierno argentino, y como luego, de los bancos italianos que descargaron sus tenencias entre los minoristas de ese país ante la inminencia del default argentino, presentó desde el inicio las mayores dificultades.
Hay también un muy buen comparativo con la restructuración griega en el capítulo 15.
Pero para no extenderme demasiado más, permítanme pasar rápidamente a un comentario breve sobre la última parte del libro; sobre el capítulo 17 y el epílogo, referidos a lo que está siendo examinado en estos momentos en la Corte de Apelaciones para el Segundo circuito del distrito sur de Nueva York, donde literalmente se está haciendo legislación con este caso tan singular, y que tantas implicancias institucionales podría tener para la Argentina. En el libro hay una muy buena síntesis de lo que viene ocurriendo desde el fallo de Griesa a favor de los holdouts de febrero del año pasado.
Creo que hubiese sido deseable incluir algunos comentarios en esos capítulos sobre el endeudamiento alocado de la década de los '90, y también del breve período del Presidente De la Rúa. Lo que sucede recientemente en los Tribunales de Nueva York, es incomprensible si no se tiene en cuenta que la Argentina fue uno de los mayores colocadores de deuda en Wall Street en esos años; en Wall Street y en cuanto otro nicho financiero hubiese en el mundo.
Tenemos también juicios parecidos a los que se ventilan en New York en Londres, en Frankfurt y también en Luxemburgo, sin que hayan trascendido demasiado. Los éxitos de las grandes colocaciones de aquellos años ocultan una ingeniería legal pobre; son bonos sin “Clausulas de Acción Colectiva” que hubiesen facilitado mucho la restructuración.
Hubo también serios errores de manejo de algunas colocaciones; por ejemplo se hizo un bono en pesos convertibles en dólares a opción del tenedor, a la medida de las necesidades de una gran empresa aseguradora, y se le colocó en su totalidad en esa empresa. Era el “Global Bond, Argentine peso 10 % 2001- 2004” y “12 % 2004-2008, due 2008”, una emisión de 700 millones. El problema es que ante el default, esa empresa vendió 500 millones al fondo buitre de Dart, obviamente a precio de “distressed”. Dart no tuvo necesidad de andar juntando en distintas compras un porcentaje alto de una emisión, porque en la colocación del bono no se trabajo para atomizarla. En esas condiciones, frente a un inversor que tiene un porcentaje elevado de la emisión, ni las CAC nos hubiesen salvado de tener que litigar.
Respecto al fallo que se está esperando en cualquier momento luego de la audiencia del día 27, me parece prudente señalar que si bien la posición argentina fue acompañada por la opinión del gobierno norteamericano a través de lo que sería el equivalente norteamericano del Procurador del Tesoro, o la sorpresiva presentación de Anne Krueger, que trata de llevar agua para su molino, el SDRM o mecanismo de restructuración de deudas soberanas, no debemos llamarnos a engaño.
Ninguna de las opiniones trasluce la menor simpatía por la Argentina; hay en cambio preocupación por las consecuencias sistémicas de un fallo como el de Griesa, que involucra a terceros para implementar el pago a los holdouts, en detrimento de los recursos para el pago a los bonos surgidos del canje de deuda.
Mi preocupación es que el caso argentino presenta algunas singularidades, como la Ley Cerrojo, o el tiempo transcurrido sin honrar los bonos defaulteados, que sería posible, hasta fácil diría, hacer un fallo contra la Argentina que por su redacción no tenga un derrame sistémico.
Si enmarcamos el análisis en lo procesal, hay que señalar que el tribunal que tiene el caso, viene fallando acompañando los fallos de Griesa por unanimidad, y están frente a dos contratos que en algún punto tienen igual validez: el de los holdouts, y el del BONY (Bank of New York) como fiduciario de los tenedores de bonos. Toda una decisión.
Si, dada la situación antes descripta, y como a veces sucede, si los jueces mirasen al contexto de cómo la Argentina se maneja con el orden mundial, no hay elementos para el alivio: la sanción reciente del FMI por la manipulación de los índices, -que no tiene precedentes en la historia de esa institución- , o la expropiación sin compensación de Repsol, o el panel que se está formando en la OMC por las prácticas comerciales Argentinas, el desconocimiento de las decisiones del CIADI, son interpretados en el mundo como una muestra de aspectos de comportamiento antisistema, que no creo ayuden a inclinar el fallo del tribunal a favor de Argentina.
Pero todo lo que digamos es, especulativo, aunque lógico por las implicancias que el fallo puede tener en la Argentina de los próximos años. Hay que esperar el fallo, y me inclino a pensar que no se va a demorar tanto como estiman algunos en el mercado. Esto sigue su curso, y los tribunales europeos también, y sin duda va a dar lugar a novedades que constituyen otra razón más, para empezar a trabajar muy pronto en una segunda edición ampliada del magnífico libro que presentamos hoy. Está en la lógica del título del libro.
Felicitaciones Mara.
Muchas gracias.