Un superávit comercial que huele a ajuste
El saldo acumulado del año muestra un superávit comercial de US$17.200 millones, equivalente al 2,7% del PBI, el más alto en dólares constantes desde 2009. En paralelo, el superávit energético alcanzó los US$5.000 millones, algo que no sucedía desde 2020.
Sin embargo, estos números tienen su contracara: el ajuste feroz en las importaciones es lo que realmente sostiene las cifras. Entre enero y noviembre, las exportaciones subieron 18% interanual, mientras que las importaciones se desplomaron un 20%, lo que desnuda un modelo que descansa más en las restricciones que en un dinamismo genuino de la economía.
Ajuste del superávit
El optimismo no abunda de cara al próximo año. Aunque se proyecta que el superávit comercial cierre 2024 en US$18.300 millones (2,9% del PBI), las perspectivas para 2025 son más modestas: US$8.500 millones (1,2% del PBI).
¿Por qué esta contracción? Principalmente, por un tipo de cambio real más bajo, que impactará negativamente en la competitividad, y por una reactivación económica que generará una mayor demanda de importaciones.
A pesar de estas presiones, se espera que el superávit energético crezca hasta los US$8.500 millones, compensando parcialmente la caída del saldo comercial general. Sin embargo, al excluir este componente, la balanza comercial de 2025 sería neutra, un dato que evidencia la fragilidad de la economía real.
Un modelo insostenible
Los números de la balanza comercial de este año son el reflejo de un modelo que se agota. Si bien el superávit energético es una bocanada de aire fresco, no puede tapar el impacto de un tipo de cambio atrasado, restricciones cambiarias y un ajuste sobre las importaciones que golpea al aparato productivo.
Argentina no puede depender eternamente de apelar a restricciones para sostener el superávit. Argentina no puede depender eternamente de apelar a restricciones para sostener el superávit.
Si no se avanza en reformas estructurales y políticas que impulsen las exportaciones genuinas, el país continuará navegando a la deriva, dependiendo de los vaivenes externos y sin una base sólida para el crecimiento. En 2025, este diagnóstico será inevitable.
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