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El Proceso se muere y nadie logra escribir una historia definitiva que permita dejar atrás aquellos años

Horas antes de la muerte de Leopoldo Galtieri y considerando que, además, Eduardo Massera se encuentra mal, Urgente24 difundió el siguiente material sobre la historia de cuando esa gente fue poderosa y maquinaban unos contra otros y contra terceros, coprotagonistas de una historia que aún los argentinos escriben a medias.

Parte de la historia argentina de la queparticiparon Leopoldo Galtieri y Eduardo Massera es el capítulo 68 de la Historia General de las Relaciones Exteriores de la República Argentina (http://www.argentina-rree.com/14/14-042.htm/) y aquí ofrecemos un fragmento: (...) El plan político de Massera se terminó de armar en octubre de 1977. Aunque no tuvo trascendencia oficial, apuntó a la conformación de un "movimiento cívico", un partido político nuevo, que heredaría a través de las elecciones al gobierno militar. Para ello se proponía alentar la emergencia de un "movimiento de Opinión Nacional" que incluyera "a todos aquellos que deseen la verdadera grandeza del país", desde "una izquierda inteligente (donde el peronismo tendría un rol importante) hasta una "derecha controlada". En otras palabras, Massera planteó una especie de "neoperonismo" en donde su figura ocuparía el lugar de Perón con el fin de captar a los sectores obreros, una especie de programa social-demócrata opuesto al proyecto liberal de Martínez de Hoz, cargado con fuertes dosis de oportunismo nacionalista, que le permitirían la adhesión de los sectores "duros" del Ejército y la Marina. (42) La guerra entre Videla y Massera también se desarrolló en el ámbito de la política exterior. Sintiéndose dueño del área de Cancillería por lo establecido en el "cuoteo", Massera se opuso a la designación de embajadores provenientes de partidos políticos impulsada por Videla, llegando a sostener ante el presidente que los embajadores de este origen representaban "el pasado de corrupción, mediocridad y decadencia que había puesto a la República al borde del abismo" y que el Proceso debía revertir. Por cierto, tras esta dialéctica moralista, Massera ocultó su deseo de disputarle espacios de poder a Videla y de utilizar precisamente la política exterior como una herramienta para su proyecto de poder personal. El jefe naval logró, en algunos casos, vetar a embajadores propuestos por los sectores "videlistas" -por ejemplo al peronista Hipólito Jesús Paz- (43) y en otros, los hizo renunciar -caso del embajador argentino en Washington, Arnaldo Musich-. (44) En los casos donde Massera no había logrado ni una cosa ni la otra, directamente los mandó eliminar -los famosos casos de la desaparición y posterior asesinato del embajador "videlista" en Venezuela, Hidalgo Solá, y de la funcionaria de la embajada argentina en París, Elena Holmberg-. (45) Asimismo, Massera dio instrucciones para que la Cancillería no colaborara con las visitas de Videla a Venezuela (mayo de 1977) y a Estados Unidos (septiembre del mismo año), y en general tendió a objetar los viajes de Videla al exterior, pretextando o bien que el país a visitar era una "cueva de subversivos y marxistas", o que bien que "la visita va a ser usada para humillar a nuestro presidente con la campaña antiargentina que elementos subversivos desarrollan en el exterior". Al mismo tiempo, el jefe naval maximizó sus propios contactos en el exterior, a fin de encontrar aliados para su proyecto político. Para ello diseñó una diplomacia paralela a la del entonces presidente, que tuvo como rasgos más destacados las actividades en el Centro Piloto de París. Las entrevistas del jefe naval incluyeron además de colegas de su arma en América latina y en Europa, al jefe de la logia derechista italiana Propaganda Due o P-2, el "Venerable" Licio Gelli, y a figuras ubicadas en las antípodas del pensamiento anticomunista entonces predominante entre los "halcones" del Ejército y la Armada, tales como los dirigentes montoneros exiliados en Europa y el dirigente socialista rumano Nicolae Ceaucescu. (46) Por cierto, como el proyecto de política exterior masserista respondió más a ambiciones personales que a convicciones ideológicas, contuvo elementos que lo acercaron al pensamiento rígidamente occidentalista de los nacionalistas "ortodoxos", y rasgos que lo aproximaron extrañamente a la perspectiva de política exterior del peronismo. Un ejemplo de los primeros fue la identificación del "eurocomunismo" como una forma solapada de imperialismo soviético, que compartieron tanto Massera como los "halcones" del Ejército y la Marina. (47) A su vez, una muestra del sesgo "neoperonista" del discurso de política exterior de Massera fue el contenido de su disertación en la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad Católica Argentina, ocasión en la que el ex comandante en jefe naval sostuvo un discurso de tono notablemente similar al de la "Tercera Posición" peronista: (...) Ante un socialismo colectivista y un capitalismo materialista (...) que buscan igualmente una sociedad que amenaza con la destrucción de los recursos naturales y de la calidad de vida, nosotros aspiramos a constituir un país en que sólo Dios sea más importante que el hombre. Creemos que el mundo se encuentra oprimido por la idolatría de la riqueza en dos formas opuestas que tienen su raíz en la misma adoración de lo material: el socialismo colectivista y el capitalismo materialista. El socialismo colectivista define la justicia a costa de la libertad y, finalmente a costa de la justicia misma. El capitalismo materialista (...) define la libertad a costa de la justicia, a costa de la libertad misma (...). (48) Asimismo, a fines de 1982, Massera, completamente decidido a llevar adelante su proyecto político, mandó colocar en las calles de Buenos Aires afiches de fondo azul con letras blancas que decían lo siguiente: 1945: Perón ó Braden 1982: Massera ó Martínez de Hoz Patria ó Colonia Jamás el movimiento nacional será derrotado por la antipatria (49) Como puede apreciarse, el mensaje de estos afiches, que fueron el punto de partida para la conformación del partido de Massera -Partido para la Democracia Social- tenía una intencional continuidad con el acento nacionalista y antiliberal que caracterizó a los afiches con los que Perón se enfrentara en 1945 a la Unión Democrática. Por otra parte, tras meses de intensas deliberaciones