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Son ladriprogres... "¡Co-rrup-ción-Co-rrup-ción...!"

La Gran Contradicción se encuentra al desnudo: ¿cómo conciliar al empresario K Lázaro Báez y el ex preso político torturado Juan Carlos Dante Gullo? ¿Dónde compatibilizan Jorge Leonardo Fariña y Eduardo de Pedro? En verdad, ya era evidente en 2003, cuando a Néstor Kirchner lo acompañaban Rudy Fernando Ulloa Igor y Miguel Bonasso, pero ahora es más cruel para los K porque la corrupción siempre existió en ellos, ahora viene con declinación política. El ladriprogresismo tiene problemas evidentes... Acerca del tema escribió Carlos Salvador La Rosa en el Los Andes, de Mendoza:
por CARLOS SALVADOR LA ROSA
 
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). Néstor Kirchner y Cristina Fernández jamás tuvieron entre ellos ninguna diferencia política sustancial, excepto -quizá- una de estilo. Ambos fueron constructores permanentes de poder, y eso los unifica, pero para Néstor el poder político era tributario, en primer término, del poder económico, mientras que para Cristina existe una correlación más directa entre el poder político y el ideológico. 
 
No es que minimice al dinero, sino que no lo jerarquiza en la misma escala que su marido. Posiblemente lo haga para contrarrestar el exceso cometido por éste, quien estaba absolutamente convencido de que era imposible ser el hombre políticamente más poderoso del país si no se lo era también económicamente. 
 
Lo que lo llevó al delirio (que recién ahora comienza a visualizarse en toda su magnitud) de querer lograr ambos posicionamientos.
 
Cristina, cuando se quedó sola, desde el primer momento vislumbró esa imposibilidad de querer transformarse desde el Estado en la persona más poderosa, tanto a nivel político como económico. Por eso su primer intento fue borrar la contradicción de su marido, pero no criticándolo, sino haciéndolo trascender, mitificarlo. Pasarlo de la categoría de hombre a mito. 
 
Con el mito se buscaba enterrar al Néstor que quiso ser el hombre más rico de la Argentina y elevar a la trascendencia heroica al Néstor que buscó ser el hombre más poderoso de la Nación. 
 
Gracias al mito (y al dinero que ya dejaba de buscarse tanto como con Néstor vivo porque ya había habido suficiente -quizá demasiado- para seguir consolidando el poder político) de ahora en más todo debía ser explicado ideológicamente, del siguiente modo: Si alguna vez se buscó dinero, jamás se lo buscó por sí mismo sino para combatir con igual poder económico a los poderes económicos mucho más poderosos que habían confiscado la política. 
 
La historia anterior del país demostraría -según la concepción K- que combatir al “capital” sólo desde el poder del Estado y la política, era una batalla perdida de antemano. Por ende, además de tener el Estado había que tener el “capital” para terminar con el capital. 
 
Así, Cristina, al explicar a su marido como el fundador de una gesta revolucionaria, lo limpiaba de sus pecados no mediante el perdón y la penitencia, sino vía la elevación de los pecados a la categoría de virtudes revolucionarias sin las cuales nada hubiera sido posible.
 
Como decían en los años ’70 los guerrilleros que asaltaban un banco o cobraban un secuestro: no era un asalto ni un robo, sino una expropiación, una confiscación a la burguesía, una devolución al pueblo de los dineros robados al pueblo vía la intermediación revolucionaria de las vanguardias armadas. 
 
Con el gestar del mito, los defectos de Néstor fueron transformados en gloriosas virtudes, a los cuales ya no se los explicaba con el cinismo típicamente pragmático de que para poder tener poder antes hay que tener guita, que es como en verdad comenzó todo. 
 
Ahora se lo explicaba diciendo que hacer plata era parte de un plan revolucionario del “Nestornauta”, que primero construyó poder económico, luego poder político y ahora, con Cristina y los camporistas, poder ideológico. Tres etapas de una misma revolución.
 
Mientras duró el mito de Néstor todo eso era posible de explicar, pero ocurre que con la transparencia televisiva, cuando se empezó a mostrar el modo concreto en que Kirchner fue construyendo su poder económico, el mito desapareció y retornó el hombre de carne y hueso. 
 
Néstor se reencarnó en una figura mucho menos grata que aquella en la que los suyos intentaron descarnarlo para que su viuda pudiera recuperar de él lo que le convenía recuperar y tapar lo que le convenía tapar.
 
Con la televisión se destapó todo y la desnudez no fue bella.
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Sin embargo, lo paradójico es que las máximas resistencias a la desmitificación del héroe no surgen, en primer término, del peronismo tradicional o de los que podría sospecharse usaron algún tipo de método similar para enriquecerse ellos. Esos permanecen callados por si las moscas, excepto que alguna investigación los mencione, y entonces tratan de salvarse solos.
 
