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Belgrano, un héroe de la Patria que no tenemos

Hubo tiempos cuando la Argentina tuvo líderes inmensos. Manuel Belgrano fue uno de ellos. En junio es el aniversario de su nacimiento y de su muerte. Pudo haber fundado las bases de una economía sólida en el Río de la Plata pero debió salvar a la Revolución.

Manuel José Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús Belgrano Peri y González Casero nació el 3 de junio de 1770, en la Ciudad de Buenos Aires, capital del Virreynato del Río de la Plata. En el libro parroquial de bautismos de la Iglesia Catedral de Buenos Aires, iniciado en el año 1769 y concluido en el de 1775, se lee al final de la página 43: "En 4 de junio de 1770, el señor doctor don Juan Baltasar Maciel, canónigo magistral de esta santa iglesia Catedral, provisor y vicario general de este obispado, y abogado de las reales audiencias del Perú y Chile, bautizó, puso óleo y crisma a Manual José Joaquín del Corazón de Jesús, que nació ayer 3 del corriente: es hijo legítimo de don Domingo Belgrano Pérez y de doña Josefa González: fue padrino D. Julián Gregorio de Espinosa". El nombre Sagrado Corazón de Jesús fue porque junio es el mes consagrado a esa liturgia católica. Manuel fue el cuarto hijo de un matrimonio que tuvo ocho varones y tres mujeres. El padre, Domingo Francisco Belgrano y Peri, había llegado al Virreynato del Río de la Plata en 1751, natural de Oneglia, en la Ligura, Génova, pero natulizado español en Cádiz. Él prosperó en Buenos Aires; integró el núcleo de comerciantes importantes; y fue capitán de Milicias Urbanas. El 4 de septiembre de 1757 contrajo matrimonio con María Josefa González Casero, hija de don Juan Manuel González de Islas, nacido en Santiago del Estero;  y de la porteña doña María Inés Casero Salaar; nieta del español Juan Guillermo González de Aragón, fundador de la Hermandad de la Caridad y de la iglesia de San Miguel en Buenos Aires; quien fue regidor y maestre de campo de Santiago del Estero. Domingo Belgrano y Peri le  dio a su numerosa familia, una educación esmerada y vida cómoda, hasta que sufrió un quebranto financiero poco antes de su muerte, en 1795, y sus  hijos debieron hacerse cargo de las obligaciones pendientes. Domingo Belgrano hijo estudió en el convento de Santo Domingo, y al igual que sus padres, simpatizó con la Tercera Orden Dominicana. Por eso sus restos reposan en ese convento. Cursó sus estudios secundarios en el Real Convictorio Carlino (Colegio San Carlos), donde recibió una educación basada en las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino. Su maestro Luís Chorroarín, le enseñó latín y filosofía, y le fue concedido su diploma de Licenciado en Filosofía el 8 de junio de 1787, cuando ya se encontraba en España adonde lo había enviado su padre para instruirse en el comercio. Tenía 17 años. La economía En España, estudió en la Universidad de Salamanca y luego en la de Valladolid, en la que se graduó en Leyes, en 1793, desechando la idea de cursar el doctorado. Sí hizo en España práctica tribunalicia y estudió idiomas.
Belgrano leyó al francés Francois Quesnay, fundador de la ‘secta de los economistas’. Quesnay, de gran prestigio en Versalles, y a quien Luis XV llamaba "mi pensador", publicó el ‘Tableau Economique’, en 1758. Fue un intento pionero de analizar la economía como un sistema de relaciones entre sus diversos sectores o clases. Y fue el acta fundacional de la escuela económica conocida como Fisiocracia (etimológicamente: "gobierno de la naturaleza"), que anunciaba la etapa de nacimiento de la economía como disciplina científica autónoma. Karl Marx llegó a afirmar acerca del ‘Tableau’: "(...) jamás la economía política había concebido una idea más genial" . El pensamiento de los fisiócratas ha quedado asociado a dos conceptos: > la afirmación de que el único sector que genera riqueza (producto neto) es el agrícola, y > la convicción de que existe un orden en la naturaleza que no debe ser violentado por acción del hombre. Basándose en esta creencia, los fisiócratas postulan que la mejor forma de garantizar el desarrollo de una economía es la no intervención. ‘Laissez faire’ (‘dejar hacer’) fue la consigna que enarbolará el liberalismo económico. El impulso de las nuevas formas del capitalismo ya no necesitaba de las reglamentaciones excesivas que ayudaron a su nacimiento, pero que ahora obstaculizaban su desarrollo y expansión. Muy joven, Belgrano fue presidente la Academia de Práctica Forense y Economía Política de Salamanca; y tradujo del francés un tratado de ‘Principios de la Ciencia Económico-Política’ que publicó en Buenos Aires en 1796.