entre los militares de las tres armas, a principios de mayo de 1978 la Junta Militar resolvió que, a partir del 1º de agosto de 1978 terminara el período de "excepcionalidad" de Videla, quien podía seguir ejerciendo la presidencia pero debía renunciar a su cargo de comandante en jefe del Ejército. Esto significaba la introducción de la figura del presidente como un "cuarto hombre", es decir un militar retirado, subordinado a las decisiones de los comandantes en jefe de las tres armas que integraban la Junta Militar, y era una exigencia planteada por Massera desde el inicio mismo del Proceso. (50) En el diseño masserista, el presidente Videla debía ser precisamente ese "cuarto hombre" subordinado a las decisiones de los miembros de la Junta. Sin embargo, cuando el 1º de agosto de 1978 Videla renunció a su cargo de comandante en jefe para ejercer sólo el de presidente, se dio precisamente el efecto contrario al deseado por el alto jefe naval, ya que tras el nuevo reparto ministerial que tuvo lugar en los meses de octubre y noviembre, el poder de Videla, lejos de debilitarse, se vio fortalecido. A ello contribuyeron un conjunto de factores, entre ellos el nombramiento en la comandancia del Ejército de una figura fiel a Videla, la del general Roberto Eduardo Viola; el alejamiento de Massera de la comandancia en jefe de la Marina a mediados de septiembre y su reemplazo por una figura con un perfil más bajo, la del almirante Armando Lambruschini; (51) la alianza de los sectores videlistas con la cúpula de la Fuerza Aérea; la renuncia del canciller, vicealmirante Oscar Antonio Montes, y su reemplazo por una figura proveniente de la Fuerza Aérea, el brigadier Carlos Washington Pastor; (52) y el peso propio de la diplomacia del "superministro" Martínez de Hoz, que atravesaba su fase de apogeo -la conocida etapa de la llamada "plata dulce"-. El momento de máximo poder de Videla como "cuarto hombre" se dio particularmente entre la segunda mitad de 1978 y 1979, al compás del éxito relativo del "programa antiinflacionario" de Martínez de Hoz. No obstante, y tal como ocurriera en el primer tramo de su gestión, Videla siguió encontrando resistencias por parte de los sectores "duros" del Ejército, aliados con Massera, quien, no dejó de atacar al presidente y a su ministro de Economía Martínez de Hoz, en tanto ambos eran los dos obstáculos más importantes para su proyecto de promoción personal. En su pugna con Massera y los "halcones" del Ejército, Videla alternó derrotas con triunfos en esta nueva etapa. Entre las primeras, vale mencionar el frustrado proyecto del presidente Videla y el secretario de la Presidencia Villarreal de formar un gabinete de gobierno más abierto y pluralista, con participación de militantes de distintas expresiones políticas (Martínez Raymonda en Bienestar Social, Oscar Camilión en Relaciones Exteriores; Acuña Anzorena en Trabajo, Rubén Blanco en Educación y Amadeo Frúgoli en Justicia). Ante la resistencia de las demás fuerzas, Videla confeccionó un gabinete con mayor participación militar: el contraalmirante Jorge A. Fraga en Bienestar Social, el brigadier Carlos Washington Pastor en Cancillería, el contraalmirante Horacio de la Riva en Defensa. (53) Pero también Videla obtuvo importantes triunfos sobre los "halcones" del Ejército y la Marina, entre los que cabe mencionar el viaje presidencial a la ceremonia de entronización del Papa Juan Pablo I en Roma en septiembre de 1978; (54) la imposición de la mediación papal sobre la opción bélica con Chile en diciembre del mismo año; el acatamiento de los altos mandos del Ejército a la resolución de la Corte Suprema de Justicia de liberar al periodista y ex director de La Opinión, Jacobo Timerman; (55) y la neutralización del levantamiento del general Luciano Benjamín Menéndez en septiembre de 1979. (56) Finalmente, aunque con sus limitaciones, un triunfo de Videla en su etapa como "cuarto hombre" fue la elección de Viola como su sucesor. Primero, en la comandancia en jefe del Ejército -desde el 1º agosto de 1978 hasta el 29 de diciembre de 1979-, y luego en la misma presidencia -a partir del 29 de marzo de 1981-. Durante esta segunda etapa, el retiro del almirante Massera del servicio activo, producido a mediados de septiembre de 1978, estuvo muy lejos de ser un factor que contribuyera a amenguar sus ataques al presidente Videla y a la política económica de Martínez de Hoz. Massera mantuvo intacto el deseo de ser el heredero del poder que en ese momento tenían Videla y Martínez de Hoz. Así, en un discurso pronunciado a comienzos de junio de 1979 en el Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de Georgetown, en Washington, Massera sostuvo que la política de Martínez de Hoz "ha llevado a la industria argentina a la quiebra". El ministro de Economía, que en ese momento estaba casualmente en Nueva York, hizo serios reproches al ex comandante por ventilar en otro país asuntos de política interna argentina. (57) Massera, lejos de amedrentarse, volvió a atacar a Martínez de Hoz en un documento que salió a la luz el 15 de junio de 1980, en el cual, sin mencionarlo, criticó todos los aspectos de la política económica del ministro. (58) Martínez de Hoz respondió a los ataques de Massera. Sin mencionar explícitamente al ex comandante en jefe de la Armada, el titular de la cartera económica sostuvo que "el país ya está un poco cansado de afirmaciones que son de alguna manera o lugares comunes, con propósitos demagógicos, o inexactitudes muy gruesas". (59) El juego de fuerzas de la interna militar tuvo su innegable correlato en la política exterior, en donde se registraron varios triunfos de los sectores "videlistas" y "violistas" sobre "masseristas" de la Armada y "halcones" del Ejército. Vale destacar, entre muchas otras decisiones que enfurecieron a los "duros", las siguientes medidas del gobierno de Videla: a) respecto de las relaciones con Estados Unidos, la admisión, por parte del régimen militar argentino, de la visita de inspección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA en septiembre de 1979, como medida tendiente a mejorar la imagen argentina en el exterior y particularmente en Estados Unidos; b) en lo referente a las relaciones con Brasil y Paraguay, la firma de un acuerdo tripartito en 1979 que flexibilizaba las exigencias argentinas, acercándolas a las de Itamaraty; y c) en lo vinculado a las relaciones con Chile, la emergencia de la mediación papal como