La educación funciona como una infraestructura invisible. Impacta en la productividad, la innovación y la movilidad social. Cuando los aprendizajes son bajos, las brechas de origen tienden a persistir y el desarrollo se vuelve más difícil de sostener.
IDESA publicó un informe acerca del nivel educativo que tienen los 48 países clasificados al Mundial 2026 mientras que Argentina ocupa el puesto 25.
Por eso medir la calidad educativa no es un ejercicio técnico. Es una forma de saber si un país está acumulando capital humano o perdiéndolo sin advertirlo. Sus resultados no deberían quedar en un informe. En los países que lo toman en serio, sirven para identificar rezagos, orientar políticas y evaluar reformas con evidencia comparable. En definitiva, PISA no importa por el ranking, sino porque obliga a una pregunta incómoda: qué tan preparado está un país para el futuro que dice querer construir
2. La tabla de posiciones
La tabla queda liderada con claridad por dos selecciones asiáticas. Japón (533 puntos) y Corea del Sur (523) se despegan del resto del lote por más de 15 puntos, una distancia considerable en la escala PISA. Les sigue un pelotón amplio, entre los 480 y los 510 puntos, donde conviven anfitriones del Mundial, potencias europeas tradicionales y casos que combinan fortalezas dispares: Canadá (506) y Suiza (498) encabezan ese grupo, seguidos por Australia, Inglaterra, Polonia, Estados Unidos, Suecia, Bélgica, Austria, Alemania y Países Bajos, todos dentro de un rango de apenas 26 puntos entre sí.
Un tercer bloque, entre los 460 y los 480 puntos, agrupa a Francia, Portugal, España, Noruega, Croacia y Turquía: países que rondan el promedio de la OCDE (478) sin necesariamente superarlo. A partir de ahí se produce el quiebre más marcado de toda la tabla: ningún país sudamericano, africano o de Medio Oriente clasificado al Mundial llega a los 430 puntos. Uruguay (425) y Catar (422) son los mejor ubicados de ese segundo nivel, seguidos por México (407), Colombia (401), Brasil (397) y Argentina (395), los cuatro dentro de un margen de apenas 12 puntos. Cierran la tabla Arabia Saudita, Panamá, Jordania, Marruecos y Uzbekistán, todos por debajo de los 390 puntos.
¿Quiénes lideran los doce primeros puestos?
Los primeros doce puestos son todos asiáticos o europeos, sin una sola excepción. El país sudamericano mejor ubicado, Uruguay, aparece recién en el puesto 19 de los 30 con datos disponibles —dieciocho lugares por debajo de Japón—.
El podio comparte, más allá de sus diferencias, una misma lógica de fondo: la evaluación no es un evento aislado, sino una pieza que se retroalimenta con el resto del sistema. Japón y Corea del Sur sostienen una cultura de exigencia académica y de medición constante que viene de décadas atrás, y aun así no dejaron de ajustar: ambos vienen corriendo el eje desde la memorización hacia el pensamiento crítico, usando sus propios resultados para recalibrar qué y cómo enseñan. Canadá no tiene un ministerio de educación federal —cada una de sus diez provincias gestiona el suyo, sin currículo único nacional— pero desde 1967 sostiene un Consejo de Ministros de Educación que coordina a las provincias y aplica una evaluación pan-canadiense propia, comparable entre regiones, que les permite saber dónde está cada una sin necesidad de una autoridad central que les dicte el currículum.
3. Dónde queda la Argentina
Argentina se ubica en el puesto 25 de 30, en la parte baja de la tabla. A nivel global, queda apenas dentro de la segunda mitad de los 81 países que participaron en PISA 2022. Está lejos del grupo de mayor desempeño y por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas evaluadas, con una distancia que la propia metodología asocia a varios años de escolaridad. En el contexto regional, tampoco destaca: ocupa el octavo lugar en matemática en América Latina, detrás de Chile, Uruguay, México, Perú, Costa Rica y Colombia, y apenas por encima de Brasil.
Sin embargo, ese promedio nacional oculta diferencias internas importantes. PISA permite ver parte de esa heterogeneidad porque, además de la muestra del país, en 2022 tres jurisdicciones participaron con sobremuestra propia: la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Los resultados muestran realidades educativas muy distintas dentro del mismo sistema.
La Ciudad de Buenos Aires se ubica muy por encima del promedio argentino
La Ciudad de Buenos Aires se ubica muy por encima del promedio argentino, con desempeños cercanos a países europeos de la mitad superior del ranking. Córdoba también supera con claridad la media nacional en las tres áreas, con resultados intermedios en el contexto regional. Mendoza, en cambio, se mantiene prácticamente alineada con el promedio del país. La distancia entre estas jurisdicciones muestra que hablar de “la” educación argentina es una simplificación que oculta diferencias relevantes.
Más allá del puntaje promedio, PISA también permite mirar una dimensión más estructural: los niveles de desempeño, es decir, qué proporción de estudiantes alcanza las competencias mínimas para seguir aprendiendo. En Argentina, menos de un tercio llega al nivel básico en matemática. Eso implica que la mayoría de los estudiantes llega a los 15 años sin las herramientas fundamentales para comprender problemas simples, aplicar conceptos básicos o sostener aprendizajes más complejos en la escuela secundaria. En términos concretos, no es solo una cuestión de posiciones en un ranking: es un punto de partida débil que condiciona trayectorias educativas enteras y, con ellas, las oportunidades de empleo, ingresos y movilidad social en la vida adulta.
4. Conclusión
El ejercicio de cruzar el Mundial 2026 con PISA 2022 no busca una metáfora ingeniosa: busca poner en una misma escala dos terrenos donde Argentina compite con expectativas muy distintas. Los países del podio no se distinguen sólo por obtener mejores resultados, sino por sostener en el tiempo instituciones que convierten la evaluación en decisiones, y las decisiones en mejoras observables dentro del aula.
En ese marco, Argentina aparece con un rezago persistente respecto del promedio de la OCDE y del grupo líder. Y el punto central no es la falta de medición: Argentina evalúa la calidad educativa, participa en PISA y cuenta con su propio operativo nacional, Aprender. El problema no está en el diagnóstico, sino en lo que ocurre después.
La dificultad aparece en la traducción de esa evidencia en cambios sostenidos
La dificultad aparece en la traducción de esa evidencia en cambios sostenidos. El sistema educativo combina restricciones que vuelven esa tarea especialmente compleja: una alta concentración del gasto en salarios, con poco margen para inversión pedagógica sostenida; una estructura federal fragmentada en 24 jurisdicciones con capacidades y criterios heterogéneos; una carrera docente fuertemente basada en la antigüedad más que en el desempeño en el aula; y una formación inicial que, en muchos casos, llega débil y poco conectada con la práctica real de enseñanza. A esto se suma un contexto social más adverso que el de los países con los que Argentina se compara en estos resultados, lo que amplifica las dificultades de aprendizaje.
Al final, la diferencia no está en cuánto se sabe sobre la educación, sino en qué tan capaz es un país de hacer algo con eso que sabe
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