Belgrano recibió también la influencia de Adam Smith, autor de ‘Investigación sobre la naturaleza y causas de la Riqueza de las Naciones’ (1776), un creyente de los mecanismos de ajuste automático de los mercados en la economía capitalista. Belgrano también leyó a otros autores (como Galiani, Genovesi, y Jovellanos), advirtiendo que trasladar el nuevo paradigma a su tierra requería adaptaciones. Es por ello que, al analizar la realidad y difundir sus ideas en Buenos Aires, su posición fue más ecléctica y su liberalismo más moderado. Las condiciones institucionales y de desarrollo más atrasado de las tierras del sur de América le exigieron que fuera más cuidadoso a la hora de difundir y postular la aplicación de las nuevas ideas. A fines de 1793 recibió la comunicación oficial de que había sido nombrado secretario perpetuo del Consulado que se crearía en la Ciudad de Buenos Aires. Esta institución fue un intento de los Borbones para reformular y consolidar el sistema colonial y tenían, además de la tradicional función judicial en cuestiones comerciales, una nueva responsabilidad para el fomento de la nueva burguesía, a través de la agricultura, la navegación, el comercio y la industria. En febrero de 1794 se embarcó de regresó al Plata. Iniciaba, así, a los 24 años de edad, su actuación pública. Los ingleses En el Río de la Plata, Belgrano apoyó la creación de establecimientos de enseñanza como las escuelas de Dibujo y de Náutica; redactó sus reglamentos, alentó las vocaciones nacientes y trató de darle solidez a estos institutos, luego cerrados por la incomprensión de la monarquía española. Junto a Francisco Cabello y Mesa, Belgrano fundó el periódico ‘Telégrafo Mercantil’, e interesó a un grupo de jóvenes en los principios fundamentales de la economía política. El 27 de junio de 1806, bajo un copioso aguacero, desfilaron hacia el Fuerte los 1.500 soldados ingleses que izaron la bandera del Imperio, mientras el virrey Marqués Rafael de Sobremonte  marchaba, apresurado, hacia Córdoba del Tucumán, de donde había sido gobernador. Belgrano había visitado el Fuerte para incorporarse a alguna de las compañías que se organizaron pero que nada hicieron para frenar a los ingleses. "Confieso que me indigné; me era muy doloroso ver a mi patria bajo otra dominación y sobre todo en tal estado de degradación que hubiera sido subyugada por una empresa aventurera, cual era la del bravo y honrado Béresford, cuyo valor admiro y admiraré siempre en esta peligrosa empresa", escribió Belgrano en su ‘Autobiografía’. El general Guillermo Carr Beresford comandaba 1.000 hombres en 10 compañías del Regimiento de Cazadores de Escocia, 500 hombres del Regimiento de Santa Elena y 366 hombres de mar con artilleros y dragones. Los miembros del Consulado prestaron juramento de reconocimiento a la dominación británica. Belgrano se negó a hacerlo, y se fugó a la Banda Oriental del Uruguay, de donde regresó, ya reconquistada la Ciudad. Al organizarse las tropas para una nueva contingencia, Belgrano fue elegido sargento mayor del Regimiento de Patricios. Para esto, él estudió, apresuradamente, rudimentos de milicia y manejo de armas. y cumplió con sus deberes de instructor. Cuando quedó relevado de estas funciones fue adscripto a la plana mayor del coronel César Balbiani, cuartel maestre general y segundo jefe de Buenos Aires. En la defensa de Buenos Aires, en 1807, él cumplió esa función. Pero los ingleses ya no se irían del Río de la Plata. Su  influencia provocaría novedades. La primera noticia de lo que ocurría en España por el avance de las fuerzas francesas, la tuvieron Belgrano, Cornelio Saavedra y Juan José Castelli al leer una traducción apresurada que hizo Agustín Donado de una gaceta traída por una fragata inglesa y escapada a la censura del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. La Junta Central de Sevilla se había disuelto; y las colonias quedaban desligadas políticamente de la Península. La Revolución El 15 de mayo de 1810, el Virrey supo que la Junta de Cádiz estaba a punto de caer en manos francesas. El día 18, Cisneros difundió una proclama en la que admitió la gravedad de la situación y pidió serenidad al pueblo. Fue un comunicado inoportuno. Al día siguiente, su relevo estaba en marcha porque el conservador Saavedra aceptó participar de los acontecimientos. El domingo 20 ocurrieron incidentes y tumultos en pulperías y plazas; grupos nerviosos tomaban partido. Saavedra y Belgrano, por encargo de sus amigos, entrevistaron