alternativa a la opción bélica impulsada por los "halcones". Por otra parte, en octubre de 1980, la Junta eligió al teniente general (RE) Roberto Eduardo Viola para ejercer la presidencia en el período comprendido entre el 29 de marzo de 1981 y el 29 de marzo de 1984. Contradiciendo abiertamente la imagen monolítica que el régimen militar intentó ofrecer a la opinión pública desde marzo de 1976, el contenido del comunicado de prensa hizo referencia a las intensas disputas inter e intra-fuerzas que acompañaron a la designación del sucesor de Videla: (...) los señores comandantes en jefe han acordado que, por sobre los distintos enfoques existentes, deben tener primacía los supremos intereses vinculados al futuro institucional del país y al mantenimiento de la imprescindible unidad de las Fuerzas Armadas para el logro efectivo de los objetivos y propósitos del Proceso de Reorganización Nacional. (60) Por cierto, Viola, el candidato de Videla, llegó a la presidencia notoriamente debilitado en relación a su antecesor. En primer lugar, el nuevo mandatario se topó con la oposición del entonces comandante en jefe, general Leopoldo Fortunato Galtieri, un "halcón" que ambicionaba para sí la presidencia. Asimismo, Viola también contó con la oposición de un viejo rival, el ex comandante en jefe de la Marina Massera, quien, guiado por el propósito de evitar la sucesión de Videla por otro "blando" como Viola, había impulsado la doble candidatura de Galtieri como comandante en jefe del Ejército y presidente. Tal como había hecho con Videla, Massera intentó por todos los medios debilitar y condicionar a Viola. Así, ya en enero de 1981, el ex comandante en jefe de la Armada no tuvo empacho en declarar que no se podía esperar que el nuevo presidente "opere milagros en un cuerpo demasiado herido, como es el país". (61) En forma coincidente con Massera, los oficiales de la Armada tampoco simpatizaron con la figura de Viola, principalmente por el sesgo "populista" del nuevo presidente. Pero Viola encontró la oposición más importante en el entonces jefe del Estado Mayor de dicha arma, Jorge Isaac Anaya, amigo y compañero de estudios de Galtieri. (62) Asimismo, la condicionada gestión de Viola tampoco contó con el aval de los empresarios, los sindicatos y los partidos políticos. Como la guerra contra la subversión izquierdista estaba prácticamente liquidada, la persistencia del régimen militar fue percibida por estos sectores como una maquinaria asfixiante que ya no tenía su razón de ser. En consecuencia, comenzaron los tiempos de las manifestaciones de los sindicatos y de los partidos políticos. Además, los grupos económicos y financieros argentinos, plenamente identificados con la política económica de Martínez de Hoz, percibieron con inquietud los cambios efectuados por el ministro Lorenzo Sigaut, especialmente en materia de política financiera. En definitiva, debido a la interacción de estos factores, Viola contó sólo con el respaldo de los sectores moderados del Ejército y de la Fuerza Aérea. (63) Al contrario de lo sucedido con su antecesor, el gabinete de Viola no contó con la presencia de una figura fuerte. Esto se notó especialmente en el área económica, donde el dominio del "superministro" Martínez de Hoz fue un rasgo definitorio de la gestión videlista. Mientras durante la etapa de Martínez de Hoz el Ministerio de Economía concentró el conjunto de la gestión de asuntos públicos -incluido el Ministerio de Obras y Servicios Públicos-, durante el gobierno de Viola se procedió a una fragmentación de Economía en cinco agencias ministeriales diferenciadas. En tres de ellas -Agricultura, Industria y Obras Públicas y Servicios- aparecieron ministros representantes de intereses sectoriales y con autonomía respecto del ministro de Economía, Lorenzo Sigaut. Además, Sigaut, a diferencia de Martínez de Hoz, no contó con poder para manejar los instrumentos financieros clave: el crédito del Banco Central y el presupuesto. En otras palabras, la autoridad económica fue descentralizada. Por cierto, ello fue producto tanto de las propias convicciones de Viola y de su ministro Sigaut -quienes no compartían el estilo "centralizado" de la conducción de política económica de su antecesor- como de los cambios de fuerzas que operaron en el interior del Ejército -Viola, que había sido un "aliado" clave de Videla en las disputas interfuerzas, no encontró en Galtieri el respaldo necesario para aumentar su margen político de maniobra. (64) Por último, Viola sintió mucho más que Videla la creciente presión de los sindicatos y los partidos políticos. Por cierto, el fin de la amenaza subversiva privó al nuevo gobierno del elemento legitimador que había permitido a la gestión de Videla contar con la resignación de buena parte de la dirigencia política y sindical durante su primera etapa de gobierno. Un síntoma de la mayor capacidad de presión político-sindical fue la emergencia, el 14 de julio de 1981, de la llamada Multipartidaria, integrada por los partidos justicialista, radical, desarrollista, intransigente y demócrata-progresista. Aunque la Multipartidaria no implicó en esta primera fase de su existencia una ruptura franca de la clase política con las Fuerzas Armadas, lo cierto fue que a partir de su creación la sociedad civil estaba demostrando que el crédito sin garantías que en marzo de 1976 se había otorgado a la dictadura militar estaba llegando a su fin. (65) Finalmente, el 22 de diciembre de 1981, el hasta entonces comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo Fortunato Galtieri, logró su ansiado objetivo de desplazar a Viola de la presidencia. Tanto en política interna como en política exterior, la tercera gestión del Proceso implicó un triunfo de las posiciones más ortodoxas del régimen. (66) Así, al conservar a la vez los cargos de comandante en jefe del Ejército y de presidente, Galtieri retomó el esquema del primer tramo de la presidencia de Videla -es decir, del período transcurrido entre el golpe de marzo de 1976 hasta la creación de la figura del "cuarto hombre" a mediados de 1978-. Este retorno al esquema de "excepcionalidad" que caracterizó el primer tramo del gobierno de Videla le permitió a Galtieri contar con una cuota de poder aún mayor que la de sus dos antecesores en el cargo, gracias a la interacción de dos factores. En primer lugar, el nuevo presidente y a la vez comandante del Ejército logró tener bajo su mando a un arma homogeneizada por las "purgas" que el propio Galtieri había efectuado, asegurándose de pasar a retiro a los sectores "videlistas" y "violistas". (67) En segundo lugar, el nuevo mandatario contó con el apoyo de la Marina, ventaja con la que no contaron ni Videla ni Viola. No obstante, el apoyo naval tuvo un alto precio: el respaldo de Galtieri al viejo proyecto del comandante en jefe de la Armada, almirante Jorge Isaac Anaya, de recuperar por la fuerza las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. (68) Pero, si bien a diferencia de la gestión de Videla, el nuevo presidente y comandante en jefe del Ejército contó con la doble ventaja de un Ejército "homogeneizado" o "galtierizado" y el respaldo de la Armada, no tuvo el "cheque en blanco" de los dirigentes políticos y la sociedad civil que sí había tenido Videla. La ascendente protesta sindical, sumada a los reclamos políticos por una salida electoral, llevó a la nueva gestión militar a optar por el camino de la represión y las recetas ortodoxas para afirmar una autoridad ya carcomida en sus bases de sustentación. El tercer gobierno del Proceso adoptó recetas netamente ortodoxas en dos áreas clave: la política económica y la política exterior. En el primer caso, la designación de Roberto Alemann, significó el retorno al enfoque liberal "ortodoxo" de Martínez de Hoz, interrumpido por la "flexibilización" del ministro Lorenzo Sigaut durante la gestión de Viola. Asimismo, el gobierno de Galtieri adoptó una política exterior occidentalista, totalmente identificada con los intereses estratégicos globales de la administración republicana de Ronald Reagan. Ya en su discurso inaugural, el presidente Galtieri sostuvo que En el plano de la política exterior creo conveniente señalar que la situación de Argentina en el mundo no es compatible con posiciones equívocas o grises susceptibles de debilitar nuestra raíz occidental ni con devaneos o coqueteos ideológicos que desnaturalicen los intereses permanentes de la Nación. (69) Para hacer realidad sus palabras, Galtieri designó como canciller a Nicanor Costa Méndez, ex ministro de Relaciones Exteriores del gobierno del general Juan Carlos Onganía, y una figura claramente identificada con el perfil nacionalista y occidentalista del presidente y del comandante en jefe de la Marina, Jorge Isaac Anaya. Además, Costa Méndez contaba con el apoyo de los oficiales de la Fuerza Aérea, por lo que constituía una figura acorde con el objetivo de Galtieri de "homogeneizar" el frente militar. Vale recordar al respecto que en 1978, Costa Méndez había redactado la parte de política internacional de las "Bases políticas de la Fuerza Aérea" -uno de los documentos base empleados para elaborar el programa político de la Junta Militar-; y que en dichas Bases, el ex canciller de Onganía había defendido la inserción de la Argentina en el "Occidente cristiano". (70) Guiada por este sesgo occidentalista ortodoxo, una de las primeras medidas de la Cancillería fue crear, en enero de 1982, una comisión ad hoc para analizar si la Argentina iba a continuar formando parte del Movimiento de Países No Alineados. Este paso respondía a la sugerencia de algunos militares, entre ellos el agregado militar de la embajada argentina en Washington, general Miguel Angel Mallea Gil, una figura clave del entorno de Galtieri, quien a comienzos de ese año había enviado un informe al presidente, sosteniendo respecto de la participación argentina en No Alineados la necesidad de "iniciar un desplazamiento hacia la periferia, a fin de despegarse y quedar solamente como observadores". (71) Paradójicamente, la guerra de Malvinas no sólo abortó la posible salida argentina del NOAL. Obligó a un régimen tan ortodoxamente occidentalista como el de Galtieri a recurrir a ese foro multilateral con el objetivo de encontrar aliados en su disputa con Gran Bretaña. Así, el canciller Costa Méndez, a su regreso de la Reunión de No Alineados en La Habana de junio de 1982, sostuvo que la participación argentina en dicho foro obedecía a la necesidad de "invertir, modernizar y actualizar" las alianzas del país y revertir el aislamiento externo impuesto a la Argentina por Gran Bretaña, Estados Unidos y los países europeos. Pero, al mismo tiempo, los esfuerzos de Costa Méndez por definir a la Argentina como un "país atípico", que no era estrictamente ni del Tercer ni del Primer Mundo, evidenciaron los esfuerzos de la Cancillería por justificar ante la diplomacia militar las razones de un giro adoptado por la fuerza de las circunstancias y no por convicción ideológica. (72) Por último, cabe señalar que en el ámbito de la política exterior, la dupla Galtieri-Anaya le encomendó al canciller Costa Méndez la misión de resolver -por las buenas o por las malas- dos temas caros a los intereses geopolíticos de los sectores "duros": la recuperación de las islas Malvinas y una solución "justa" a la disputa limítrofe con Chile por el Beagle. Repitiendo una tendencia propia del proceso de toma de decisiones del régimen militar, el margen de maniobra del nuevo ministro de Relaciones Exteriores se vio sumamente condicionado por las exigencias de los "halcones". Ejemplo claro de esto fue el fallido intento de Costa Méndez de condicionar su aceptación del cargo a una promesa del gobierno militar en el sentido de que no se embarcaría en una guerra con Chile. La respuesta de Galtieri a Costa Méndez fue una irónica y contundente advertencia: "Yo llamé a un duro y resulta que ahora vino a verme un blando". (73) La frustrada (y costosa) guerra de Malvinas contra Gran Bretaña, llevada a cabo por el gobierno de Galtieri, generó un fuerte sentido de oposición de la mayor parte de la sociedad civil hacia los militares, cerrando definitivamente la posibilidad de una transición negociada del Proceso a la democracia. Como consecuencia de una profunda decepción colectiva, los militares en su conjunto pasaron a ser percibidos por la sociedad civil como "responsables" de los "excesos" cometidos por la Junta Militar. Por cierto, la derrota militar logró el objetivo contrario al buscado por Galtieri al embarcarse en la guerra. En consecuencia, se incrementó la presión de los partidos políticos y de los sindicatos hacia la vuelta a un régimen democrático sin ningún tipo de condicionamientos por parte de los debilitados sectores militares. A la vez, en el ámbito militar, la frustrada experiencia bélica exacerbó las diferencias entre las armas. La cooperación entre