La estrategia política que tiene en mente Cristina Kirchner, seguramente basada en los razonamientos económicos de Kicillof, consiste en evitar a toda costa que se desate una hiperinflación antes de la entrega del poder pero que sea inevitable en el transcurso del próximo mandato. Solo así se puede entender por qué apoya la gestión de Massa como ministro de Economía mientras reitera su adhesión al socialismo del Siglo XXI de inspiración chavista. Seguramente ella sabe por el gobernador que, si el ministro de Economía no consigue apoyos externos suficientes, el descontrol inflacionario extremo se puede producir en los próximos meses. Pero, al mismo tiempo, no quiere que se implementen ajustes fiscales y de precios relativos que puedan facilitar la gestión económica del nuevo gobierno La estrategia política que tiene en mente Cristina Kirchner, seguramente basada en los razonamientos económicos de Kicillof, consiste en evitar a toda costa que se desate una hiperinflación antes de la entrega del poder pero que sea inevitable en el transcurso del próximo mandato. Solo así se puede entender por qué apoya la gestión de Massa como ministro de Economía mientras reitera su adhesión al socialismo del Siglo XXI de inspiración chavista. Seguramente ella sabe por el gobernador que, si el ministro de Economía no consigue apoyos externos suficientes, el descontrol inflacionario extremo se puede producir en los próximos meses. Pero, al mismo tiempo, no quiere que se implementen ajustes fiscales y de precios relativos que puedan facilitar la gestión económica del nuevo gobierno
Además, Cavallo señaló que si el actual Gobierno concluye su mandato sin enfrentar una crisis traumática, la nueva administración podrá evitar una hiperinflación que tendría un impacto devastador en el poder político. Sin embargo, esto solo será posible si se implementan una serie de medidas. Algunas de ellas incluyen equilibrar las finanzas públicas a través de reformas estatales, privatizaciones y abrir la economía para eliminar las restricciones cambiarias en el mercado comercial, siempre y cuando estas decisiones conduzcan a una apreciación significativa del tipo de cambio en el mercado libre.
La hiper no va a ayudar a estabilizar
Otro artículo de su blog, denominado Aspirar a que una hiperinflación licue gastos y pasivos, lejos de ayudar a estabilizar, se constituirá en un gran obstáculo, explica esto.
Un ajuste fiscal como el que produjo “superávits gemelos” a partir del 2002, decidido por el actual gobierno, desataría la hiperinflación. No creo que Massa lo intente.
Si, porque no lo hace el gobierno kirchnerista, el nuevo gobierno decidiera hacerlo al inicio de su gestión, con esa misma metodología, se verá frustrado su afán estabilizador.
Lo que se necesita es una reorganización de la economía y un ajuste fiscal como el que hicimos entre 1990 y 1991. No como el de 2002 y 2003. Lo que se necesita es una reorganización de la economía y un ajuste fiscal como el que hicimos entre 1990 y 1991. No como el de 2002 y 2003.
Prácticamente, todos los economistas y dirigentes políticos no kirchneristas coinciden en que para estabilizar y volver a crecer se necesita producir un fuerte ajuste fiscal que permita dejar de aumentar el endeudamiento del Banco Central.
Algunos economistas profesionales que se desgarran las vestiduras porque argumentan que Milei con su prédica dolarizadora quiere provocar una hiperinflación, han comenzado a proponer un ajuste fiscal desdolarizador como el que aplicó Remes Lenicov en 2002. Argumentan que para ello se necesita un respaldo político como el que brindaron Duhalde y Alfonsín desde enero de aquel año.
Yo sostengo que si el ajuste fiscal no se hace como el que implemetó el gobierno de Menem entre 1989 y 1991 sino que trata de imitar al que se hizo entre 2002 y 2003, la economía va a entrar en hiperinflación y luego de ello no encontrará ningún régimen monetario capaz de derrotar a la inflación en un mandato presidencial.
La gran diferencia entre las dos estrategias alternativas para el ajuste fiscal radica en el herramental que se utiliza. Una alternativa es usar la reforma del estado, las privatizaciones y la apertura de la economía. Otra alternativa consiste en recurrir a una fuerte devaluación “desdolarizadora” que licue deudas, salarios y jubilaciones, brinde fuerte protección a la sustitución de importaciones y genere recursos fiscales a través de las retenciones agropecuarias, petroleras y mineras.
Voy a utilizar la experiencia de los dos grandes ajustes fiscales de los últimos 35 años para explicar porqué sostengo que el ajuste al que Carlos Melconian bautizó “San Remes”, es lo peor que le puede pasar a la economía argentina. Y le pido disculpas a Remes, porque es injusto utilizar su apellido cuando me consta que el ajuste que hizo no era el que él tenía planeado, aunque diga que lo había estudiado desde 1998. La verdad es que era el que buscaban algunos fuertes empresarios de la Unión Industrial Argentina representados por De Mendiguren, en coalición con los industriales que añoraban la protección del período de encerramiento económico anterior a la convertibilidad. Esos lobbies lograron engañar a Duhalde y a Alfonsín y llevaron a Remes a adoptar las decisiones que, a la postre, le hicieron un daño enorme a la economía.
Si la aceleración inflacionaria licúa los pasivos remunerados y no remunerados del Banco Central antes del cambio de gobierno y reduce gastos del sector público en términos reales y, sobre todo, permite el sinceramiento de todos los precios internos que están atrasados en relación al precio del dólar oficial, será más fácil la aplicación por parte del nuevo gobierno de un buen ajuste fiscal. Pero si nada de esto ocurre antes del cambio de gobierno y el nuevo equipo económico piensa que debe comenzar con un ajuste fiscal al estilo del que se atribuye a Remes, la gestión del nuevo gobierno estará condenada, desde el vamos, al fracaso.
El ajuste fiscal del tipo del que condujo a los “superávits gemelos” del 2002 es incompatible con un plan de estabilización posterior porque supone una violación generalizada de contratos y de derechos de propiedad de quienes ahorraron e invirtieron productivamente en el pasado y deja mucho más desalineados que antes a los precios relativos, los que en la búsqueda de su realineamiento van a generar una puja distributiva muy desestabilizadora en una economía que seguirá con alta inflación y gran inercia inflacionaria.
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