al alcalde de primer voto, Juan José Lezica, y solicitaron la reunión de un Cabildo Abierto. El 21, los vecinos, acaudillados por Belgrano, Domingo French, Antonio Beruti y Nicolás Rodríguez Peña fueron hasta las puertas del Cabildo, que deliberaba. Una vez más, Belgrano habló en representación de todos. Resueltas las dificultades artificialmente creadas por los españoles, el 22 de mayo hubo Cabildo Abierto, que ocupó todo el día y parte de la noche, y la mayoría aprobó la deposición de Cisneros y que el Cabildo instalara una junta de gobierno. El 23 los españoles intentaron detener el movimiento revolucionario. El 24 sesionaron los criollos en la casa de Rodríguez Peña, y fue cuando Belgrano, que observó la vacilación de algunos y la fatiga de todos, les advirtió que, si era necesario, recurriría a la violencia de las armas para lograr su objetivo. Su decisión alentó a todos, desencadenando los acontecimientos del viernes 25 de mayo de 1810 en la Plaza Mayor. Belgrano fue designado vocal de la Primera Junta. Estaba por cumplir 40 años, y desbordaba entusiasmo. Fue designado presidente de la Junta de Monte-Pío de ministros de justicia y real hacienda y protector de la flamante Escuela de Matemáticas. También fue redactor del ‘Correo de Comercio’. Además, cedió su sueldo de vocal de la Junta para financiar la expedición militar a Córdoba contra Santiago de Liniers y su grupo, y donó gran parte de sus libros para formar el acervo inicial de la Biblioteca Pública, fundada por iniciativa de su amigo Mariano Moreno. El militar Entonces, las flamantes Provincias Unidas del Río de la Plata perdieron su único economista con experiencia internacional porque decidieron hacerlo militar. Un ejemplo de cómo se dilapidan los recursos humanos desde siempre en estas regiones. Mariano Moreno fue exiliado y murió de inmediato; y Belgrano reconvertido en coronel. Él lo relató así: "Me hallaba de vocal de la Junta Provisoria cuando en el mes de agosto de 1810, se determinó mandar una expedición al Paraguay. La Junta puso las miras en mí para mandarme con la expedición auxiliadora, como representante y general en jefe de ella: admití porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la Capital, y también porque entreveía una semilla de desunión entre los vocales mismos, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos  (…)". La expedición se preparó en San Nicolás de los Arroyos, donde Belgrano encontró soldados bisoños, oficiales sin instrucción, escasez de parque; no tenía órdenes detalladas, y carecía de mapas adecuados. Sin embargo, con una decisión inquebrantable, solucionó, sobre la marcha, los problemas. Al llegar a Corrientes, dispuso el trazado definitivo de dos pueblos, Curuzú-Cuatiá y Mandisoví, con un extenso e ilustrativo reglamento. A los tres meses de la partida, su ejército cruzó el río Paraná y tomó Campichuelo, ocupado por las fuerzas españolas. En Itapúa, donde se preparaba para las futuras acciones, redactó el Reglamento para los indios de las Misiones Jesuíticas. El 19 de enero de 1811, los 700 hombres de Belgrano se enfrentaron en Paraguay con los 7.000 del gobernador del Paraguay, Bernardo de Velazco. Fue una  derrota no decisiva, ya qué Velazco ni intentó su posterior persecución. Belgrano retrocedió hasta Santa Rosa. Y desde Buenos Aires le ordenaron trasladarse a la Banda Oriental. Marchó, entonces, hasta las márgenes del río Tacuarí donde el general Manuel Cabañas, al frente de 2.000 hombres, le intimó que se rindiese. Belgrano se negó y ocurrió un encarnizado combate de siete horas. Luego parlamentaron. Las tropas de Belgrano pudieron retirarse con armas y bagajes. Así comenzó la carrera militar de Belgrano, quien fue hasta Concepción del Uruguay, donde designó como su Nº2 a José Gervasio Artigas y se aseguró que se extendiera la insurrección por toda la Banda Oriental. Entonces debió entregar el mando a José Rondeau y regresar a Buenos Aires donde las diferencias entre ‘morenistas’ y ‘saavedristas’ habían hecho crisis, en un turbio movimiento, la noche del 5 y 6 de abril, que provocó, entre otras providencias, la suspensión en sus funciones y grados a Belgrano, y la orden de su enjuiciamiento por la campaña del Paraguay. Otra ironía en la historia nacional que se repite con cierta frecuencia: la injusticia para con sus líderes. Pero nadie se presentó a deponer contra Belgrano; sus oficiales enviaron una nota que lo reivindicaba. E1 error era tan evidente que, para repararlo, la Junta