A esto se suma el riesgo latente de operaciones de compra apalancada (LBO) que aún no han logrado una salida rentable y que dependen fuertemente del financiamiento privado.
“Los flujos son un indicador anticipado de dificultades, tanto porque reflejan las expectativas futuras de problemas como porque ayudan a revelar dichas dificultades”, advirtió Greg Obenshain, de Verdad Advisers, a Financial Times al señalar que estos movimientos anticipan potenciales problemas más profundos.
El crecimiento de los mercados financieros en los últimos años
La advertencia no pasa desapercibida en un mercado que creció aceleradamente en los últimos 15 años, al calor de regulaciones más estrictas para la banca tras la crisis financiera global.
Ese contexto permitió que grandes gestores de activos ocuparan el espacio dejado por los bancos, canalizando miles de millones hacia empresas con mayor riesgo, pero también con retornos más atractivos. Fondos de pensión, fundaciones y, más recientemente, inversores individuales de alto patrimonio fueron seducidos por estas oportunidades.
Sin embargo, este último grupo —los inversores minoristas sofisticados— muestra un comportamiento más volátil. A diferencia de los institucionales, su menor tolerancia a las restricciones de liquidez genera tensiones cuando intentan retirar fondos en masa, chocando con estructuras diseñadas para inversiones de largo plazo.
La respuestas de las firmas
Las respuestas del sector han sido dispares. Algunas firmas, como Blackstone, optaron por flexibilizar los límites de rescate, y aprobaron retiros de más del 5%, para evitar un deterioro en la confianza. Otras, entre ellas Apollo y Morgan Stanley, decidieron restringir los retiros para evitar ventas forzadas de activos, argumentando que estas medidas protegen a los inversores que permanecen en los fondos.
Pese a las salidas, el sector sigue captando capital. Según estimaciones de la firma RA Stanger, solo en enero y febrero se recaudaron US$ 3.500 millones en vehículos de crédito privado no cotizados, lo que evidencia que el apetito inversor aún no desaparece por completo.
No obstante, las señales de alerta se multiplican. Analistas de Moody's recortaron la perspectiva del sector, mientras que desde JPMorgan Chase su CEO, Jamie Dimon, advirtió que las pérdidas podrían ser mayores a las previstas debido al deterioro en los estándares crediticios.
En paralelo, proyecciones de Morgan Stanley estiman que la tasa de default podría escalar del 5% actual al 8% en el próximo año, lo que agregaría presión sobre un sistema que ya enfrenta cuestionamientos.
Lo que durante años fue sinónimo de rentabilidad y expansión ahora empieza a mostrar fisuras. Y aunque aún está lejos de una crisis, el cambio de humor de los inversores sugiere que el ciclo podría estar entrando en una fase más compleja.
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