En cambio, los que están intentando ocultar lo que todos los días sale a la luz acerca del modo en que el poder político actual construyó su poder económico previo, son los que se consideran revolucionarios, las caras históricamente comprometidas con la cuestión ideológica, no con la económica.
 
Del Vietcong a Lázaro Báez. Así, el primero en salir fue un ex montonero muy valorado por sus viejas militancias y por el brutal costo que él y su familia pagaron por ellas. Ese hombre, Juan Carlos Dante Gullo, así como en los ’70 decía -con millones de otros jóvenes en todas partes del mundo- que para concretar la revolución había que hacer realidad la consigna guevarista de crear uno, dos, tres, mil Vietnams, ahora afirma muy suelto de cuerpo que de lo que se trata es de crear uno, dos, tres, cien... Lázaros Báez.
 
Así lo dice textualmente: “¿Cuál es el problema con Báez? Se enriqueció en los últimos años. Bienvenido sea. Ojalá haya muchos Báez en vez de uno. Hombres y mujeres que hayan aprovechado este momento de la Argentina y generaron condiciones de producción, de trabajo y además hicieron fortunas. Me parece bien”. 
 
Uno podría decir que lo que Gullo quiso insinuar es que si Lázaro Báez hizo la plata con honestidad, no hay por qué criticarlo. Pero de inmediato agrega otra frase lapidaria: “Una vez me dijeron que somos un gobierno que favorece a los amigos. Chocolate por la noticia. ¿A quién querés que favorezca? ¿A los enemigos?”. 
 
Con lo cual toda esperanza se viene abajo. Dante Gullo, el revolucionario, dice con todas las letras que de lo que se trata es de favorecer económicamente a los amigos del poder político, porque si no se favorece a los enemigos. Vale decir, la única forma de luchar contra la corrupción es ser igual o más corrupto que los que supuestamente se viene a combatir. No lo decimos nosotros, ni siquiera hacemos una interpretación, lo dice textualmente él. Increíble pero real.
 
Los protocolos de los sabios de Carta Abierta. Por otro lado, los de Carta Abierta, un grupo de intelectuales orgánicos del oficialismo, emiten un documento en el que dicen que la corrupción es un fantasma, un espectro irreal que cumple una sola función real: la de asustar. La corrupción, entonces, no existe, es una “sensación” creada por el enemigo para ocultar la verdadera corrupción, que sería la del capitalismo en general. 
 
Para defender a Rockefeller, a Bill Gates, o vaya a saber a cuál yanqui malvado, los Lanata y compañía atacan a Lázaro Báez. Inventan un falso corrupto para tapar la corrupción estructural del sistema. Increíble pero real.
 
Y luego, esos mismos intelectuales se horrorizan porque en una editorial el diario La Nación insinúa que, salvando las enormes distancias, pueden vislumbrarse ciertos paralelismos entre lo que ocurrió en 1933 en Alemania, cuando comenzó el ascenso del nazismo, con lo que podría comenzar en la Argentina actual, sobre todo a partir del ataque a la Justicia. 
 
Si bien la opinión del diario La Nación puede ser excesiva, el problema es que antes de que saliera tal editorial, Carta Abierta ya había emitido el documento donde comparó, en forma mucho más directa, a los críticos del kirchnerismo con los que gestaron el clima para el surgimiento del nazismo. Así lo dicen cuando hablan de Lanata y de todos los que denuncian la corrupción oficial: “Indirectamente aludimos a la caída de la República de Weimar, que dejó abierto el camino para el ascenso del nazismo al poder”.
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Y para no quedarse cortos, cometen el chiflado disparate de afirmar que los que critican el poder económico que construyó Kirchner buscan equiparar la figura del ex presidente con la de los judíos a los que los nazis exterminaron. Conviene leerlos textualmente cuando acusan, otra vez a Lanata, de querer identificar la figura del Néstor Kirchner con “la oscura figura del avaro, la brutal construcción del judío con los bolsillos llenos de dinero que supo desplegar el antisemitismo exterminador, el relato de fabulosas bóvedas rebosantes de oro y de billetes”.
 
De todas las metáforas acerca del nazismo en relación con la Argentina actual -que el autor de esta nota considera en general inapropiadas- nunca ninguna había llegado al nivel de ésta de Carta Abierta, por la cual toda denuncia de corrupción estatal en la Argentina actual es equivalente a la de los antisemitas que querían, con esas acusaciones, exterminar judíos. 
Pocas veces en la historia la ideología debe haber sido utilizada tan burdamente para defender bastardos intereses económicos en nombre de altos valores.
 
En síntesis, he aquí, entonces, a los principales defensores de la corrupción dentro del gobierno K. No a los pragmáticos políticos peronistas de siempre, ni a los empresarios “amigos son los amigos”, sino a los puros y honrados militantes, ideólogos e intelectuales de una revolución que ellos dicen que existe y que intentan expresar con estos modos tan extraños.

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