le ofreció a Belgrano una misión diplomática a Paraguay; pero éste exigió antes la finalización del proceso judicial. El 9 de agosto de 1811 se le repusieron sus grados, honores y considerandos laudatorios. Al día siguiente, Belgrano y Vicente Anastasio Echevarría fueron designados representantes ante el gobierno paraguayo, donde un movimiento popular había reemplazado al gobernador Vélazco, por una Junta en la cual gravitaba José Gaspar Rodríguez de Francia, quien decidió alejarse de la órbita porteña. El 12 de octubre de 1811 Belgrano y Echevarría firmaron con los paraguayos una convención que fue el reconocimiento de la independencia de Paraguay. De regreso a Buenos Aires, con el ‘motín de las trenzas’ que ocurrió en el Regimiento de Patricios al designarse a Belgrano en reemplazo de Saavedra como jefe, comenzó a esbozarse la larguísima guerra civil que sufrirían estas tierras. Pero Belgrano debió marchar al Rosario, donde se fortificaba la margen derecha del río Paraná. Otra vez soldados bisoños, escasez de materiales, etc. La bandera A fines de 1811, aumentaron los ataques españoles contra las costas del río Paraná, ordenadas por el gobernador español de Montevideo, Pascual Vigodet. El Triunvirato encargó a Belgrano, el 24 de enero de 1812, partir hacia Rosario con un cuerpo de ejército para controlar las agresiones españolas e instalar una batería. ¿El Triunvirato prefería que el intelecto de Belgrano estuviese lejos y por eso insistía en ordenarle responsabilidades militares al abogado y economista político? En el caso de la Primera Junta era evidente que Saavedra quería a Belgrano lejos. En el caso del Triunvirato fue todo extraño porque era el regreso del ‘morenismo’ sobre el ‘saavedrismo’, o sea que debía resultar bueno para Belgrano. Pero era un Triunvirato de cuatro: Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea, Juan José Paso y Bernardino Ribadavia.  La b no es un error, pues Rivadavia firmaba con la b no con la v. Hasta entonces, el distintivo de los soldados rioplatenses era similar al de los españoles, de color rojo. En nota del 13 de febrero, Belgrano le propuso al Triunvirato una escarapela que distinguiese a sus soldados, y distinta de la española. Cinco días más tarde le respondieron con el decreto que dispuso la escarapela celeste y blanca. Belgrano intentó ir más allá y bautizó Libertad e Independencia a las baterías de cañones que instaló en el Rosario para cerrar la navegación del río Paraná a los españoles. Las baterías fueron diseñadas y construidas por Ángel Monasterio, un español que abrazó la causa de la emancipación y conocía los principios generales sobre la fundición de cañones. La fábrica de cañones estaba en la iglesia destechada de la Resistencia, en las calles Liniers y Núñez (actuales Defensa y Humberto 1°). Pero Belgrano deseaba una enseña. A las 18:30 del 27 de febrero de 1812, fue enarbolada por primera vez la bandera celeste y blanca, en la explanada lindera a la batería Libertad, que se construía sobre la barranca. Fue cosida por María Catalina Echeverría, una vecina de Rosario, y se cree que tenía tres franjas horizontales, blancas las laterales y azul la del medio. Fue izada por el vecino Cosme Maciel. El Triunvirato desaprobó la propuesta de tener bandera pero Belgrano no se enteró porque ya había partido hacia el Alto Perú. La Ciudad de Buenos Aires recién conocería la bandera el  23 de agosto de 1812, en la torre del templo de San Nicolás, y sería un diseño diferente. Las Provincias Unidas legalizaron el uso de la bandera mucho después. Lo hizo el Congreso de Tucumán, a los nueve días de declarada la Independencia, en 1816. Es otra cuestión inadmisible de la historia argentina: miles de ciudadanos habían muerto por una bandera que ni siquiera era reconocida por las propias leyes del naciente país. Los triunfos En Yatasto, Belgrano recibió a las tropas derrotadas en Huaqui: 800 hombres sin armas, desmoralizados, incapaces de luchar otra vez contra las tropas del general José Manuel de Goyeneche. Al mando de la vanguardia española se encontraba su primo, Pío Tristán. Ambos eran de Arequipa, al servicio de los Borbones, aún cuando Fernando VII estuviese prisionero de Napoleón Bonaparte. "La deserción es escandalosa –escribió Belgrano al gobierno- y lo peor es que no bastan los remedios para convencerla, pues ni la muerte misma la evita: esto me hace afirmar más y más en mi concepto de que no se conoce en parte alguna el interés de la Patria, y que sólo se