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José Pablo tolerante joven vs. José Pablo intolerante viejo

Impecable el 'baño de memoria' que Carlos Salvador La Rosa arrojó sobre el pedestal de José Pablo Feinmann, hoy un ilustre pensador K:

 

Por CARLOS SALVADOR LA ROSA
 
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). A mediados de 1974, cuando falleció el entonces por tercera vez presidente de la Argentina, Juan Perón, el país era un polvorín ardiente donde los peronistas se mataban entre sí. Las razones ideológicas de la matanza eran infinitamente menos importantes que el odio acumulado entre las facciones.
 
El General murió intentando frenar esa creciente violencia (con métodos a veces muy discutibles) que él mismo, de algún modo, contribuyó a generar cuando sumó al movimiento posturas inconciliables. Pero sería falso adjudicarle a una sola persona la culpa por una violencia que tenía raíces profundas y responsabilidades compartidas, muchas de ellas incluso colectivas y culturales. Sin embargo, en aquel tiempo las pasiones furibundas impedían cualquier atisbo de comprensión. Cualquier disidencia se “solucionaba” con un tiro en la cabeza, literalmente hablando.
 
En medio de las bandas enardecidas y ensordecidas, en vísperas de la muerte de Perón, apareció una revista casi artesanal donde unos pocos exponentes de la izquierda peronista -con prestigio intelectual propio- trataron de poner paños fríos a la guerra de exterminio, llamando a la conciliación en nombre del liderazgo -para ellos indiscutido- de Perón. 
 
La revista se llamó “Aluvión” y hoy cobra importancia porque dos de sus escritores principales son importantísimos referentes del kirchnerismo: José Pablo Feinmann (autor de “Conversaciones con el Flaco” y de enormes tomos de filosofía peronista) y Horacio González (director de la Biblioteca Nacional y referente de “Carta Abierta”, el grupo más importante de intelectuales K). Ellos intentaron mediar ante sectores que, por supuesto, no escucharon una sola palabra. Pero los honra su prudente llamado a la razón en medio del delirio.
 
Un joven tolerante
 
Conviene repasar lo que decía Feinmann, que en ese entonces tenía apenas poco más de 30 años, por lo cual era un referente “adulto” para las inmensas masas juveniles peronistas que promediaban apenas la veintena de años:
 
"Perón y los peronistas sabemos que hay contradicciones en el seno del pueblo... pero lo que el General exige... por vía de conducción es que ningún peronista transforme esas contradicciones en antagónicas."
 
Feinmann estaba proponiendo que las juventudes cercanas a Montoneros y las sindicales, la izquierda y la derecha, se reconciliaran o no se vieran como enemigas. Cuando se mataban entre sí.  
 
"Nadie dice... que la palabra actualización deba ser eliminada... Pero en tanto es aconsejable exigir el más férreo acatamiento a la doctrina establecida, pues lo contrario -y nadie lo sabe mejor que Perón- implicaría abrir posibilidades al desviacionismo ideologista."
 
Acá Feinmann pide a las juventudes que frenen sus intentos de “actualización” por miedo a la “desviación ideológica” y que se subordinen al General.
 
"Para nosotros... es la conducción política de Perón la que permite orientar hacia un mismo horizonte estratégico los proyectos políticos distintos de apresurados y retardatarios... Ahora bien. ¿tiene el conductor un proyecto político propio? Sobre esto no pueden caber dudas: el proyecto político del conductor es el del Pueblo, es decir, el de la liberación de la Patria."
 
Feinmann cree que el único proyecto político válido es el de Perón, quien es el único conductor. Los demás, o están muy apurados o muy atrasados. La línea justa la tiene Perón. “Sin dudas”, asegura.
 
"Apresurados y retardatarios, por exceso o por defecto, tienden a desvirtuar los procesos históricos alejándolos de sus metas revolucionarias ¿Cómo evitar que ocurra esto? Hay un solo modo: neutralizar los excesos de los apresurados con los defectos de los retardatarios y viceversa: esta es la tarea del conductor."
 
Esta frase es bien discutible. Se apoya en ese Perón de los “anticuerpos”, el que sostenía que si alguna enfermedad se “infiltraba” en el movimiento, había que producir un virus de signo contrario para expulsarlo. En aquel tiempo, neutralizar al infiltrado con un anticuerpo, era casi siempre asesinarlo.
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"En tanto peronistas juzgaremos a los agentes por su aceptación o no del espacio de la lealtad... Lo que importa... es, ante todo, el proceso. Y nadie puede decir que no hay razones para hacerlo. Menos aun cuando el 1 de mayo el General Perón volvió a fijar objetivos de poder para la clase trabajadora argentina."
 
Feinmann dice, pocos días antes de la muerte de Perón, que había que serle leal, porque era la única forma de que el país no estallara (como de hecho estalló). Incluso  hace suyo el discurso del 1 de mayo de 1974, cuando Perón echó de la plaza a los “imberbes”.
 
Un viejo intolerante
 
Mucho tiempo después, ya en pleno reinado K, Feinmann revisaría su propia interpretación de la historia ofrecida en “Aluvión” y transformaría al Perón anciano -a ese que defendió hasta su muerte- en un monstruo, en el político que le hizo la “tarea sucia” a los militares. Cuando hacer la “tarea sucia” era matar gente. Así lo acusa: 
 
"El tercer Perón era un guerrero del establishment que, para beneficio y alegría de ese sector con el que tan bien negoció, le estaba haciendo la tarea sucia... Eso lo analizo en el segundo tomo de mi libro Peronismo, donde lo hago pelota a Perón, porque vino a hacer el trabajo sucio a los militares."
 
