La consecuencia es un mercado que reacciona menos a fundamentos y más a impulsos. Como sintetizó un estratega de Barclays a Bloomberg, el presidente actúa simultáneamente como “pirómano y bombero”: genera incertidumbre con declaraciones agresivas y luego la disipa con mensajes conciliadores. Este patrón no solo distorsiona la formación de precios, sino que introduce un riesgo político difícil de modelar.
Aunque no haya pruebas, muchos dudan de que quizas el presidente de Estados Unidos esté llevándose un rédito propio al poder impactar en los mercados tan linealmente. Hace tiempo, sus propios hijos compraron acciones vinculadas a drones antes de que Trump atacase a Irán, con la obviedad de que sus inversiones cotizarían más ante el comienzo de la guerra.
Una estabilidad que los mercados perdieron
En economías desarrolladas, se espera que los mercados operen sobre información relativamente estable y predecible. Cuando un líder político se convierte en el principal catalizador de volatilidad diaria, esa estabilidad se erosiona. Más aún cuando, como en este caso, el propio mandatario ha alentado explícitamente a los inversores a comprar acciones, utilizando canales oficiales para amplificar movimientos bursátiles favorables.
Algunos defensores relativizan el fenómeno. Señalan que indicadores como el CBOE Volatility Index no muestran niveles de volatilidad significativamente superiores a los de administraciones anteriores, incluyendo la de Joe Biden.
Desde esta perspectiva, lo que cambió no es la magnitud de las oscilaciones, sino la velocidad y el canal de transmisión: redes sociales, titulares instantáneos y algoritmos que amplifican cada palabra.
Ese argumento, sin embargo, omite un punto clave. Aunque la volatilidad promedio no haya aumentado, su origen sí lo ha hecho. Y eso tiene implicancias profundas. Un mercado que depende de impulsos comunicacionales es, por definición, más frágil. La creciente automatización —con carteras pasivas que reaccionan en milisegundos— amplifica aún más ese efecto.
En última instancia, lo que está en juego es la calidad del proceso de formación de precios. Si Wall Street se mueve al ritmo de publicaciones presidenciales, la frontera entre política y mercado se vuelve peligrosamente difusa. Y aunque algunos inversores hayan aprendido a navegar esta dinámica —esperando el “tuit salvador” tras cada caída—, eso no la convierte en saludable.
La normalización de este comportamiento podría ser uno de los legados más problemáticos de la era Trump. Un mercado que ya no escucha primero a la economía, sino al presidente.
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