ha de sostener por fuerza interior y exteriormente". La necesidad de crear una mística desesperaba a Belgrano, y por eso lo de la bandera, pero en Buenos Aires no lo entendían. Fue agotadora la tarea de crear, aceleradamente, un ejército para el combate inminente. Belgrano se volvió en extremo riguroso. Su inflexibilidad y su intolerancia hacia cualquier falta del servicio, provocaron una abrupta impopularidad entre la mayoría, pero salvaron a la patria. En su estado mayor estuvieron Manuel Dorrego, José María Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Cornelio Zelaya, Lorenzo Lugones. Goyeneche permanecía ocupado en el Norte, reprimiendo la insurrección en Cochabamba. Belgrano se dirigió a San Salvador de Jujuy donde celebró el 25 de mayo de 1812, ocasión en que volvió a presentar la bandera, bendecida al término del Tedéum por el deán de la Iglesia Matriz, Juan Ignacio de Gorriti. Nuevamente desde Buenos Aires lo reprendieron; Belgrano dolorido, respondió en una nota: "La bandera la he recogido y la desharé...". Más preocupante era la situación sanitaria de las tropas porque el paludismo hacía estragos, y los efectivos no aumentaban en la cantidad necesaria. Goyeneche, libre ya su retaguardia, ingresó en agosto por Humahuaca, con 3.000 hombres. Belgrano recibió órdenes de retirarse hasta Córdoba. El 23 de agosto de 1812, lanzó su famosa proclama a los pueblos del Norte: "Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad (…) Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres (…)". Ocurrió entonces el heroico Éxodo Jujeño. Cuando el ejército español llegó, encontró campo raso. Son acontecimientos memorables que obligan a reflexionar sobre la historia argentina. Las dos columnas de la vanguardia realista hostigaban a la retaguardia patriota. El 3 de septiembre de 1812 se libró el Combate de Las Piedras, y la victoria fue para los criollos. Una delegación de vecinos recibió a Belgrano cerca de San Miguel del Tucumán y le ofreció hombres y armas para la pelea. Belgrano tenía órdenes de retroceder hasta Córdoa pero se afirmó en la idea de desobedecer nuevamente a Buenos Aires y dar batalla en ese lugar. Mucho trabajaron todos para que el 24 de septiembre Belgrano pudiera formar sus tropas al norte, de espaldas a ella. Los españoles se confiaron excesivamente en su mayor experiencia. A las 8:00, flanquearon por la izquierda la línea de los locales, para cortarles la retirada del sur, sin enmascarar sus movimientos, tan seguros estaban de su victoria. Belgrano cambió su frente hacia el oeste y fue al choque. La batalla se hizo confusa, de difícil conducción. Los ejércitos se fragmentaron en grupos, medio ocultos por el humo de los pajonales incendiados, mientras sobre el campo de las Carreras se abatió una espesa manga de langostas que aumentó la confusión. Recién al anochecer, Belgrano logró reunir a sus huestes vencedoras. Los realistas dejaron en el campo de batalla 450 muertos y 700 prisioneros, siete cañones, banderas y estandartes. Sin embargo, Pío Tristán tuvo tiempo de reunir los restos de su ejército y dirigirse hacia Salta. La victoria tuvo gran repercusión en una revolución necesitada de triunfos. A principios de enero de 1813, Belgrano marchó hacia el Norte. Hacia el 11 de febrero el grueso de las tropas había cruzado el río Pasaje. Belgrano decidió que las tropas prestaran juramento de fidelidad a la Asamblea General Constituyente que había inaugurado sus sesiones en la Ciudad de Buenos Aires. Por 3ra. vez desplegó la bandera celeste y blanca: "Éste será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los nuevos campeones de la patria", les dijo. Personalmente, y en forma individual, tomó juramento a cada soldado. Tristán esperaba en Salta con casi 4.000 hombres. Belgrano amagó atacar por el este pero, imprevistamente, después de una marcha difícil por la quebrada de Chachapoyas, apareció por el norte, aislando a Tristán de sus bases. EI 20 de febrero de 1813 después de tres horas de combate, se rindieron los españoles. Dos generales, 7 jefes, 117 oficiales y 2.683 soldados, desfilaron ante Belgrano. Los 600 muertos de ambos lados fueron enterrados en una fosa común, bajo una única gigantesca cruz de madera. Las capitulaciones firmadas con Tristán, permitían a los españoles volver a sus casas, previo el juramento de no tomar nuevamente las armas contra las Provincias Unidas. Mucho se criticó a Belgrano por su ingenuidad. Belgrano se refirió a esos comentarios en una carta a Feliciano