El calendario festivo
La fecha de nacimiento coincidiendo con el censo de Quirino se contradice igualmente con otro dato que nos ofrece el mismo evangelista; a saber, que Jesús tenía unos treinta años cuando comenzó su predicación (Lucas 3.23). Asumiendo que esta duró unos tres años, y que fue crucificado siendo gobernador de Judea Poncio Pilato (26-36 d. C.), deberemos situar su nacimiento entre los años 7 a. C. y 3 d. C., lo que, en las fechas más bajas nos sitúa en el reinado de Herodes pero en ningún caso lo ponen en relación con el censo de Quirino.
En realidad, la cuestión sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús preocupaba poco a los primeros cristianos de los siglos I y II d. C., y su establecimiento fue, en primera instancia, una cuestión de política religiosa. Ocurrió del siguiente modo: En la Roma imperial, existían dos celebraciones que coincidían con las últimas semanas del año. La primera, entre el 17 y el 23 de diciembre, eran las Saturnales, que se celebraban en honor a Saturno, dios protector de los sembrados, y festejaban el final de los trabajos en el campo hasta la siguiente primavera. Eran unos días de banquetes públicos, fiestas, adornos vegetales en las casas, intercambio de regalos y cierta permisividad moral, hasta el punto de que amos y esclavos llegaban a intercambiar sus papeles y obligaciones durante estas fechas. Las Saturnales eran unas fiestas que contaban con un gran arraigo popular, por lo que su supresión una vez convertido el Imperio al cristianismo se presentaba complicada. La festividad coincidía con el solsticio de invierno, momento a partir del cual los días comenzaban a ser otra vez más largos, dando por terminado el período de “oscuridad” y abriendo el camino a un disfrute cada vez mayor del sol. No debe extrañar, por lo tanto, que se reservara un día al final de las Saturnales, en concreto el 25 de diciembre, para celebrar el nacimiento del Sol Invicto (Natalis Solis Invictis).
Se puede leer en numerosos foros que el 25 de diciembre era también la fecha señalada para el nacimiento del dios solar persa Mitra (nótese que ‘mitra’ es el cobertor que luce el papa sobre su cabeza).
La fiesta del Sol Invicto se celebraba justo en los días posteriores al solsticio de invierno, cuando la luz solar iba en aumento y el sol “renacía”. El culto a Mitra, fuertemente relacionado con el del sol, cobró gran relevancia en el Imperio sobre todo a partir del siglo II, y al tratarse de un culto mistérico en buena medida practicado en templos construidos bajo tierra y asociado a una divinidad de origen oriental relacionada con el ciclo de la muerte y resurrección, sus analogías con el cristianismo de la época, dentro de un contexto romano, resultan evidentes. Pese a ello, existió una fuerte rivalidad entre ambas prácticas que terminó con la imposición cristiana, que percibía los ritos mitraicos paganos como una perversión maléfica de los suyos propios.
Sea como fuere, cuando, a partir del año 325 d. C. todo el imperio adoptó el cristianismo como religión oficial, se tardó poco tiempo en suplantar estas fechas por otras de base cristiana y contenido muy similar. Y así, en 350 d. C. el papa Julio I ya sugirió que se celebrase el nacimiento de Jesús el día 25 de diciembre, y cuatro años más tarde, su sucesor Liberio decretó oficialmente aquel día para la celebración.
Al fin y al cabo, ¿qué mejor fecha para conmemorar el nacimiento del “verdadero sol” que era Jesús que la ya existente del Sol Invicto?
Esto revela una imposición de unas festividades cristianas de sesgo político – impuestas en tiempo y forma por el catolicismo- sobre las tradicionales fiestas paganas, del mismo modo que, a lo largo y ancho de todo el mundo cristiano, las iglesias y catedrales fueron construidas a menudo sobre templos paganos o muchos santos representan, en realidad, antiguas divinidades o mitos grecolatinos o nórdicos. De ese modo, la gente adoptaba de mejor grado la nueva religión sin la sensación de pérdida de sus costumbres más arraigadas. Todos contentos.