el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, sumamente dificultosa durante todo el Proceso por la coexistencia de rivalidades entre las armas, intereses facciosos y ambiciones políticas personales, se tornó imposible a partir del fin de la guerra. Por cierto, en el balance, la Fuerza Aérea era la que había tenido un mejor desempeño al infligir importantes pérdidas a las fuerzas británicas, mientras que la actuación del Ejército había sido decepcionante. Estas diferencias en la gestión operativa pesaron decisivamente en los conflictos interfuerzas de la etapa post-Malvinas. Tras la renuncia de Galtieri a la presidencia y a la comandancia en jefe del Ejército hacia mediados de junio de 1982, los cuadros de las tres armas comenzaron a acusarse mutuamente por el fracaso de la experiencia bélica. Debido a que fue el arma que menos satisfactoriamente se desempeñó en la guerra, el Ejército sufrió tras la derrota militar el inmediato descabezamiento de sus principales figuras: el hasta ese momento presidente y comandante en jefe Galtieri; el jefe de Estado Mayor, general José Antonio Vaquero, y el secretario general del Ejército, general Alfredo Saint Jean. La comandancia en jefe del arma pasó a manos de otro "duro", el general Cristino Nicolaides, quien polemizaba con los partidos políticos moderados y muy especialmente con los dirigentes de la Unión Cívica Radical. El nombramiento de Nicolaides, partidario de estirar el plazo de entrega del poder lo más posible, fue un obstáculo insalvable en la convivencia del Ejército con las otras dos armas, deseosas de acelerar una transición política hacia el régimen democrático percibida ya como inevitable. En especial, Nicolaides chocó con el titular de la Fuerza Aérea, brigadier Basilio Arturo Lami Dozo, quien pretendió usufructuar la posición favorable adquirida por su arma durante la guerra para recrear el antiguo proyecto videlista de creación de un partido político adicto al régimen militar. El titular de la Armada, almirante Jorge Isaac Anaya, también se distanció del Ejército, acercándose a la Fuerza Aérea. Como consecuencia del cambio en el equilibrio entre las tres armas que provocó la derrota en Malvinas, los oficiales de la Fuerza Aérea y la Armada decidieron dejar aislados a sus colegas del Ejército y por primera vez en todo el Proceso, tomaron la drástica actitud de retirarse del gobierno. El día 22 de junio de 1982 el Ejército decidió asumir la "responsabilidad de la conducción política", designando para el cargo de presidente al general (RE) Reynaldo Bignone. (74) El general Reynaldo Bignone fue el encargado de conducir la inevitable transición hacia la democracia. Ya en su primer discurso oficial, pronunciado el 1º de julio de 1982, el último presidente de facto sostuvo que su misión era la de "institucionalizar el país a más tardar en marzo de 1984". (75) Pero, a pesar del deseo del Ejército de alargar lo más posible los plazos del llamado a elecciones y entrega del poder a las autoridades civiles, ambos se adelantaron, debido a la gran presión de los partidos políticos y del conjunto de la sociedad, que habían optado por el fin del Proceso. Surgida como consecuencia del fracaso de una irresponsable aventura militar, la gestión de Bignone tuvo desde su inicio un margen de maniobra sumamente reducido por las secuelas que la guerra dejó tanto en la sociedad civil como en el ámbito militar. (...) ------------------ Notas: 42. E. Vázquez, op. cit., pp. 81-82 y 133-134; editorial "La guerra que nadie vio" (primera parte), op. cit., p. 10. 43. El peronista Hipólito Jesús Paz figuraba en una lista de embajadores que el secretario y subsecretario de la Presidencia, el general José Villarreal y el abogado y dirigente radical Ricardo Yofre, habían propuesto al presidente Videla. En su pugna con Videla, Massera logró vetar algunos de estos nombres, entre ellos el de Paz, sosteniendo que "no podía admitir a un peronista en esa función". Ver al respecto C. Uriarte, op. cit., pp. 125-126, y E. Vázquez, op. cit., p. 69. 44. Arnaldo T. Musich era embajador argentino en Washington. Identificado con la línea "liberal" de Videla-Viola-Villarreal-Yofre, Musich procuraba eliminar del régimen los elementos "duros" u "ortodoxos" como Carlos Suárez Mason o Ibérico Saint Jean, como lo demuestra una declaración suya sosteniendo que "una vez terminada en Argentina la operación de cirugía mayor que suponía la extirpación del cáncer subversivo" habría que proceder "a limpiar el bisturí". A la vez, con estas declaraciones, Musich buscaba mejorar la imagen del presidente Videla en Washington. Pero además, el embajador protagonizó un serio entredicho con el canciller César Guzzetti por el arresto e incomunicación del sacerdote norteamericano James Weeks en Córdoba. Posteriormente, cuando Weeks fue expulsado de la Argentina por decisión de la Junta Militar, fue recibido en Washington por el embajador Musich, decisión que irritó profundamente al canciller. Guzzetti, que respondía a Massera, optó por recurrir entonces al presidente Videla, sosteniendo que "O se va él (Musich) o me voy yo". Ante la disyuntiva, el presidente concedió la exigencia del canciller y Musich debió abandonar la embajada en Washington el 20 de septiembre de 1976. Sobre causas de la renuncia de Musich, ver C. Uriarte, op. cit., pp. 168-169; E. Vázquez, op. cit., pp. 69-70; y los editoriales "Disensos y alineamientos", por Joaquín Morales Solá, Clarín, 19 de septiembre de 1976, p. 8, y "La guerra que nadie vio" (primera parte), op. cit., p. 9. 