Antonio Chiclana: "Siempre se divierten los que están lejos de las balas (...)". La Asamblea Constituyente. con fecha 8 de marzo, dispuso premiar a Belgrano con $ 40.000 y un sable con guarnición de oro por el brillante triunfo obtenido. Belgrano declinó el obsequio y dispuso ese dinero para la creación de cuatro escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Salta. Su legado fue: "Que renunciar, es poseer". Las derrotas Buenos Aires le ordenó reabrir la campaña del Alto Perú. Belgrano había sufrido paludismo. Estaba convaleciente, enojado por la falta de armonía entre algunos de sus jefes, con dificultades para abastecer su ejército. Le donó al Cabildo de San Salvador un estandarte blanco con el escudo de la Soberana Asamblea pintado en el centro, para reemplazar al tradicional del rey, y se dirigió a Potosí, la villa imperial. Allí volvió a aumentar su ejército para enfrentar a los 4.000 hombres de Goyeneche. En Potosí concentró el mando militar y el gobierno civil, lo que duplicó sus responsabilidades. Los españoles designaron a un nuevo jefe, Joaquín de la Pezuela. Belgrano tenía un buen plan: levantar contra los españoles a las poblaciones del Bajo Perú. Por esto salió de Potosí. Pero Pezuela consiguió interceptar documentos y  se enteró de los planes de Belgrano. Comprendió la situación y decidió, contra todo lo esperado, presentar batalla de inmediato, en Vilcapugio el 1° de octubre de 1813. El combate fue muy reñido. Parecía posible el triunfo criollo pero, inesperadamente, se suspendió la persecución de los españoles. El respiro fue bien aprovechado por los jefes enemigos: reagruparon a sus hombres, formaron a las reservas y contraatacaron. Vencieron. Durante la noche, desfilaron hacia Macha los restos del ejército de Belgrano: adelante, a caballo, los heridos; a pie, los de la retaguardia. En Macha, Belgrano trató de llenar apresuradamente los claros de sus filas; y volver a combatir, a pesar de la opinión de algunos de sus jefes. El ejército marchó hacia la meseta de Ayohuma. El 14 de noviembre de 1813, después de tres horas de lucha, Belgrano fue otra vez derrotado por Pezuela. Debió desandar el camino hasta Salta, cuya población se marchó con el ejército llevándose hasta las campanas de sus iglesias; sólo quedaron las partidas de gauchos emboscados en los cerros. Belgrano estaba enterado de la llegada de un nuevo coronel, José de San Martín. Desde Lagunillas, Humahuaca y Salta, Belgrano le escribió notas urgiendo su venida: "(…) mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que Ud. se me acerca porque estoy firmemente persuadido de que con Ud. se salvará la patria (…)". Entre las poblaciones salteñas de Metán y Rosario de la Frontera. bañada por el río Yatasto, se encontraba la hacienda del mismo nombre, establecida desde e1 siglo xvn. La casa principal, sobre el camino real que conducía al Alto Perú, se destacaba por el alto balcón, la extensa galería cubierta, sus talladas puertas de madera y las rojas tejas de media caña del techo salidizo. En Yatasto se encontró Belgrano con Juan Martín de Pueyrredón para hacerse cargo del ejército del Norte, en 1812. También en Yatasto, se encontraron Belgrano y San Martín, enviado con una columna de auxilio, desde Buenos Aires. La soledad Belgrano entregó el mando a San Martín, para permanecer con el grado de coronel al frente de su Regimiento Nº 1. Desde Buenos Aires, por intermedio de Rodríguez Peña, se le insistió a San Martín que debía hacerse cargo del mando y separase a Belgrano. El 29 de enero, Belgrano comunicó al ejército la designación del nuevo jefe. Permaneció bajo las órdenes de San Martín hasta el 1° de marzo cuando, exigido éste desde Buenos Aires, lo relevó de toda actividad. También ocurrió otro acontecimiento lamentable: Belgrano embarazó a María Josefa Ezcurra, cuñada de Juan Manuel de Rosas y dama de alcurnia. El niñó nació en 1813 pero ninguno de sus padres lo reconoció. Fue bautizado en Santa Fe, y Rosas le dio su apellido (Pedro Rosas y Belgrano), lo crió como un hijo más, y lo educó en la carrera de las armas, Pedro fue coronel de la Confederación. Belgrano abandonó a Tucumán. Él solicitó su baja definitiva pero no se la concedieron, para someterlo otra vez a un proceso incriminatorio, que nunca se substanció. Atacado nuevamente de paludismo, dolorido por la actitud intransigente del gobierno que hasta dificultó, con absurdos temores, su viaje a Buenos Aires, se refugió en la quinta de un pariente, en San Isidro.
