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La otra apuesta: Chile y la crisis energética

Por Andrés Benavente Urbina (*) Hace algunos días, luego de la visita presidencial a Argentina, el ministro de Relaciones Exteriores Alejandro Foxley declaró que en este año Chile soportaría mayores restricciones de abastecimiento de gas natural trasandino que en 2005. El gobierno dio una clara señal de que el problema energético hay que enfrentarlo con decisión al pedir a British Gas la aceleración de la ejecución del proyecto Gas Natural Licuado, avanzando en la construcción de un terminal de regasificación que recibirá el gas que llegará por vía marítima desde diversas partes del mundo.

Hay que destacar positivamente el sinceramiento de las autoridades que no ocultan ni disfrazan el problema, pudiendo decirse lo mismo sobre la categórica respuesta que dio la presidenta Bachelet a un medio de prensa argentino en orden a que Chile no ingresará al Mercosur por cuanto "ello significaría un retroceso y lo que Chile no puede hacer es dejar de avanzar". Si en 2004 lo central del asunto energético fue quejarse de las trabas que colocaba el gobierno de Kirchner a las empresas proveedoras de gas natural a Chile a través de las restricciones a las exportaciones y si en 2005 estuvo marcado por la pretensión de construir un "Anillo Energético" en la región que al final quedó en un infinito suspenso, ahora se advierte que tanto en el sector empresarial como en el gubernativo prima la urgencia de avanzar rápidamente hacia la diversificación de las fuentes abastecedoras de energía. El aumento de la demanda interna de energía argentina es real y puede entenderse que el gobierno de ese país le quiera dar una atención preferente. Lo que incomoda de Kirchner es que sobre esa base real genere las condiciones de incumplimiento de contratos, pero ello no debe hacer olvidar que hoy Argentina no es un país gasífero y, por lo tanto, no puede ser el gran abastecedor de gas natural para Chile, como con ingenuidad se creyó en el promedio en los noventa. De otra parte, el proyecto de construir un "Anillo Energético" parecía atractivo. En él podría concretarse más de uno de los habituales discursos integracionistas que políticos de nuestros países pronuncian en las llamadas visitas de Estado. Sin embargo, a poco andar quedaron al descubierto las falencias: en el proyecto original no estaba incluida Bolivia, gran poseedor de gas natural, porque atravesaba por una de esas endémicas crisis políticas que la afectan y hoy, de incluirse, ofrecería un escenario marcado por una enorme inseguridad jurídica en el plano de las inversiones y de los contratos; Perú, como Argentina, señalaba que el abastecimiento que podía ofrecer era con posterioridad a la satisfacción de la demanda interna, por lo que lo que se estaba forjando no era sino un "anillo de conflictos", que ciertamente opacarían nuestra amistad vecinal. Enfrentado Chile al desafío de bajar su vulnerabilidad energética ha decidido apostar a reflotar las construcciones de centrales hidroeléctricas, dado que somos un país con abundancia de recursos hídricos, y considerar al gas natural licuado como fuente energética. Lo del ahorro de energía no puede ser sino una medida coyuntural enfrentar situaciones de emergencia, pero en ello no puede cimentarse una política definitiva. Lo anterior importa, en el plano nacional, dejar de considerar como válida cualquier presión ambientalista sobre la construcción de represas, como ocurrió en los noventa con la oposición dilatoria del fundamentalismo ecológico a la Central Ralco, para asumir que no será posible perseverar en la búsqueda del desarrollo si no se asume que una insuficiencia energética puede ser un factor de entrabamiento y parálisis de ese objetivo. Dicho de manera más directa, una crisis energética sostenida es una barrera para el crecimiento.
 
 
* Politólogo, investigador de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Diego Portales. Fuente: El Diario de Chile.

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