45. Héctor Hidalgo Solá era un político radical, que había sido designado embajador en Venezuela. Las declaraciones de Hidalgo Solá efectuadas desde Caracas a principios de julio de 1977, acerca de la proximidad del proceso de institucionalización y de la formación de un gobierno cívico-militar para 1978, irritaron tanto a los "halcones" del Ejército como a los "masseristas", según lo prueba una nota del boletín político Convicción de julio de 1977, que consideraba "imprudentes" estas declaraciones. También molestaron a Massera las negociaciones emprendidas por Hidalgo Solá tendientes a un encuentro entre Videla y el presidente socialdemócrata venezolano Carlos Andrés Pérez en Caracas, que se oponían a la estrategia masserista de evitar todo contacto del presidente con el exterior. Por último, otra causa de disgusto para el almirante fueron los contactos del embajador con el dirigente sindicalista Casildo Herreras en Venezuela, que estorbaban la estrategia masserista de cooptar a los dirigentes peronistas para su proyecto político. El canciller Guzzetti intentó obtener la renuncia de Hidalgo Solá, pero el embajador fue respaldado por Videla. Debido al fracaso de esta jugada, Massera mandó a sus hombres a secuestrar y eliminar a Hidalgo Solá. Este hecho fue acompañado por otros dos acontecimientos sospechosamente sugestivos: la explosión de una bomba en casa de Yofre y la designación de Federico Barfeldt, un hombre de confianza de Massera, al frente de la embajada en Caracas. El jefe naval deseaba eliminar tanto a Yofre como a Hidalgo Solá, en tanto obstaculizaban su deseo de llegar a ocupar el sillón presidencial. Ver respecto de las declaraciones de Hidalgo Solá y las razones de su asesinato los trabajos de O. Troncoso, op. cit., pp. 43-44 y 46; M.A. Yanuzzi, op. cit., p. 81, y C. Uriarte, op. cit., pp. 160-166. También los editoriales "La guerra que nadie vio" (primera parte), op. cit., p. 9, y "El caso Hidalgo Solá y el diario Convicción", Convicción, 24 de octubre de 1982, p. 10, que hace referencia a la nota del boletín político Convicción de julio de 1977 titulada "El Dr. García Venturini y el embajador Hidalgo Solá" donde califica de "imprudentes" las declaraciones de Solá. Por su parte, Elena Holmberg era una funcionaria diplomática de segundo orden de la embajada argentina en París, que accedió a información sobre los contactos de Massera con los dirigentes montoneros y sus movimientos en el Centro Piloto de París, inicialmente creado por la Junta Militar para desarrollar una ofensiva propagandística que revirtiera la imagen negativa que existía en Europa respecto del régimen argentino. Holmberg comunicó sus informes a Videla, al general Santiago Omar Riveros, comandante de Institutos Militares (Campo de Mayo) y al capitán de navío Walter Allara. En diciembre de 1978 Elena Holmberg fue secuestrada por dos oficiales de la Marina vestidos de civil, los tenientes Enrique Dunda y Jorge Radice, y posteriormente fue asesinada. Ver al respecto C. Uriarte, op. cit., pp. 202-205 y 223-226. Consultar también editorial "¿Quién era Elena Holmberg?", Somos, Nº 314, 24 de septiembre de 1982, que subraya las interferencias entre la diplomática y los oficiales navales en el Centro Piloto de París. 46. En sus contactos con Montoneros y dirigentes peronistas en el exilio, Massera procuró negociar una tregua en la campaña anti-Proceso montada por estos grupos en Francia, a fin de evitar que ésta afectase el Mundial de Fútbol organizado por la Argentina en 1978. Pero también el jefe naval procuró definir con sus interlocutores los términos del retorno a una normalización política y sindical en la Argentina, donde Massera tuviera el liderazgo frente a los intentos que en la misma dirección protagonizaban, por un lado, el trípode Videla-Villarreal-Yofre con los partidos políticos, y por otro, Viola y los dirigentes sindicales que estaban en la Argentina. Ver al respecto C. Uriarte, op. cit., p. 104; 125-126; 144 y 155; R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 18; "La guerra que nadie vio" (primera parte), op. cit., pp. 10-11, y "La guerra que nadie vio" (segunda parte), op. cit., pp. 18-19 y 21. 47. Ver al respecto el editorial "El eurocomunismo como estrategia de confusión", del diario masserista Convicción, 23 de julio de 1978, p. 4, donde sostiene que el eurocomunismo "(...) tiende a conseguir una declinación de la hegemonía militar norteamericana en Europa Occidental y primordialmente en las naciones mediterráneas, cuyo mar, de aguas siempre templadas, constituye la salida permanente más querida por la marina soviética". 48. "Massera sentó las bases...", op. cit., p. 13. 49. "La guerra que nadie vio" (primera parte), op. cit., pp. 10-11. 50. Ver al respecto O. Troncoso, op. cit., p. 120, y editorial "Cómo se eligió al cuarto hombre?", Somos, Nº 85, 5 de mayo de 1978, pp. 8-9. Vale acotar que no sólo Massera era partidario de la figura del "cuarto hombre" por su personal interés en debilitar el poder de Videla dentro de la Junta. También el titular de la Fuerza Aérea, brigadier general Orlando Ramón Agosti, había confesado a la revista Extra a fines de 1977 su marcada preferencia por la neta diferenciación de las funciones de presidente y comandante en jefe. Reportaje de Extra al comandante en jefe de la Fuerza Aérea, brigadier general Orlando Agosti, en editorial "El valor de la prudencia o el silencio habla", Extra, Nº 150, diciembre 1977, p. 15. 51. No obstante, no conviene exagerar la importancia del retiro de Massera de la comandancia en jefe de la Armada, en tanto fue un mero acto formal que no debilitó a los sectores "masseristas" del arma. Lambruschini era una figura débil e influenciable y Massera siguió manejando a almirantes y capitanes en una suerte de comandancia paralela. Esto llevó a una situación de dualidad, donde los oficiales navales cumplían órdenes contradictorias, emanadas tanto del Edificio Libertad -sede institucional de la Armada-, como de las oficinas instaladas por Massera en la calle Cerrito. C. Uriarte, op. cit., p. 212, y C.M. Túrolo, op. cit., pp. 108-110. 52. El editorial "La falta de definición en las jurisdicciones", por Observador, La Prensa, 28 de octubre de 1978, p. 7, señala que la renuncia del vicealmirante Oscar Antonio Montes a fines de octubre de 1978 se debió tanto a su cansancio por la indiferencia que sentían hacia su persona el presidente Videla y los demás integrantes de la Junta Militar, como por las interferencias que el canciller debió soportar en sus gestiones diplomáticas externas. Percibiendo que su rol era prácticamente inexistente frente a las diplomacias militar y económica, Montes renunció y este hecho dio lugar a una nueva redistribución de influencias en la interna del régimen. La renuncia de Montes fue un hecho importante, en tanto marcó el fin de los cancilleres de origen naval y el inicio de una mayor influencia del Ejército -y en menor grado de la Fuerza Aérea- en el Ministerio de Relaciones Exteriores, hasta ese momento un área privativa de la Armada. Además, como el reemplazante de Montes, el brigadier Carlos Washington Pastor, era cuñado del presidente Videla, su designación al frente de la Cancillería prometía un mayor grado de concordia entre Presidencia y Cancillería, aunque -como lo demostraron los prolegómenos del viaje de Videla a China en junio de 1980- esta mayor armonía no se trasladó a la relación entre Pastor y el ministro de Economía Martínez de Hoz. Ver al respecto R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., pp. 19-20 y p. 21, nota 22. 