La soledad trajo los recuerdos. Escribió su ‘Autobiografía’. ¿Ya sufría Belgrano de sífilis? Difícil saberlo. En tanto, 1814 fue un mal año para la causa de Mayo. Perdido el Alto Perú, fuerra civil en el litoral, amenaza de una gran invasión española, y la política portuguesa en el Brasil se inclinaba, peligrosamente, a favor de los intereses españoles. Buenos Aires apeló a la diplomacia múltiple. Bernardino Rivadavia y Manuel Belgrano fueron enviados con dos clases de órdenes: ostensibles y reservadas. En las instrucciones reservadas se establecía que las negociaciones con España deberían tener carácter dilatorio; se necesitaba ganar tiempo. Pero se ratificaban los deseos de romper con España, obtener la independencia y admitir, en caso externo, el establecimiento de una monarquía constitucional con un príncipe de alguna de las casas reinantes en Europa. En diciembre de 1819, Rivadavia y Belgrano, partieron hacia Río de Janeiro en la corbeta Zephir. En Río conferenciaron con el ministro inglés Lord Strangford. En mayo de 1815, desembarcaron en Falmouth. Rivadavia se dirigió a Madrid, y Belgrano a Londres, donde encontró al intrigante Manuel de Sarratea, delirante que frecuentaba a un aventurero que decía tener influencia en las cortes europeas, el conde Cabarrüs. Sarratea, por su cuenta, había iniciado. por intermedio del conde, gestiones ante el ex rey Carlos IV de España quien residía en Roma, buscando que el infante don Francisco de Paula Borbón, hermano menor de Fernando VII, fuese designado monarca del Río de la Plata. Pero Cabarrús no tenía tales influencias, sólo pretendía quitarle el dinero a los criollos. Sarratea llegó a proponer el secuestro del infante Francisco para llevarlo a América. Rivadavia y Belgrano se opusieron a este proyecto descabellado. Rivadavia fue maltratado en Madrid, debió abandonar, en términos perentorios, el territorio de español. Buenos Aires convocó a sus representantes. En noviembre de 1815 se embarcó Manuel Belgrano; Rivadavia permaneció más tiempo en Europa. La situación general había empeorado. Rondeau había sido derrotado en el norte, la guerra civil crecía y no había gobierno fuerte. Belgrano creyó que sólo una monarquía constitucional podía asegurar el triunfo de la revolución. Las opciones de monarca fueron variadas, y no fue el único que creyó en esa opción. Gobernaba por entonces un pariente suyo, el coronel Ignacio Álvarez Thomas. El ejército de Juan José Viamonte fue enviado a Santa Fe para impedir la influencia de Artigas. Los santafesinos se sublevaron en respaldo de Artigas y Mariano Vera diezmó el ejército de Viamonte. Belgrano fue designado a cargo del ejército de Observación de Mar y Tierra, pomposa nominación de unos batallones acampados en el Rosario. Belgrano sabía que su gestión estaba condenada de antemano al fracaso, pero aceptó ese destino. Uno de sus jefes, Eustaquio Díaz Vélez, a quien había enviado a parlamentar con los insurrectos, firmó por su cuenta el Pacto de Santo Tomé, por el cual se decidía, entre otras cosas, la separación de Belgrano del mando del ejército y se exigía la renuncia del director Álvarez Thomas. En Tucumán, un Congreso elegido entre la indiferencia de los pueblos cansados de luchar seis años, era la única esperanza que resta a la revolución. Belgrano fue a Tucumán invitado por el director supremo Juan Martín de Pueyrredón quien, al igual que San Martín, creía que Belgrano era el único jefe posible para el ejército del Norte. El final El Congreso de Tucumán resolvió escuchar a Belgrano en sesión secreta. El 6 de julio de 1816 se reunieron los diputados. "Yo hablé -le relató Belgrano a Rivadavia-, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de monarquía constitucional, con la representación soberana de los Incas (…)". Días después se declaró la Independencia. En un baile donde se celebraba esa declaración, Belgrano conoció a María Dolores Helguera Liendo, una bella tucumana de 18 años. Se enamoraron y él quiso casarse, pero en enero de 1818 recibió la orden de marchar hacia Santa Fe. Dolores había quedado embarazada, y tras la partida de Belgrano, sus