No insistan militontos, Néstor Kirchner no fue Clark Kent
Superman es un héroe interminable, con el que se identifica una sociedad. El Eternauta fue un legendario personaje argentino que peleaba contra extraterrestre. Nestornauta fue una parodia gubernamental, en el intento de crear un mito (falso). "Así como con el Eternauta quisimos mostrarle al mundo de lo que éramos capaces los argentinos, con el Nestornauta sólo queremos pelearnos entre nosotros como si el resto del mundo no existiera, y como si toda la parte del país que no pertenece a nuestra facción ni siquiera tuviera el derecho de existir. Mientras Superman sigue conquistando el universo y con él EEUU sigue pintando el mundo a partir de pintar su aldea, aunque lo haga con imperial vocación, nosotros ahora hasta des-universalizamos a nuestro personaje de historieta más universal para darle un carnet oficialista".
16 de junio de 2013 - 09:58
por CARLOS SALVADOR LA ROSA
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). La famosa historieta argentina “ El Eternauta” fue la mejor síntesis y superación en los años ’50 del proceso iniciado décadas atrás en nuestro país de nacionalización de la historieta universal.
Con moldes y géneros tomados de los países líderes -en particular de Estados Unidos y Europa-, se ideaban héroes que repetían los mismos esquemas internacionales, pero cuyas aventuras transcurrían en la Argentina. Nuestro espacio geográfico nacional era ocupado por figuras copiadas de afuera pero que la peleaban acá.
Luego, quien sería el padre de “El Eternauta”, Héctor Germán Oesterheld -con la misma lógica de argentinizar la historieta mundial- se atrevió aún a más. Primero hizo cowboys, indios y hasta soldados yanquis, pero los mostró con una óptica diferente: él los humanizaba, les quitaba sus rasgos propagandísticos al servicio de una gran potencia. Hasta que llegó su momento crucial: el de crear a un gran héroe argentino, quizá el más grande de todos. El colosal intento de gestar un nuevo héroe universal del todo argentino, tanto en espacio como contenidos.
“El Eternauta” ubica el centro del mundo y de la aventura en la Argentina concreta del siglo XX. Fue la brillante culminación de una escuela de la historieta argentina que había transformado estereotipos universales en propios y ahora se proponía devolverlos al mundo, abrirlos junto al país.
En “El Eternauta” una invasión de alienígenas aparecía en Buenos Aires y los combates contra ellos eran librados por personajes típicamente argentinos. Una historieta que partiendo de la ficción como era entendida en todas partes, le agregaba una gran dosis localista, una pintura de la Argentina bien nacional y popular, aunque no en el sentido sectario que hoy se entienden estas palabras.
Ese primer Eternauta, el de los años ’50, fue básicamente un humanista. Si bien la maldad o la debilidad de los hombres frente al mal extraterrestre eran mostradas con lucidez, lo que siempre se imponía al final era el espíritu colectivo del pueblo, del que sus mejores exponentes decidían luchar hasta la muerte para salvar a la humanidad toda. Del mismo modo, el resto del planeta dejaba de lado sus disputas, para unirse en contra de la invasión.
En los ’70, el mismo Oesterheld realizó una nueva versión de esa historieta, pero esta vez mucho más politizada, donde dejaba un tanto de lado el mensaje humanista para convertirlo en una proclama revolucionaria.
Si bien el argumento del segundo Eternauta era casi el mismo del primero, se le agregaba una variación sustancial: esta vez los países poderosos se aliaban con los invasores extraterrestres para salvarse ellos, entregándoles los países del 3er. mundo. Así, la lucha de toda la humanidad contra los alienígenas se convertía en una guerra revolucionaria de clases y naciones, bien setentista.
Muchos años después, luego de la muerte de Néstor Kirchner, la legendaria historieta sería reinterpretada otra vez, ya no en su versión humanista ni en la revolucionaria, sino para aportar al nuevo culto a la personalidad que se estaba montando alrededor del ex Presidente fallecido. Ahora El Eternauta reencarnaba en Nestornauta, con lo cual se carnalizaba al héroe inmortal de historieta en un político mortal, poniéndolo al servicio de una facción.
Ya no era el Eternauta luchando contra los extraterrestres o el imperio, ahora simplemente se limitaba a pelear contra Clarín y los enemigos internos del gobierno. Una inmensa reducción de sus aspiraciones, de su vuelo. Se lo bajó al barro de la política local y actual, se lo partidizó, se lo personalizó y se lo puso a reconstruir el espíritu de facción.
Cuando lo que se debió hacer, con contenido y lógica argentinas, fue lo que EEUU siempre hizo con Batman o Superman. Ambos expresión de su país y de sus deseos de influir culturalmente en todo el mundo a través de sus ficciones, pero con claras pretensiones universales, no meramente domésticas, por más cuestionables que ellas sean.