53. E. Vázquez, op. cit., pp. 80-81. 54. La Armada, cumpliendo órdenes de Massera, intentó boicotear el viaje de Videla a Roma. Ante la amenaza de renuncia del presidente, los oficiales navales cambiaron su posición, pero Videla tropezó con la falta de colaboración de la Cancillería en la confección de la agenda de su visita, que pasó a ser manejada exclusivamente por los hombres de la Presidencia. El propio presidente Videla, al ser entrevistado por un periodista de la agencia oficial italiana de noticias ANSA, sostuvo en la capital italiana que "Hay personas que han hecho de todo para impedir esta visita mía a Italia y al Vaticano". Ver "Videla en Roma", Somos, Nº 103, 8 de septiembre de 1978, p. 8, fuente también citada en R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 20; "La guerra que nadie vio" (primera parte), op. cit., p. 11, y C. Uriarte, op. cit., p. 210. 55. Jacobo Timerman estaba preso desde el 22 de abril de 1977 bajo el cargo de estar vinculado con el caso Graiver y los Montoneros. Estuvo treinta meses preso, primero en centros de tortura clandestinos, luego en dependencias oficiales y finalmente en su domicilio. El 24 de septiembre de 1979 la Corte Suprema de Justicia dictaminó la revocación de la privación de libertad que pesaba sobre Timerman. Ese mismo día, seis de los generales de división convocados por Viola para pronunciarse sobre la decisión de la Corte se opusieron a ésta (Luciano Benjamín Menéndez, Carlos Suárez Mason, Leopoldo Galtieri, José Montes, Luciano Jáuregui y Oscar Gallino). En el difícil contexto de la presencia en Buenos Aires de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), y de las acusaciones de antisemitismo que recibió el gobierno de Videla por el apresamiento de Timerman, Videla y Viola decidieron mejorar la imagen del régimen y prometieron a los miembros de la CIDH la liberación de Timerman. Para ello, ambos debieron vencer las objeciones de los generales de división. Uno de los "halcones", Luciano Benjamín Menéndez -comandante del III Cuerpo de Ejército- mantuvo su negativa respecto de sacar de la prisión a un "marxista", amparado además por el lobby judío norteamericano. Para torcer el rumbo de la interna militar, Videla amenazó con renunciar si no se acataba la decisión de la Corte, factor que terminó por decidir el voto favorable de la Junta a la liberación de Timerman. También jugaron un papel importante la presión del gobierno de Israel y de la Organización Sionista Internacional. Respecto del primero, cabe recordar que a fines de julio de 1979, el entonces embajador de Israel en la Argentina, Ram Nargard, expresó ante las autoridades argentinas su preocupación por el "arresto domiciliario" de Jacobo Timerman. Nargard sostuvo que "Timerman es judío, y tiene su lugar en Israel si quisiera allí vivir". El gobierno de Videla, para conformar a los "halcones" del Ejército y la Marina, calificó las expresiones del embajador como una "intromisión en la política nacional". En cuanto a la Organización Sionista Internacional, vale acotar que su presidente, León Dultintzin, había viajado a Buenos Aires para solicitar la liberación de Timerman. Finalmente, Timerman fue expulsado de la Argentina en septiembre de 1979 tras ser despojado de su ciudadanía argentina, en lo que constituía una solución de compromiso entre la postura "flexible" de Videla-Viola, y la "dura" de los "halcones" de la Marina y del Ejército. Ver respecto del caso Timerman y sus efectos dentro de la interna del régimen militar los editoriales "Timerman", Extra, Nº 170, agosto 1979, p. 8; "Un embajador poco diplomático", Somos, Nº 151, 10 de agosto de 1979, p. 15; "La Junta Militar dispuso, además, privarlo de la ciudadanía argentina. Timerman, expulsado por un decreto del Poder Ejecutivo, abandonó el país", Convicción, 26 de septiembre de 1979, p. 1; "Timerman: un viaje sin retorno", Somos, Nº 158, 28 de septiembre de 1979, pp. 4-7 y "Camps cuestionó la decisión de dejar libre a Timerman", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 7 de julio de 1981, p. 1. Ver también los trabajos de Reynaldo B.A. Bignone, El último de facto. La liquidación del Proceso. Memoria y testimonio, Buenos Aires, Planeta, 1992, pp. 89-91; C.M. Túrolo, op. cit., pp. 127-129; B. Passarelli, op. cit., pp. 107-108, nota 1, y Eduardo Anguita y Martín Caparrós, La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina, Buenos Aires, Norma, 1997, tomo III, p. 308. 56. Acerca de las causas del levantamiento de Menéndez ver los editoriales "Editorial. Con los dientes apretados", por Bernardo Neustadt, Extra, Nº 172, octubre 1979, pp. 13-15; "El levantamiento de Menéndez", Somos, Nº 159, 5 de octubre de 1979, pp. 4-6 y "La carta de Menéndez", Extra, Nº 173, noviembre 1979, p. 3. Ver también los trabajos de R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", p. 20; R. Bignone, op. cit., pp. 91-92; C.M. Túrolo, op. cit., pp. 137-138, y C. Uriarte, op. cit., p. 243. 57. C. Uriarte, op. cit., p. 238 y 244-245. 58. El documento crítico hacia Martínez de Hoz fue concebido como una exhortación a la fibra nacionalista de las Fuerzas Armadas. Documento del ex comandante en jefe de la Marina, almirante Emilio Eduardo Massera, en Convicción, 15 de junio de 1980, pp. 12-13, y en C. Uriarte, op. cit., pp. 244-245. 59 Ver respuesta del ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, citada en "Diversas repercusiones originó el documento político difundido por el almirante Massera", Convicción, 17 de junio de 1980, pp. 12-13. 60. Texto del comunicado de prensa citado en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 4 de octubre de 1980, p. 6, y R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 21. 61. "No podemos esperar milagros de Viola, manifestó Massera", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 29 de enero de 1981, p. 4. 