Y luego da datos para demostrar su tesis:
 
"¿Para qué lo tenía a López Rega al lado? ¿A Isabelita? ¿Cómo la deja tener el poder si sabía que esta idiota estaba conducida por este tipo que era un paranoico asesino? ¿Por qué lo pone al comisario Villar de jefe de la Policía? ..."
 
Pero cuando Feinmann escribe en “Aluvión”, todo eso de lo que hoy acusa a Perón ya había ocurrido y todos lo sabían. Feinmann tampoco podía ignorarlo, pero sin embargo, frente a un país donde la muerte se enseñoreaba, el intento suyo de ponerle freno sigue sonando como más razonable que el de acusar a Perón de genocida para reemplazarlo, en el panteón de los héroes, por los Kirchner. Odiar como hoy odia a Perón alguien que lo defendió hasta su muerte es un modo de odiar su propio pasado, cuando, como una voz solitaria desde la izquierda, se alzó, desesperado, contra los odios de entonces. 
 
Viejos son los trapos... y los viejos. No se trata de enfatizar en la persona de Feinmann, sino en tanto exponente de una lógica política que hoy es hegemónica dentro del poder oficial. Se trata, en esta Argentina nuevamente dividida (o con claras intenciones políticas de dividirla) de dos Feinmann, el tolerante joven y el intolerante viejo
 
Que no sólo odia ahora como no odió de joven, sino que replantea su propia historia y odia incluso lo que defendió de joven. No sólo se hace intolerante con los que hoy piensan distinto a él, sino con su propia historia cuando ella no coincide con lo que él piensa ahora. Así, a un hombre de la complejidad de Perón lo tira al basurero de la historia para inventar una nueva historia donde los K sean los buenos y Perón el malo. Un basurero en el cual Feinmann también podría caer por lo que escribió en “Aluvión”, aunque lo hiciera con buenas intenciones. 
 
Feinmann hoy niega su moderación pasada. Se revisa a sí mismo. En los ’70 fue la aguja en un pajar pidiendo la paz a bandos que se mataban entre sí mientras los militares esperaban que se exterminaran todo lo posible, para luego rematarlos a todos juntos.  
 
El joven Feinmann les proponía a los peronistas unirse en nombre de Perón, algo encomiable aunque imposible. Cuando se necesitaba paz pedía paz mientras que hoy que hay paz, el viejo Feinmann pide guerra, una involución notable. Antes pedía unirse a gente cuyas diferencias las estaban “arreglando” a tiros. Hoy desprecia a todo quien no piense como él. Feinmann, un hombre que deploró la guerra cuando ésta efectivamente ocurría, hoy, que puede ayudar -por su experiencia- a fortalecer la paz, quiere que vuelva la guerra, inventando enemigos por todas partes. Claro que hasta ahora se trata sólo de “lenguajes” de guerra, pero él debería saber -porque lo vivió y lo sufrió- que siempre se empieza así.
 
Para épocas ardientes y violentas como los ’70 se necesitaban moderados, tipos como el joven Feinmann. Hubo pocos. Hoy también se necesitan moderados, pero ya no para calmar a los jóvenes sino a los viejos disfrazados de revolucionarios que  quieren repetir su historia, incluso tergiversándola. Hoy sería útil una juventud que hable del futuro, porque de pasado estamos excedidos, apestamos de pasado.
 
Viejos son los trapos... y los viejos. Viejos son los que en vez de ser lo que por biología les corresponde (consejeros o sabios de la tribu), quieren que los jóvenes sean como ellos cuando jóvenes, mejor dicho, como lo que ellos de viejos creen haber sido cuando jóvenes. 
 
Los ancianos de verdad son los que ofrecen su experiencia a los jóvenes para que éstos elijan libremente qué hacer con ella. En cambio, los viejos son los que quieren que los jóvenes hagan lo mismo que hicieron ellos cuando eran jóvenes. O lo que dicen que hicieron. Los están condenando a mirar al pasado, cuando ellos, de jóvenes, miraban al futuro. Lo peor es que cuando la utopía la ubicamos en un tiempo pasado, el odio es mayor que la esperanza porque no proponemos construir una sociedad nueva sino reconstruir una vieja, por más que se la disfrace de nueva. Siempre que el pasado se impone sobre el futuro, el odio le gana la partida a la esperanza.
 
En una Argentina apestada de pasado, se quiere recrear el odio como partero de la historia. Utopías reaccionarias de gente que tiene el alma vieja. Que no encontró la sabiduría en la vejez sino que al negarse a envejecer como Dios manda o al querer que los jóvenes sean viejos como ellos, se están perdiendo de bien vivir la última etapa de sus vidas, que puede ser hermosa si uno en vez de querer ser “de viejo artista”, se pone a balancear su historia, a comprenderla con mayor tolerancia y a transmitir esa tolerancia a las futuras generaciones. En vez del “animémonos y vayan” que sólo sirve como preparación para la guerra. O peor, para convocar a una guerra ajena a chicos que nacieron en la paz.

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