padres la obligaron a casarse con otro hombre, al que ella no amaba y que al poco tiempo la abandonó. El 4 de mayo de 1819 nació Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano. Los enamorados volvieron a encontrarse pero no pudieron casarse porque no existía el divorcio, y Dolores seguía casada legalmente. En 1819, Belgrano tuvo el primer ataque de hidropesía. Denominada también ascitis, edema o retención de líquido en los tejidos. No es una enfermedad independiente, sino un síntoma que acompaña a diversas enfermedades del corazón, riñones y aparato digestivo, con las que mantiene la íntima relación de efecto a causa. Se acumula líquido en el peritoneo (el vientre), los tobillos y muñecas, brazos y cuello. Si la cantidad de líquido es mucha, produce trastornos en el corazón y pulmones debido a la presión que se ejerce sobre estos órganos. Son causas determinantes los trastornos circulatorios, enfermedades del corazón, riñones, hígado, deficiencias de vitaminas y mal funcionamiento del tiroides. La medicina facultativa practicaba la punción para vaciar el líquido acumulado, con lo, con lo cual sólo se conseguía un engañoso y pasajero bienestar debido a que no se actúa sobre la causa del mal. Además las intervenciones producían cicatrices que predisponían a quistes y tumores. La enfermedad era incurable. El 11 de setiembre de 1819 dejó el mando a su sucesor, el general Francisco Fernández de 1a Cruz. El día anterior se había despedido del ejército. Le parecía que Tucumán sería un buen lugar para el final. Sin embargo, a poco de llegar, tras un viaje mortificante por los achaques de la enfermedad, debió soportar un cuartelazo dirigido por un oficial irresponsable que quiso arrestarlo en su domicilio y ponerle grillos. Lo salvó la enérgica actitud de su amigo, el médico José Redhead. Días después, impuesto el Congreso del hecho insólito, recomendó al nuevo gobernador, Bernabé Aráoz, que prestase toda la colaboración que necesitara Belgrano. Le adeudaban $ 15.000 por sueldos. Pero el erario público era escaso. Un comerciante, José Celedonio Balbín, antiguo conocido de Belgrano –"Me honraba siempre llamándome su amigo"- le prestó $ 2.500. En enero de 1820, Belgrano percibió que su estado empeoraba y que Tucumán le era ingrata. Inició el viaje a Buenos Aires. Era alarmante el avance de la enfermedad -debió ser bajado en cada posta y conducido a la cama- y también abundaron los desaires y las contrariedades. En Córdoba, la falta de dinero obligó a interrumpir el viaje. Un amigo porteño, Carlos del Signo, adelantó $ 400. A fines de marzo, Belgrano llegó a Buenos Aires. Después de permanecer algunos días en la quinta de San Isidro, entró en la vieja casona de la calle Pirán (hoy Belgrano) a pocos pasos de Santo Domingo. Belgrano sabía que había llegado a morir. Su situación económica era desesperante y pidió, por nota, la ayuda oficial. El gobierno de Buenos Aires tenía exhaustas sus arcas y le consiguió $ 2.300. a cuenta de los $ 15.000 que se le adeudaban de sueldos. Poco antes de morir, en un momento de lucidez, dijo: "Pensaba en la eternidad donde voy y en la tierra querida que dejo. Espero que los buenos ciudadanos trabajarán para remediar sus desgracias". Murió el 20 de junio, a las 7:00. Amortajado según su deseo, con el albo hábito dominico, fue enterrado a la entrada de la Iglesia de Santo Domingo por un núcleo reducido de parientes y de amigos. Un solo periódico dio la noticia. Se llamaba ‘El Despertador Teofilantrópico’, de fray Francisco Castañeda. El torbellino político absorbía la atención de la ciudad. Fue el día de los ‘tres gobernadores’. Belgrano murió a la edad de 50 años, Sus últimas palabras fueron: "¡Ay, Patria mía!". 83 años después, cuando su cadáver fue exhumado para ser trasladado al mausoleo actual, se acusó a los ministros Joaquín V. González y coronel Pablo Riccieri de robarse sus dientes, únicos restos del prócer que no se habían transformado en polvo. Las quejas de un periodista del diario ‘La Prensa’, lograron que se recuperasen los dientes de Belgrano.

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