• En Brasil, las remesas al exterior fueron US$ 13.000 millones por año mientras que la nueva inversión extranjera fue de US$ 26.000 millones por año; así el saldo anual fue una entrada neta de capitales de US$ 13.000 millones por año.
• En Chile las remesas fueron US$ 5.000 millones por año y el ingreso US$ 8.500 millones por año, generando un saldo anual positivo en US$ 3.500 millones.
• En Argentina las remesas al exterior fueron US$ 5.000 millones por año y la nueva entrada fue de US$ 5.200 millones por año, o sea, los ingresos de capital extranjero apenas compensaron las remesas al exterior.
En Brasil y Chile, por cada dólar de remesa de utilidades al exterior, la entrada de nuevo capital extranjero es de casi US$ 2.
Es decir que, aun con remisión permanente de remesas al exterior, el saldo que deja la inversión extranjera en estos dos países son crecientes inversiones en fábricas, empresas, tecnología e innovación.
El eje de la estrategia no es prohibir sacar las ganancias sino, por el contrario, multiplicar la confianza y las oportunidades de negocios para que las empresas extranjeras ingresen más capitales que los que sacan.
En la Argentina, con restricciones y prohibiciones, por cada dólar de remesas al exterior apenas entra otro dólar.
El resultado es que la ampliación de la capacidad productiva queda limitada a la parte del ahorro doméstico que no se fuga.
Peor aún, con el controvertido método con el que se propone estatizar YPF la Argentina tiende a parecerse cada vez más a Venezuela. Allí, en la última década las remesas de utilidades al exterior fueron de US$ 3.000 millones por año y las nuevas entradas de capital apenas US$ 1.000 millones.
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O sea, por cada dólar de remesas al exterior la nueva entrada fue de US$ 0,33. No se trata de casualidad ni ensañamiento injustificado contra Venezuela, sino el resultado de estrategias poco inteligentes.
La Argentina cuenta con abundantes recursos naturales. También tiene 23 millones de personas en edad de trabajar de las cuales sólo 16 millones tienen ocupación y apenas 7 millones son trabajadores asalariados formales en empresas privadas.
Si sólo el 30% de las personas en edad de trabajar tiene un empleo asalariado de calidad, quiere decir que la mayoría de la fuerza de trabajo potencial permanece inactiva o tiene inserciones laborales de baja productividad como estrategias de sobrevivencia a través de la informalidad.
La vía para aprovechar los recursos disponibles e impulsar un proceso de inclusión acorde a la magnitud de los problemas sociales acumulados es impulsar un fuerte aumento en la inversión. Sólo con muchas más fábricas, infraestructura e incorporación de tecnología se podrá afrontar un desafío de semejantes magnitudes.
Despreciar el capital extranjero es garantía de fracaso. En parte, porque la capacidad de ahorro de la sociedad argentina es limitada y, en otra parte, porque las políticas que desalientan el ingreso de ahorros externos también alientan la fuga del ahorro interno hacia el exterior.