Cuestión de cálculo y de número impar: 3 y 7
Para el siglo IV ya se había establecido la fecha de nacimiento de Jesús en el 25 de diciembre. Pero, ¿de qué año? La pregunta tuvo una respuesta de manera indirecta en el siglo VI. Para ese momento, las iglesias de Oriente y Occidente ya habían comenzado a marcar territorio y mostrar sus diferencias, y la fijación de una fecha para la celebración de la fiesta de Pascua, en la que había tenido lugar la muerte y resurrección de Jesús, no fue una excepción.
En 526, el papa Juan I quiso poner fin a la polémica con la iglesia oriental y encargó a un monje escita (de la actual Bulgaria o Rumanía) que vivía en Roma que determinara la fecha exacta del nacimiento de Jesús. El monje en cuestión, que tenía fama de ser “el abad más erudito de Roma”, se llamaba Dionisio y era conocido con el sobrenombre de ‘el exiguo’, probablemente por su pequeño tamaño.
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Dionisio el exiguo (Foto: catolicismodigital.com).
Dionisio, el exiguo, fue el responsable del cálculo de la fecha de nacimiento de Jesús por encargo del papa Juan I. Dionisio era, entre otras cosas, un experto en cálculos astronómicos, herramienta necesaria para calcular la fecha exacta de la Pascua judía, puesto que los meses judíos son lunares y la fiesta se celebraba el día 14 del mes judío de Nisán. Este es el origen del problema, pues los años lunares son más breves que los solares, y si no se establece una equivalencia exacta entre ambos, con los años se va creando un asincronismo cada vez mayor, tal como estaba sucediendo en aquel momento.
Por si esto fuera poco, para realizar sus cálculos, Dionisio tenía que lidiar también, por una parte, con los calendarios lunares y, por otra, con un calendario solar juliano que no era tan perfecto como el actual gregoriano. Además, existían diferentes formas de computar el inicio de los años (podía ser, entre otras posibilidades, ab urbe condita, es decir, desde la fundación de Roma en 753 a. C., o bien desde el inicio de reinado de Diocleciano en 284 d. C. o incluso desde la creación del mundo según la Biblia en 3760 a.C.).
Los cálculos de Dionisio le llevaron a una fecha coincidente con los últimos días del año 753 desde la fundación de Roma como el del nacimiento de Jesús. Pero su aportación no quedó ahí. Incómodo ante la perspectiva de fechar el nacimiento de Jesucristo tomando como referencia la fundación pagana de una ciudad o el reinado de un emperador que había perseguido a los cristianos, Dionisio propuso contar los años a partir del nacimiento del Salvador. Y así, el natalicio de Jesús quedó establecido en el 25 de diciembre del 753 ab urbe condita, y el 1 de enero del año siguiente sería el inicio de una nueva forma de contar: el año 1.
Pero la fecha propuesta por Dionisio, basada en criterios astronómicos, no encajaba con las consideraciones históricas sobre las fechas de reinado de Herodes o del censo de Quirino. Caía cuatro años después de la muerte de Herodes y seis años antes del censo de Quirino. ¿Cómo era posible que Dionisio, famoso por su erudición, cometiera semejante error?
Hay dos posibles explicaciones. La primera sería admitir que errar es humano y asumir que Dionisio, sencillamente, se equivocó. La segunda es que Dionisio escogió conscientemente el año 754 ab urbe condita para iniciar su nueva era porque esos dígitos contenían unos números con un valor sagrado, en concreto el 7 y el 27 (múltiplo de 3 y 9). Si así fuera, 754 sería el resultado de 7 (centenas) + 27 + 27, un número perfecto para marcar el cambio de época iniciado con el nacimiento de Cristo.
Sea como fuere, la propuesta de Dionisio acabó por ser aceptada durante los siglos siguientes por todas las iglesias cristianas, y ha acabado por ser universalmente admitida como base cronológica en todo el mundo occidental.
No hay teorema sin corolario
Con los datos que ahora tenemos, si volviéramos a formular la pregunta del inicio, la respuesta de nuestros lectores probablemente sería: Jesús nació aproximadamente en el año 3753 desde la creación del mundo, que fue el trigésimo tercer año de reinado de Herodes en Judea, y también el vigésimo año del imperio del emperador Octaviano Augusto en Roma y el 747 ab urbe condita (7 a. C.), en Nazaret, Galilea.
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