62. Vale acotar que, a pesar del mayoritario rechazo de los oficiales de la Marina hacia su figura por "populista" o "peronizante", el presidente Viola contó con el esporádico apoyo del almirante Armando Lambruschini, quien reemplazó a Massera como comandante en jefe de la Marina a partir de mediados de septiembre de 1978. Lambruschini no compartía el perfil político que Massera había otorgado a la Armada, y fue un factor de equilibrio en la relativa continuidad de Viola. Sin embargo, con el desplazamiento de Lambruschini por el almirante Jorge Isaac Anaya en la titularidad de la Armada a partir de octubre de 1981, Viola perdió un aliado y se ganó otro enemigo, ya que Galtieri y Anaya mantenían una larga amistad, que se remontaba a los tiempos de estudio en el Liceo Militar Gral. San Martín. Ver al respecto A. Fontana, op. cit., p. 39, notas 9 y 14; R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 23, y R. Bignone, op. cit., pp. 113-115. 63. Ver respecto de la precariedad del gobierno de Viola los trabajos de A. Fontana, op. cit., p. 4: C. Uriarte, op. cit., pp. 245-247; R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., pp. 21-22, y Roberto Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos: del ‘alineamiento heterodoxo’ a la ‘recomposición madura’", en Mónica Hirst (compiladora), Continuidad y cambio en las relaciones América Latina-Estados Unidos, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1987, p. 30. Asimismo, consultar el editorial "Historia secreta de la caída de Viola", Somos, Nº 351, 10 de junio de 1983, pp. 50-57. 64. Ver estas diferencias entre el gabinete Videla y el gabinete Viola en el editorial "El gabinete Galtieri", A fondo, Nº 15, diciembre 1981-enero 1982, pp. 59-60. 65. M.A. Yanuzzi, op. cit., pp. 433-435. 66. Respecto de la preferencia de Galtieri por las opciones "ortodoxas", consultar el editorial "Galtieri makes a choice for toughness", by James Nelson, Buenos Aires Herald, December 20, 1981, pp. 3 y 15. También B. Passarelli, op. cit., p. 215. 67. R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 23, y B. Passarelli, op. cit., p. 215. 68. A decir verdad, la alternativa de invasión y recuperación de las islas Malvinas fue una obsesión del comandante en jefe de la Marina, Jorge Isaac Anaya, y no de su colega del Ejército Galtieri, quien se inclinaba más por el Beagle como escenario para hacer demostraciones de dureza en política exterior. No obstante, la necesidad de devolver el favor que Anaya le hizo a Galtieri -al ayudarlo a sacar del medio a Viola- inclinó al nuevo presidente a otorgar "luz verde" a los deseos de Anaya. Vale aclarar que ya en sus tiempos como comandante de la Flota de Mar, en 1977, Anaya había elaborado un plan de recuperación por la fuerza de las islas Malvinas por expreso encargo del entonces comandante en jefe de la Armada, almirante Emilio Massera. Este plan, entregado por el propio Massera a los integrantes de la Junta Militar, no contó con el aval de los sectores "videlistas" y "violistas" del Ejército. Pero la llegada a la presidencia de un "halcón" del Ejército, el general Galtieri, en diciembre de 1981, y la vieja relación que éste mantenía con Anaya como compañeros de estudio en el Liceo General San Martín, fueron factores que hicieron posible que el viejo plan de Massera de invasión a las Malvinas pudiera concretarse. Hacia mediados de diciembre Galtieri dio su visto bueno al plan de Anaya, al que se sumó el respaldo del titular de la Fuerza Aérea, brigadier Basilio Lami Dozo. Lograda esta inédita convergencia de posiciones entre los miembros de la Junta Militar, en la reunión del 6 de enero de 1982 se decidió la invasión de las Malvinas. A su vez, en la reunión con los altos mandos del Ejército que tuvo lugar tan sólo dos días después, Galtieri ordenó a sus subordinados la consigna de "tener al día los requerimientos de logística y de operaciones, ya que el poder militar, en el curso de este año, puede ser usado en el Beagle o en Malvinas, o incluso en ambos lugares simultáneamente". Ver respecto del plan de la Armada los trabajos de Oscar R. Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo Van der Kooy, Malvinas. La trama secreta, Buenos Aires, Planeta, 1983, especialmente pp. 19-21, 36 y 39-40; R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 23; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 36, y B. Passarelli, op. cit., pp. 213-214 y 217. 69. Discurso inaugural de Galtieri, en Convicción, 14 de enero de 1982, p. 1. También citado en R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 36-37; O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., p. 22, y R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 23. 70. O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., p. 36. Asimismo, en la nota de presentación del canciller Nicanor Costa Méndez de La Nación del 19 de diciembre de 1981, se destacaba que el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, como colaborador permanente del matutino, "(...) publicó numerosos trabajos acerca de la integración y de la naturaleza del denominado Tercer Mundo y criticó la alineación de nuestro país a ese nucleamiento de naciones". Ver al respecto R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 35-36. 71. Ver al respecto el llamado "Informe Mallea Gil", citado por La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 23 de junio de 1982, p. 4, y la tesis de Raúl Ricardes, "Análisis jurídico y político del Movimiento de Países No Alineados", tesis doctoral, Buenos Aires, 1987, p. 102. 72. Ver declaraciones del canciller Nicanor Costa Méndez a un enviado de Clarín en editorial "Reversión de alianzas", Clarín, 5 de junio de 1982, p. 6, fuente citada en C.J. Moneta, "El conflicto de las islas Malvinas en el contexto de la política exterior argentina", en Roberto Russell, (comp.), América Latina y la guerra del Atlántico Sur: experiencias y desafíos, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1984, p. 34. 73. O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., p. 36. 74. Sobre el proceso que llevó a la destitución de Galtieri, véase el editorial "Entretelones de una designación", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 18 de junio de 1982, p. 5, y el trabajo de R. Bignone, op. cit., pp. 123-124. Ver también R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 24; y los editoriales "Solamente el Ejército", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 2 de julio de 1982, p. 1; "Una crisis apenas cerrada", por Angel Anaya, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 2 de julio de 1982, p. 3, y "La crisis militar", Criterio, Nº 1884, 8 de julio de 1982, pp. 329-330. 75. Mensaje del presidente Bignone, 1º de julio de 1982, transcripto completo en Convicción, 2 de julio de 1982, pp. 12-13. (...)

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