Eso es lo que entendió brillantemente el primer Oesterheld cuando descubrió que más que combatir las influencias culturales extranjeras prohibiéndolas o despreciándolas o criticándolas, de lo que se trataba era de crear personajes de la misma envergadura universalista. Héroes que todo el mundo pudiera sentir como suyos, porque aparte de contener un mensaje nacional, poseían un contenido universal.
Un universalismo humanista, sin pretensiones imperialistas, ese era el sueño de Oesterheld y los grandes historietistas argentinos de ese entonces, los cuales estaban aún persuadidos de que nuestro país podía -si se lo proponía- pelearla de igual a igual con sus creaciones, tan capaces de ser universalizables como las de los Estados Unidos.
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No de casualidad todavía nos sentíamos Europa en América y aún no habíamos perdido del todo la esperanza de algún día ser los Estados Unidos de América del Sur. Incluso eran muchos los inmigrantes europeos que venían a hacer sus dibujos y guiones a la Argentina, convencidos de que la utopía de pintar el mundo entero desde esta pequeña gran aldea todavía era posible.
Batman y Superman siempre fueron iguales pero distintos. Cada generación de creadores norteamericanos les agregó sus improntas, pero nunca dejaron de ser los representantes de una nación a la conquista del mundo, universalizando los personajes que salían de su seno local. Hubo Superman conquistadores e imperiales, los hubo otros más infantiles, los últimos fueron más oscuros y complejos, hasta el que ahora está en las pantallas de los cines de Mendoza, un superhéroe más místico que quiere salvar al mundo como si se tratara de una versión yanqui del mesías.
En fin, con mejores o peores intenciones, los norteamericanos a sus héroes siempre los universalizan desde su idea de nación, pero no le ponen la cara de Clinton, Bush u Obama. Superman nunca es “Obaman” como acá el Eternauta es el Nestornauta. Es la diferencia entre un país con vocación universal y un paisito con vocación de facción, que sin embargo alguna vez intentó ser una gran nación y comunicar la buena nueva al resto del mundo, hasta en sus historietas.
Dijimos la semana pasada que el gran problema político-cultural de la Argentina fue que desde sus orígenes la nación se fue construyendo a través de la lucha entre facciones que muy raramente se sintieron parte de un mismo país dentro del cual conjugar sus diferencias.
Más bien, siempre se creyeron dos países en pugna, en lucha por imponerse uno sobre el otro, aunque ninguna de las dos grandes facciones haya podido jamás contar con las fuerzas suficientes para excluir a la otra, por lo cual se vieron obligadas a convivir sin entenderse, sin aceptarse ni siquiera en sus mínimos marcos conceptuales.
Para traducir estas ideas a la política actual, veamos lo que hoy dice el senador Marcelo Fuentes, principal ideólogo K de la reforma judicial: “La Constitución de 1994 se terminó con la crisis de 2001...Esa Constitución fue dictada en el marco del Consenso de Washington. Hoy la Argentina va por otro camino”.
Vale decir, el gobierno nacional no quiere reformar la justicia porque funcione mal, sino porque responde a una Constitución que fue hecha por convencionales al servicio del imperialismo (entre los cuales se contaban -y como oficialistas- Néstor y Cristina Kirchner). La solución que encuentra Fuentes es edificar una “nueva” justicia que responda enteramente a la facción de turno. Para llegar algún día a una Constitución de facción.
La Argentina es una nación que se fue construyendo de manera facciosa, por eso siempre estuvo inconclusa. Pero hoy hasta esa idea de nación -con todo lo imperfecta que fuera- ha desaparecido para quedar en pie sólo la idea de facción. Ya ni siquiera se trata de que una facción quiera construir una nación a su imagen y semejanza, sino que una facción quiere apoderarse de lo que aún nos queda de nación, para hacerla también facción.
Así como con el Eternauta quisimos mostrarle al mundo de lo que éramos capaces los argentinos, con el Nestornauta sólo queremos pelearnos entre nosotros como si el resto del mundo no existiera, y como si toda la parte del país que no pertenece a nuestra facción ni siquiera tuviera el derecho de existir.
Mientras Superman sigue conquistando el universo y con él EEUU sigue pintando el mundo a partir de pintar su aldea, aunque lo haga con imperial vocación, nosotros ahora hasta des-universalizamos a nuestro personaje de historieta más universal para darle un carnet oficialista.
Y así, en vez de ponerlo a pelear contra extraterrestres e imperios malignos, lo obligamos a pelear contra las facciones enemigas locales. Pequeño objetivo, infinitamente minúsculo. Como la revolución que nos proponen, esa de encerrarnos del mundo y clausurar la idea de nación en nombre de un retorno a las tribus.
